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El club feminista que traducía libros al braille y luchaba contra el Código Penal bajo la dictadura de Primo de Rivera: “Hubo un empeño especial en borrarlas de la historia”

Inauguración de la exposición de figurines de Victorina Durán en el Lyceum Club Femenino de Madrid, octubre de 1933. (Museo Nacional de Artes Escénicas)

En 1942, la Sección Femenina de la Falange Española abría las puertas de su Círculo Medina, un club dedicado a formar y educar mujeres siguiendo la ideología patriarcal de su partido. Las instalaciones destinadas para ello fueron las de la Casa de las Chimeneas, en pleno centro de Madrid. Las mismas paredes que, años antes, dieron cabida al primer club feminista de la historia de España.

Las obras y reivindicaciones del Lyceum Club Femenino fueron poco a poco olvidadas y borradas con especial empeño de la historia. Pero la periodista cultural Eva Cosculluela se ha empeñado en reconstruirlas. En El club de las modernas (Seix Barral, 2026), recopila la historia de un espacio en el que cerca de 500 mujeres trabajaron por la igualdad en medio de la dictadura de Primo de Rivera.

Eva Cosculluela, autora de 'El club de las modernas'. (Cedida)

“Sabían que la condición de la mujer, en ese momento, era muy desfavorable. Veníamos de una época en la que se nos trataba como animales y bestias”, explica a Infobae la autora. “Aunque en el 26 ya era un poco mejor, la sociedad quería seguir teniendo a las mujeres encerradas en su casa, calladitas, cuidando a sus hijos y a sus maridos. Ellas sabían que, para reivindicar una mejora de su condición, las mujeres tenían que ser conscientes de cuál era esa condición. Y eso solo podía ser a través de la cultura y la educación”, expresa.

Una revolución liderada por la reina y la duquesa de Alba

La idea del Lyceum bebía de la experiencia del International Lyceum Club of London, el primer club social y cultural privado creado por y para mujeres. Crearlo en medio de una dictadura patriarcal no era sencillo y requería andar con ciertos pies de plomo: en sus estatutos, dejan claro que su intención no era participar activamente en la escena política ni inmiscuirse en cuestiones religiosas, sino “fomentar en la mujer el espíritu colectivo”, un principio que terminarían por saltarse.

Para mayor protección, nombran a la reina Victoria Eugenia y a la duquesa de Alba presidentas de honor. “Eso fue una jugada maestra”, considera Cosculluela, “si la reina y la duquesa estaban con ellas, no podía ser un sitio malo que quisiera acabar con la sociedad y con el orden”, añade.

Personalidades como Clara Campoamor, María de Maeztu, Victoria Kent, Elena Fortún o Carmen Baroja engrosaron el censo del Lyceum durante sus escasos diez años de actividad, que pusieron los cimientos de avances como el voto femenino. “Mostraron una enorme fuerza de voluntad y creían firmemente en lo que hacían”, valora Cosculluela, dos requisitos indispensables para hacer frente a los ataques y críticas de la sociedad.

Socias del Lyceum Club Femenino en el Salón de Tertulias. (Ministerio de Cultura)

“Decían de ellas que regentaban un casino, que iban con las piernas al aire o que fumaban cigarrillos egipcios. Incluso afirmaban que les financiaban los judíos, que destetaban a sus hijos con cerveza o que pegaban a sus maridos cuando volvían de las reuniones del club”, cuenta la periodista.

Pese a los múltiples detractores de su actividad, tampoco les faltaron apoyos, sobre todo de los maridos de las propias fundadoras. “Allí estuvo Unamuno, Pedro Salinas, Lorca, Alberti... Llevaron a los mejores y a las mejores gracias a los contactos que tenían tanto ellas como sus maridos”, narra Cosculluela. Con todo, estas celebraciones venían siempre con un tono paternalista. “Hasta los más elogiosos las llaman todo el rato ‘ilustres damitas’ y alaban el gusto con el que decoran las habitaciones. A Clara Campoamor, en la prensa la llamaban todo el rato ‘Clarita’”, recuerda.

La financiación era otro cantar. El club se mantenía con la cuota de las socias, que intentaba ser lo más asequible posible. “Pusieron una cuota que muchas mujeres podían pagar si querían entrar, pero las fundadoras, y sobre todo aquellas que se llamaron protectoras, pagaron mucho más dinero, una cuota doble. Incluso algunas de ellas pusieron una cantidad especial al principio para que eso marchara”, explica Cosculluela.

El dinero era una barrera para aquellas mujeres de clases bajas, “pero si había alguien que fuera talentosa, que quisiera crear, que estuviera interesada, no le decían que no”, asegura. Eso sí, “tenían que poner tiempo y tenían que poner dinero, y eso una trabajadora que fuera a la fábrica todos los días y que tuviera que cuidar a sus hijos no podía hacerlo”, aclara.

