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El desafío neodescolonizador africano

El Ciudadano

Por Carlos Gutiérrez P.

Desde mediados del año 2022, dos hechos políticos significativos aceleraron nuevamente el proceso de descolonización africano. Uno de ellos fue el ascenso de Ibrahim Traoré al poder en Burkina Faso, quien se ha convertido en un punto focal del emergente resurgimiento antiimperialista y panafricanista que tiene lugar en el continente africano y en toda la diáspora. Los discursos y entrevistas de Traoré se citan a menudo por su feroz denuncia del imperialismo y el neocolonialismo del siglo XXI.

El otro hecho fue la retirada de Burkina Faso, junto con Mali y Níger, de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), respaldada por Occidente, que se inició a fines de 2023 y que ha incentivado a otros estados, partidos políticos y organizaciones de masas a reflexionar sobre la necesidad de construir una existencia verdaderamente independiente fuera del marco de influencia de Francia y Estados Unidos.

Esto incentivó a que el 30 de agosto 2024 el coronel Struss Karsten firmara el acuerdo para entregar la Base Aérea 101 de Alemania al estado de Níger. Es la retirada definitiva y el cierre de las instalaciones alemanas. A principios del año 2025, Costa de Marfil expulsó a las tropas francesas del campamento militar denominado 43 Batallón de Infantería de Marina situado en Port Bouet. Ya tomaron esta misma decisión Burkina Faso, Mali y Chad. También se sumó Senegal, que cesó toda actividad militar extranjera en el país durante el año 2025, lo que significó que Francia debió retirar sus 350 soldados. El presidente de Chad ya había anunciado que hasta el 31 de enero de 2026 estarían fuerzas francesas, poniendo fin al pacto de defensa con Francia.

En el año 2024 se constituyó la Alianza de Estados del Sahel (AES) por los países de Burkina Faso, Mali y Níger. Estos tres estados sin litoral están allanando el camino para una mayor cooperación y unidad en el continente africano. Todos los gobiernos de la AES son antiguas colonias francesas que mantuvieron estrechos vínculos con París durante décadas.

Pero la lucha por la liberación de los pueblos, y en este caso contra las rémoras del neocolonialismo existentes en África, es difícil, cruenta y toma su precio en sangre de la población.

El líder Traoré ha sido objeto de múltiples intentos de asesinato, el mismo esquema usado contra uno de sus antecesores más emblemáticos, el capitán Thomas Sankara, quien intentó también cambiar el rumbo colonial de su país. El último de ellos fue a inicios de este año. Desde que asumió el poder ha acelerado el movimiento contra los rebeldes y a favor de la desvinculación del sistema neocolonial. Ha formado una alianza de trabajo con la Federación Rusa, que apoya a Uagadugú en sus esfuerzos por fortalecer su seguridad interna frente a diversas conspiraciones para derrocar al gobierno revolucionario, ya que representan una amenaza para los intereses económicos y militares de Francia y Estados Unidos en África.

En mayo del año pasado, vivieron uno de los episodios más críticos cuando grupos insurgentes rodearon y atacaron la ciudad norteña de Djibo, donde murieron civiles. Los rebeldes, que se autodenominaban yihadistas islámicos, entraron en Djibo en motocicletas y vehículos, lo que provocó la muerte de varias decenas de personas, incluidos soldados. Según informes, estos ataques en la última década han causado la muerte de más de 20.000 personas. Los objetivos de los rebeldes afiliados a Al Qaeda e ISIS no están claros y solo provocan la muerte de civiles y la destrucción de la infraestructura nacional.

La expansión de los grupos rebeldes yihadistas en las regiones de África occidental y del norte se produjo tras la destrucción, por parte de Estados Unidos y la OTAN, de Libia y de su líder el coronel Gadafi, que hasta hoy la tiene sumida en una guerra civil.

