El año 2026 pasará a la historia climatológica de Chile como el ciclo en que el Pacífico no dio tregua. Tras un inicio de década marcado por la volatilidad, el fenómeno de “El Niño” se ha instalado con una fuerza que no veíamos en años. Lo que comenzó como una anomalía térmica en las costas norteñas ha terminado por redefinir la pluviometría del país, dejando a su paso un rastro de alivio hídrico, pero también de devastación estructural.
Hasta julio de 2026, el impacto ha sido severo. La zona norte, central y sur han experimentado un superávit de agua caída que ha puesto a prueba la resiliencia urbana. Los “ríos atmosféricos”, potenciados por las aguas inusualmente cálidas, han golpeado con persistencia desde la Región de Atacama hasta Los Ríos.
Las inundaciones en las cuencas desbordadas en variados ríos y esteros, más la activación de quebradas, han sido la tónica de un invierno crudo. Si bien los embalses muestran niveles saludables, el costo en infraestructura y damnificados ha recordado que la planificación territorial sigue al debe frente a un “Niño” vigoroso.
¿Qué nos depara agosto de 2026? Los modelos meteorológicos son unánimes: nos acercamos al clímax. Se espera que este mes el fenómeno alcance su máximo de intensidad, lo que se traducirá en frentes con isoterma cero alta, aumentando el riesgo de aluviones en la precordillera.
Agosto no será el mes de la retirada, sino el de la máxima vigilancia. Chile se encuentra en el ojo de un gigante climático que, mientras llena los campos de agua, exige una resiliencia a la altura de su furia.
Por Christian Salazar, académico de la Escuela de Geología de la Universidad Mayor.
completa toda los campos para contáctarnos