Las desigualdades entre hombres y mujeres, denominadas brechas de género, abarcan distintos ámbitos, incluido por cierto el laboral: el acceso al trabajo, la diferencia salarial por el mismo trabajo, la sobrecarga en labores de cuidado, la opción de llegar a los cargos más altos y, también, las brechas que existen en los distintos modos de evaluarlas cuando acceden a esos cargos de poder.
Mientras a los varones se los juzga mayoritariamente por su desempeño -aciertos, errores, ideas o falta de ideas, visión o falta de visión-, a las mujeres en el poder a menudo se las mira y mide bajo otros focos (que se suman a los anteriores). Estos son: escrutinio de la vida privada, énfasis en el cuerpo y la edad, y el siempre presente “tropo” sobre su supuesta “emocionalidad”, impredictibilidad, irracionalidad, conflictividad (versus la supuesta racionalidad masculina garantizada).
Este es otro techo de cristal, pero medial en su sentido amplio. Notas acerca de su cuerpo (¿recuerdan cuando le decían “Gordi” a la expresidenta o “Miss Gabinete” a una ministra?). Comentarios sobre supuesta inestabilidad o conflictividad (a pocas las han atacado tanto y tan hostilmente en este sentido como a Evelyn Matthei), y, por cierto, el énfasis en la vida privada: insistencia en si es madre o no, preguntas de “cómo lo hace”, o cómo es su relación con su marido o pareja, o la falta de pareja. O qué hay en su vida privada que pueda no corresponder a las categorías de “intachabilidad” que algunas personas al parecer consideran que las mujeres en el poder deben tener, pero no así los hombres, que no son sacados al pizarrón por su intimidad.
Todos estos puntos -cuerpo, vida privada, emocionalidad- son grandes distractores de la evaluación que debería importar, sobre el desempeño, y que es la que se les hace a los hombres. Muchas mujeres prefieren, a causa de este miedo a la exposición pública, quedarse en un segundo plano. Más protegido, pero menos protagónico.
Como ha estudiado, entre otros, ONU Mujeres, la desigualdad en el trato medial tiene consecuencias. Una de ellas es invisibilizar, reforzar estereotipos de género y, al final, desincentivar la participación de mujeres en la política y en la esfera pública. Peor aún por la amplificación en las redes sociales de estos ataques. El 69% de candidatas señaló haber sufrido violencia digital y el 82% se autocensuró por temor (estudio del Ministerio de la Mujer, Chile, 2025).
En Chile, el sexismo en la óptica de evaluación de las mujeres en el poder tiene larga data. El caso de la ministra Mara Sedini ilustra el punto. Se ha viralizado un cuestionamiento a su vida privada, lo que ha incluido dar información de su vida personal y que atañe a sus más cercanos. Se suma a esto que se la descalifica con fruición por su peinado: si se peinó bien o mal; o por su ropa, y se la ridiculiza con sorna por sus lapsus (en un tono bien distinto al de las piñericosas).
Su desempeño profesional hasta ahora ha sido deficiente. Ha cometido errores de forma y de fondo evidentes como portavoz y no logra dar con el relato y el tono de su gobierno, que exhibe déficits comunicacionales que aunque no sean solo de su responsabilidad, por cierto la incluyen en cuanto ministra secretaria general de Gobierno. Está para atajar goles y lo mínimo es no hacer autogoles.
Pero en vez de hacerle críticas políticas como esta, enfocadas en su desempeño, la atacan por el peinado, por la pareja, por el escote. Mal.
Bajo el eje de “desenmascarar” a un gobierno conservador, se está exponiendo a una ministra en la plaza pública, en una suerte de cacería de brujas de la moralidad, pero supuestamente desde quienes serían defensores de los derechos de las mujeres. Un enorme contrasentido.
Quien mejor lo explicó fue, de hecho, la exministra de la Mujer Antonia Orellana: “Cualquier persona mínimamente progresista entiende que cuestionar la vida privada de las mujeres en política ha sido un mecanismo histórico para excluir”, escribió. “Además, muestran a las demás cómo les va en el espacio público, disciplinando y desincentivando su participación”, afirmó Orellana, quien fue antes muy criticada -y sin filtros- por Sedini, pero que entiende que este no es un problema de derecha o de izquierda, sino de principios y de fondo. De defensa del valor y la vigencia del feminismo, ese que el gobierno actual critica adoptando discursos “antigénero”, como describió la profesora Yanira Zúñoiga en estas mismas páginas.
Pero no se puede perder el foco: es el feminismo, o los feminismos, con sus distintas olas y diferencias, el que ha visibilizado y combatido las desigualdades en el acceso de las mujeres al espacio público.
Y lo ha hecho -y lo hace- para todas.
También para quienes se distancian o incluso descalifican al feminismo.
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