Es interesante recordar una declaración del presidente francés en una conferencia sobre política exterior (enero 2025), quien dijo que todavía estaba esperando el agradecimiento por parte de los países del Sahel por la ayuda entregada por décadas. Calificó la salida de las tropas francesas como parte de una reorganización estratégica y no una retirada. Siempre pensando y actuando en clave colonialista, no pueden aceptar haber perdido su dominio sobre esos territorios y la liberación de esos pueblos.

Hoy, el peligro principal recae sobre Mali, que desde el sábado 25 de abril sufre una ofensiva de los grupos terroristas Frente de Liberación de Azawad (FLA) y Al Qaeda del Magreb Islámico (JNIM) que intentaron un golpe de Estado y un copamiento de todo el territorio con una movilización de 12.000 militantes, auspiciados y financiados por Occidente, con presencia activa de mercenarios ucranianos.

La expansión de los grupos rebeldes yihadistas en las regiones de África occidental y del norte se produjo tras la destrucción, por parte de Estados Unidos y la OTAN, de Libia y de su líder el coronel Gadafi, que hasta hoy la tiene sumida en una guerra civil.

En Francia ya se está discutiendo sobre la necesidad de entrar en diálogo con estos grupos, siguiendo la misma dinámica que sostuvieron en Siria, apoyando finalmente a grupos terroristas. Se atacaron las principales ciudades del país, incluida su capital. En estas acciones fue asesinado el ministro de Defensa (Sadio Camara), y se han perdido pueblos y territorio en la parte norte del país.

La defensa principal actualmente recae en una limitada fuerza nacional (que requiere una reforma integral, pero que también es un reflejo de las carencias materiales del estado maliense) y en el Cuerpo Africano de las Fuerzas Armadas de Rusia, que ha jugado un papel clave en el sostenimiento del gobierno. Aun así, la situación general es muy compleja, particularmente en la región norte que limita con Argelia (que apoya al grupo separatista FLA), y al este, que limita con sus socios Níger y Burkina Faso. Hasta ahora, sobre estos territorios no hay un control total por parte de las fuerzas gubernamentales.

Mali viene enfrentando desde 2012 una grave crisis de seguridad, política y económica, que ha llevado al país a una grave situación de pobreza y de una guerra interminable, que han significado miles de muertos y decenas de miles de desplazados en la región del Sahel. Pero esta ofensiva ha sido la más grande y mejor planificada. Extrañamente, a principios de abril el gobierno de Mali había entrado en negociaciones con Estados Unidos, que ofrecía seguridad a cambio de recursos, pero no se ha llegado todavía a un acuerdo oficial. Mali es un productor clave en la minería del oro, y recientemente creó la Compañía Minera Estatal, que le posibilitará una mayor y más eficiente administración nacional y mejorar su posición en negociaciones con inversores extranjeros.

Esta situación crítica debe significar un salto cualitativo en la comunidad de países del Sahel, ya que la débil posición de Mali afecta a los otros socios. Es el momento, y la realidad así lo exige, de la construcción de capacidades de defensa, especialmente en el ámbito cualitativo: estructura de sus fuerzas, tropas de elite, profesionalización de los mandos, adquisición y uso de nuevas tecnologías, particularmente en aparatos aéreos no tripulados, etc.. En Burkina Faso ya se dio el paso de fusionar las milicias con el ejército y llamaron a una movilización general. Níger, que sufre por parte de estos mismos grupos ataques en la frontera con Mali, hasta ahora no ha tomado mayores iniciativas de seguridad.

Desde inicios de este año, se ha hecho evidente el renovado interés de Estados Unidos en la región a través de decisivas visitas de su personal del Departamento de Estado.

Desde inicios de este año, se ha hecho evidente el renovado interés de Estados Unidos en la región a través de decisivas visitas de su personal del Departamento de Estado. Han consolidado su influencia en el este de África y el Mar Rojo a través de Egipto, Etiopía, Kenia y Yibuti.

En Nigeria, después de las amenazas de Trump por los supuestos crímenes contra grupos cristianos, logró finalmente establecer una presencia militar estadounidense, que implica estar cerca de los países del Sahel y el África occidental. En el acuerdo de paz entre Ruanda y la República Democrática del Congo, el gobierno de la Casa Blanca actuando como mediador obtuvo acceso a la importante base de recursos del país.

