Mientras Santiago registraba hace unos días mínimas históricas para el mes de mayo, Europa Occidental enfrentaba una intensa ola de calor con máximas récord en varios países. Ambos eventos son expresiones de un mismo problema: un sistema climático cada vez más extremo.
Las bajas temperaturas en la zona central de Chile estuvieron asociadas a una irrupción de aire polar, mientras que las altas temperaturas en España, Francia y Portugal resultaron de una masiva incursión de aire cálido proveniente del norte de África y del Sahara.
Estos contrastes ocurren en un contexto global especialmente preocupante: el Pacífico tropical continúa calentándose y las proyecciones apuntan al inminente desarrollo de un evento de El Niño de gran intensidad. Un “Súper El Niño”, similar a los registrados en 1982-83, 1997-98 o 2015-16, podría tener efectos importantes en Chile.
Históricamente, El Niño ha estado asociado a inviernos más lluviosos y a eventos extremos. Aunque el último evento de El Niño en 2023-24 tuvo una intensidad moderada, durante el mismo se registraron más de cien mil damnificados en la zona centro-sur del país debido a graves inundaciones ocurridas en junio y agosto de 2023, y nuevamente en junio de 2024. El Niño 2023-24 se despidió con una tormenta de ráfagas huracanadas en agosto de 2024 que dejaron sin suministro eléctrico a casi un millón de capitalinos.
La combinación entre calentamiento global y variabilidad natural está empujando al sistema climático a escenarios más extremos y menos previsibles. El problema no es solo el aumento de la temperatura promedio del planeta, sino la creciente frecuencia de eventos capaces de tensionar nuestra infraestructura y sistemas de salud. Si un Súper El Niño se consolida en los próximos meses, Chile probablemente deba enfrentar eventos extremos que pondrán a prueba nuestra preparación y resiliencia.
Por Raúl R. Cordero, académico de la Universidad de Santiago.
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