Hablarle a la IA implicaba dictarle un texto y ver cómo acababa transcrito a palabras. Eso cambió con los modelos Live, capaces de entablar una conversación sin pasar por el teclado (aunque todo quede reflejado en palabras dentro del chat). Con este salto descomunal en capacidades, las IAs han pasado de ser herramientas a compañeros. A menudo demasiado cercanos. Como reflejó el CSIC en un estudio, uno de cada tres hombres jóvenes ha tenido una cita con una pareja virtual basada en IA.
Her, la inevitable referencia. Hablar de IA y enamoramientos hace que caigamos instantáneamente en la película Her, protagonizada por Joaquin Phoenix y con la voz de Scarlett Johansonn. De hecho, el estudio del CSIC confirma que la ficción supera a la realidad: en las relaciones entre persona y máquina se suceden las distintas etapas que también se producen durante el enamoramiento humano.
Según Jose Such, investigador del estudio y profesor en la Universitat Politècnica de València (UPV):
“En muchos casos aparecen dinámicas similares a las de una relación humana: intimidad, confianza, dependencia emocional o incluso ruptura”.
Los riesgos de caer en las redes románticas de las IAs no son solo sentimentales, también están relacionadas con las privacidad. Como el estudio ha comprobado, las personas comparten con las máquinas sus secretos más privados, igual que ocurre con una pareja convencional. Her reflejaba perfectamente esta fingida sensación de reciprocidad, donde la IA respondía a las confesiones para mantener el vínculo emocional. El problema es que todo lo que compartimos con las máquinas acaba almacenado. Y las empresas pueden hacer uso de él para, por ejemplo, entrenar a su IA.
Bodas con la IA, infidelidades y hasta… embarazos. Lejos de ser algo anecdótico, tener una pareja IA es cada vez más común. Con todo lo que ello implica: desde el enamoramiento a la ruptura; pasando por las situaciones típicas intermedias, incluidas las bodas. Ya hay quien se ha casado con una IA. Según apunta el estudio del CSIC, existen parejas virtuales basadas en inteligencia artificial que hasta simulan gestaciones.
¿Qué nombre ponerle a un bebé “engendrado” con una pareja virtual? Se me ocurre MarÍA si es niña y ThIAgo si es niño, por ejemplo. Más allá de la broma, existe un problema serio, porque las empresas explotan la empatía de las voces y comportamientos para potenciar la relación entre usuario y aplicación. Cuanto más amor exista más tiempo pasará en la app; lo que se traduce en más datos y en más suscripciones.
OpenAI ha dado con la tecla. Lo de empezar con Her no solo venía a colación por el estudio del CSIC, también por la posición de OpenAI: Sam Altman confesó que las voces de ChatGPT estaban inspiradas en el papel de Scarlett Johansonn en la película, por eso tuvo que eliminarla hace dos años. Ahora OpenAI ha renovado el modelo de voz, y lo de Her se queda corto.
He estado probando GPT-Live en la app móvil de ChatGPT y la sensación ha sido justo la que transmite el estudio del CSIC: la IA puede mostrarse tan humana, que caer en un vínculo afectivo puede ser solo cuestión de tiempo y de contacto. La naturalidad del nuevo modelo, la casi total ausencia de latencia, sus inflexiones en la voz, las pausas… Uf.
Cada vez es más difícil diferenciar a una IA. OpenAI ha logrado que su modelo de TTS rompa las barreras en la relación entre el humano y la máquina. Y ahí está la trampa: cuanto mejor suene, más fácil será olvidar que, al otro lado de esa voz cálida, no hay nadie. Solo una empresa esperando que te quedes un rato más y le dejes, a cambio, parte de tu vida y de tu dinero.
Imagen de portada | Iván Linares editada con ChatGPT
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La noticia
El CSIC avisa de que hay gente “casándose” con la IA. He probado la nueva voz de ChatGPT y entiendo por qué
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Xataka Móvil
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Iván Linares
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