Además, había una norma no escrita para entrar: todas las mujeres debían tener una carrera profesional, contar con estudios, ejercer una actividad artística o aportar algún valor intelectual. Así, entre los miembros abundaban condesas, marquesas, vizcondesas y otras mujeres de buena clase social.

De la primera guardería a la reforma del Código Penal: la labor histórica de las ‘ilustres damitas’

La Casa de los Niños. (Biblioteca Digital de Madrid)

Pese a las barreras de clase, gran parte del trabajo de las mujeres del Lyceum tuvo un fuerte carácter social. “Hicieron algunos proyectos pioneros, como la Casa de los Niños, lo que hoy sería una guardería”, indica Cosculluela. De ocho de la mañana a ocho de la tarde, estas mujeres acogían a los hijos de todas las madres que tuviesen que trabajar. “Les daban sus tres comidas, tenían cuidado médico, los vacunaban y revisaban cada semana para ver si estaban creciendo bien”, explica.

En otro proyecto, el Comité del Libro para el Ciego, las socias del Lyceum traducían libros al braille. La intención era “hacer una biblioteca, tanto de obras clásicas de literatura como de libros de consulta, para que los ciegos pudieran estudiar igual que los videntes”, dice la autora.

Pero su intención fue más allá. Pese a declarar que no participarían en la escena política del país, hicieron campaña para reformar el Código Civil y el Código Penal, que trataban a las mujeres como un ser inferior. Especialmente sangrante era el artículo 438 del Código Penal: “El marido que, sorprendiendo en adulterio a su mujer, matase en el acto a esta o al adúltero o les causara alguna de las lesiones graves, será castigado con la pena de destierro. Si les causara lesiones de segunda clase, quedará libre de pena”, citaba el texto jurídico.

Expolio y olvido

La llegada de la II República marcó el principio del fin del Lyceum de Madrid. “Muchas de las mujeres tuvieron cargos en el Gobierno o se fueron acompañando a sus maridos, que habían sido nombrados embajadores en otros países. Ese núcleo fundacional se fue marchando y las nuevas socias, más jóvenes, entraban con una situación algo mejor, porque no tenían que soportar esos ataques del principio.

Con el estallido de la Guerra Civil, su actividad cambia. “Ya no están para celebraciones ni banquetes en honor a nadie, ni exposiciones... La sociedad entera está a otra cosa y ellas tampoco pueden ser frívolas”. A partir del verano de 1936, las menciones en la prensa del Lyceum se centran en peticiones de donaciones y aportaciones de comida y ropa para mandar al frente. Su última aparición en los periódicos es un anuncio en agradecimiento a la gente por su solidaridad y generosidad.

La Casa de la Chimenea logra sobrevivir los tres años de guerra. Instaurada la dictadura de Franco, Ramón Serrano Suñer, ministro del Interior de la dictadura, incauta el inmueble y lo entrega a la Sección Femenina, que desarrollaría su propio club para señoritas. “Pero la formación de la mujer ya no es en Derecho, Medicina o actividades culturales; es para aprender a hacer labores del hogar, cosas que la Sección Femenina pensaba que las mujeres tenían que saber hacer”, explica Cosculluela.

Expoliaron todo lo que había en la sede, lo vendieron en almonedas y destruyeron el archivo. Pero se quedaron algunos libros de la biblioteca, que les parecieron interesantes. Plantaron el sello de la Sección Femenina y del Club Medina encima del del Lyceum, para taparlo”, cuenta la periodista.

Placa en conmemoración del Lyceum Club Femenino en Madrid. (Wikimedia Commons)

Muchas de las socias del Lyceum murieron en el exilio; otras, como Elena Fortún, consiguieron volver años después y solo siete de ellas (Victoria Kent, Concha Méndez, María Martos, Ernesita de Champourcín, Victoria Durán, Mercedes Rodrigo y María Teresa León) pudieron ver a España entrar de nuevo en la democracia.

“Hubo un empeño especial en borrarlas de la historia”, reflexiona Cosculluela, pero su trabajo quedó en pie y abrió un camino hacia la igualdad que todavía hoy se construye. “Cuando estas mujeres trabajaban para que la situación de la mujer avanzara, muchas veces declaraban que así también avanzaría la sociedad entera. Y yo creo que tenían toda la razón. Que una parte de la sociedad, la mitad de la sociedad, tengamos una condición digna y justa, no es solo bueno para nosotras, es bueno para la sociedad entera”, concluye Consculluela.

Junio 12, 2026 • 1 hora atrás por: Infobae.com 24 visitas 2195598

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