En la última semana de abril, el subsecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, realizó una visita a Argelia y Marruecos reactivando el interés y la presencia de la Casa Blanca en el norte de África, tomando posición en tres asuntos claves: la inestabilidad del Sahel, el rol protagónico de Marruecos (su gran aliado en la sub región), y la resolución del problema del Sahara Occidental, fijando una postura en contra de los intereses de independencia que lidera el Frente Polisario, y sosteniendo la soberanía de Marruecos sobre ese territorio, cuestión que tendrá un nuevo debate significativo en una próxima reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La posición de Rusia al respecto es distinta, ya que continúa apoyando la soberanía del Sahara Occidental bajo la conducción del Frente Polisario, como fue refrendado por la cancillería rusa en la visita encabezada por el ministro de Asuntos Exteriores, Mohamed Salem Bissat (28 de abril).

Lo que hace que este momento sea particularmente interesante es el contraste que plantea con un tipo de actuación política muy diferente: la de los líderes de las juntas del Sahel, quienes, en los últimos años, se han convertido en iconos inesperados de la política antisistema en todo el continente. Ibrahim Traoré, de Burkina Faso, con su uniforme militar y su retórica mordaz contra el imperialismo occidental, ha acumulado una gran cantidad de seguidores en las redes sociales que trasciende las fronteras de su país. Assimi Goïta, de Malí, y Abdourahamane Tchiani, de Níger, han atraído una admiración similar, aunque más matizada. Estos líderes son vistos por muchos, especialmente por los jóvenes africanos, como algo refrescante: dicen lo que las élites civiles son demasiado cautelosas para decir, nombran las estructuras de dependencia que han oprimido al continente y ejercen una soberanía que, al menos estéticamente, se percibe como una reprimenda a décadas de sumisión controlada.

El atractivo es comprensible frente a otros líderes africanos envueltos permanentemente en casos de corrupción, genuflexión ante los dictados del occidente neocolonial, y la pasividad político-económica ante el saqueo de la extracción de sus enormes riquezas básicas, mientras sus pueblos sufren grandes miserias. Resulta, por tanto, genuinamente gratificante ver a un líder expulsar a Francia, rechazar las condiciones del FMI, invocar a Thomas Sankara y hablar, aunque sea de forma teatral, de un futuro diferente. Se puede comprender el atractivo del líder autoritario que parece tener convicción. En un panorama dominado por un «pragmatismo» neoliberal carente de imaginación, el hombre que reivindica principios se percibe como un radical.

Pero la evidencia del propio Sahel debería hacernos reflexionar. Malí, bajo el régimen de Goïta, ofrece quizás el caso de estudio más claro sobre los límites de una política que prioriza la soberanía. La retórica del gobierno ha sido nacionalista y antiimperialista en los términos más inequívocos. Las fuerzas francesas de la Barkhane fueron expulsadas. La Minusma fue desmantelada. El Acuerdo de Argel fue enterrado. Llegó el Cuerpo Africano de Rusia. Y, sin embargo, nada de esto ha producido una mejora material en la vida de los malienses de a pie. Los grupos yihadistas controlan ahora más territorio que antes de los golpes de Estado. Las condiciones de vida siguen siendo precarias, con un crecimiento concentrado en los centros urbanos mientras que las zonas rurales están desatendidas. Han surgido nuevos brotes de corrupción, mientras que la pobreza se ha agudizado. En mayo de 2025, Goïta disolvió todos los partidos políticos, alegando orden público. La retórica de la soberanía se ha convertido, en la práctica, en la justificación del autoritarismo, y este no ha producido ni seguridad ni desarrollo, sino, en muchos casos, nuevas formas de dependencia.

