El Ciudadano
Por Álvaro Ramis

Joaquín Lavín tiene un nuevo emprendimiento. Se llama Santos x Chat y promete algo que hasta hace poco solo ofrecía la piedad popular más ingenua: hablar con un santo. Madre Teresa de Calcuta, Josemaría Escrivá, Francisco de Asís, Pío de Pietrelcina y Carlo Acutis están disponibles por WhatsApp, veinticuatro horas al día, con respuestas generadas por inteligencia artificial a partir de sus escritos. El plan completo cuesta ocho mil pesos al mes. El sitio web lo llama «acompañamiento espiritual fundado en obras reales». La pregunta que casi nadie se ha hecho es si eso que se vende existe.
Empecemos por lo obvio, que suele ser lo primero que se pasa por alto. El derecho canónico tiene un nombre muy antiguo para la venta de lo espiritual: simonía. Nace en Hechos 8, cuando Simón el Mago le ofrece dinero a Pedro para comprar el poder de transmitir el Espíritu Santo, y Pedro le responde con una de las frases más duras del Nuevo Testamento: que su dinero perezca con él, por pensar que el don de Dios se adquiere con plata. El Código de Derecho Canónico de 1983 codificó esa intuición en el canon 1380, referido a sacramentos, y en el canon 947, que excluye «toda apariencia de negociación o comercio» incluso en algo tan modesto como el estipendio de una misa.
Santos x Chat no vende sacramentos, así que escapa a la letra del canon 1380. Pero la teología moral clásica —santo Tomás la trabajó con detalle— siempre entendió que la simonía no se agota en lo sacramental. Se extiende a la venta de dirección espiritual, de oración, de intercesión: a cualquier intento de tarifar lo que Mateo 10,8 resume en una fórmula que sigue siendo el fundamento de toda la doctrina antisimoníaca: «gratis lo recibisteis, dadlo gratis». Y aquí el propio material publicitario de la plataforma usa, sin ningún pudor, el vocabulario que activa esa alarma: acompañamiento, oración, diálogo íntimo. No es un desliz retórico: es justo lo que la tradición moral quiso prevenir.
Pero hay un problema anterior, más incómodo que la simonía, y es aquí donde conviene detenerse. Para que haya simonía, tiene que existir, efectivamente, un bien espiritual detrás del precio. La pregunta que hay que hacerle a Santos x Chat no es solo si cobra por algo sagrado, sino si lo que entrega es sagrado en algún sentido, o si es, sencillamente, otra cosa disfrazada con ese lenguaje.
La nota Antiqua et nova, que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó en enero de 2025 con la aprobación de Francisco, da la clave para responder eso. El documento sostiene que la inteligencia artificial puede simular aspectos del razonamiento humano y ejecutar tareas con enorme eficacia, pero que sus capacidades computacionales son solo una fracción de lo que constituye la inteligencia humana. No puede reproducir el discernimiento moral ni la capacidad de establecer relaciones auténticas, porque la inteligencia de una persona está tejida con una historia de formación intelectual, moral y espiritual irrepetible. Fundar la comprensión únicamente en esta tecnología, advierte el texto, arriesga perder «el sentido de la totalidad, de las relaciones que existen entre las cosas, del horizonte amplio».
…aquí el riesgo es distinto y más profundo: vender la apariencia de una gracia que el propio dispositivo es estructuralmente incapaz de mediar.
Traducido al caso que nos ocupa: Teresa de Calcuta discernía desde una vida entera de fe, duda, entrega y, según sus propios diarios, una noche oscura que duró décadas. Un modelo de lenguaje no discierne nada. Recombina fragmentos de un corpus de escritos —el sitio habla de más de tres mil trescientos textos indexados— según la similitud estadística con el mensaje que el usuario escribió. Llamar a eso «diálogo con la santa» no es una simplificación de marketing: es una sustitución categorial, la oferta de intelecto de patrón, de cálculo, bajo el nombre de intelección situada, que es lo único que hace posible el discernimiento y la caridad reales.
Y esto cambia el diagnóstico. El problema de Santos x Chat no es únicamente que cobre por lo que debería ser gratuito, sino que ni siquiera está claro que exista, detrás del precio, el bien que se anuncia. Se puede cometer simonía vendiendo una gracia real a un precio indebido. Pero aquí el riesgo es distinto y más profundo: vender la apariencia de una gracia que el propio dispositivo es estructuralmente incapaz de mediar. No hay reliquia falsa más peligrosa que una que se presenta como viva.
Ninguna diócesis, ninguna postulación de causa, ninguna congregación religiosa custodia de estas cinco memorias ha dado su mandato para esta explotación comercial de nombre, escritos e imagen. Eso ya sería motivo suficiente de reparo canónico. Pero el asunto de fondo no se resuelve con una autorización eclesiástica bien tramitada. Autorizar el uso de los escritos no resuelve el hecho de que la máquina seguirá sin poder hacer lo que promete hacer.
La Iglesia lleva dos mil años enseñando que la oración no se compra porque no es una mercancía, sino una relación. Ahora tiene que enseñar que tampoco se simula sin consecuencias. Ocho mil pesos al mes es un precio bajo para algo tan caro: la posibilidad de que alguien, buscando consuelo, termine confundiendo la respuesta de un algoritmo con la voz de una santa.
Por Álvaro Ramis
Teólogo, doctor en filosofía. Presidente Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
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La entrada El chatbot de los santos y el problema teológico que nadie está discutiendo se publicó primero en El Ciudadano.
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