Esto nos lleva a una tensión genuina en el pensamiento panafricanista contemporáneo que mantiene con el marxismo occidental, en cuanto que el primero considera que las luchas del Tercer Mundo -y que, en el Sur Global, la lucha de clases- debe, en última instancia, subordinarse a un proyecto nacional de soberanía y desarrollo. Es una postura que merece ser tomada en serio, sobre todo porque capta algo real sobre los límites de ciertos marcos analíticos importados. Pero la realidad no es tan sencilla, y fue Frantz Fanon quien comprendió la trampa que contenía. La burguesía nacional, o en muchos casos el ejército nacional, que hereda las estructuras del Estado colonial sin transformarlas, no liberará al pueblo. Reproducirá las condiciones de su subordinación bajo una bandera diferente. El nacionalismo que no se convierte en una transformación social y económica no es una liberación. Se trata de un cambio de personal.

Lo que la política africana necesita -y lo que su historia, en sus mejores momentos, ha producido-, no es un líder más fuerte ni una élite más elocuente, sino un poder popular organizado con la paciencia necesaria para resistir la capacidad del Estado de ignorarlo. Esto implica sindicatos genuinamente arraigados en la vida de la clase trabajadora, formaciones políticas que compitan en las elecciones como expresiones de programas colectivos; movimientos sociales que exijan responsabilidades a los gobiernos no solo a través de la oposición, sino mediante la acumulación gradual de fuerza institucional.

Nada de esto es glamoroso. Nada de esto genera el impacto viral que produce el discurso de un líder militar contra el imperialismo. Y, como suele suceder, es más fácil decirlo que hacerlo. El espacio para la participación política popular se está reduciendo a nivel mundial, y, en gran parte del continente, nunca se le permitió desarrollarse plenamente. Sin embargo, a largo plazo, es la única forma de poder que ha obligado a los Estados a servir a sus habitantes en lugar de a las élites que los gobiernan. Los africanos no esperan líderes que identifiquen, de forma espectacular, qué está mal. Hace mucho que saben qué está mal. Lo que merecen es una infraestructura política organizada para hacer algo al respecto.

El nuevo modelo neocolonial ya no requiere un control total de los territorios, puesto que su enfoque principal está en la gestión de las rutas logísticas de la economía extractiva, cuya prioridad es la exportación de minerales, especialmente oro y uranio. Los activos de oro más importante de África se ubican en Ghana, Mali, República Democrática del Congo, Costa de Marfil, Guinea y Burkina Faso (todos ellos limitan entre sí), que todavía sigue siendo controlados por corporaciones occidentales. Y el continente, en su totalidad representan el 30 % de la producción global.

En este esquema es notoria la presencia de Francia, y un nuevo actor desestabilizador como es Ucrania, quien provee de mercenarios especializados en la guerra de drones. Así es la actual experiencia de participación directa en los conflictos de Sudán del lado de las fuerzas rebeldes (RSF) y actualmente en Mali y los otros países del Sahel. Entrenan al Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (GPIM) en el territorio de Mauritania y se expanden hacia una línea fronteriza que deslinda Guinea, Mali y Costa de Marfil.

África se ha constituido, nuevamente, en un territorio de confrontación, especialmente entre grandes potencias: Estados Unidos, Rusia y China, dejando nuevamente a Europa -particularmente Francia- en un papel secundario. Muchos de los países africanos que están transitando paulatinamente hacia una política neodescolonizadora han mirado hacia Rusia y China, quienes colaboran activamente en sus políticas de seguridad como es el caso de la presencia del Cuerpo Africano de Rusia, cooperaciones técnico-militares y adquisición de nuevos sistemas de armas tanto con Rusia como con China, y una fuerte línea de inversiones en infraestructura y explotación mineral con China, así como la relación vital con Rusia para acceder a combustibles, granos y fertilizantes.

La contienda por un mundo más justo, multipolar y en este caso descolonizado tiene en África un lugar privilegiado, en un continente con una contradicción muy grande: donde crece más rápidamente la población, dotado de inmensas riquezas básicas y donde se encuentran los países más pobres del mundo.

Por Carlos Gutiérrez P.

Carta Geopolítica 91 – 05/05/2026

Fuente fotografía


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