El día que un ingeniero llamó a su competidor para presumir de su invento: “Te estoy hablando desde un teléfono celular”
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El día que un ingeniero llamó a su competidor para presumir de su invento: “Te estoy hablando desde un teléfono celular”

Martin Cooper convocó a periodistas para que sean testigos de un hito que cambiaría la sociedad. El 3 de abril de 1973, en una esquina de Manhattan, llamó desde un dispositivo inalámbrico que pesaba más de un kilo y medía treinta centímetros de largo a Joel Engel para informarle que había fabricado el primer celular de la historia. La historia de su creador y las ideas futuristas que hoy, a los 96 años, propone
“Señor Watson, haga el favor de venir, lo necesito”, dijo el primer humano que habló con otro que no estaba cerca de él. Fue en 1876 y The New York Times lo informó así: “Alexander Graham Bell y Thomas Watson hablaron por teléfono el uno con el otro mediante un alambre tendido entre Cambridge y Boston”. La primera conversación por teléfono fue a través de un cable. Años, décadas y casi un siglo después, en 1973 ocurrió otro hito en las relaciones humanas. Para entonces, internet como palabra no se había acuñado, faltarían dos años para que llegara el prototipo de una cámara digital y restarían cuatro para el esbozo de la primera pantalla de televisión LED.
Estaba escondido en el ritmo de una ciudad caótica y masiva. En una esquina cualquiera de Manhattan, Nueva York, soportando el peso de más de un kilo y un instrumento estrafalario de treinta centímetros, Martín Cooper pasó a la historia. Hizo el primer llamado telefónico sin cables, desde un dispositivo móvil. En las puertas de una epopeya, pudo haber pronunciado un refrán honorable. No lo aprovechó. “Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad” fue la frase que firmó el astronauta norteamericano Neil Armstrong cuando pisó la Luna el día 20 de julio de 1969. Lo de Cooper no alcanzó la épica. Lo suyo fue una mojada de oreja, un indecoroso y arrogante saludo. Tal vez no proyectó la transformación cultura que impondría y lo que hizo, lo hizo solo para hacerlo antes, solo para que no lo hiciera otro.
Pero antes de la primera llamada por celular de la historia, hubo otras historias cortas que lo propiciaron. El domingo 4 de octubre de 1931 se había publicado la primera historieta de Dick Tracy en el Chicago Tribune. Era un inspector de policía recio, temerario. Representaba el binomio moral de los buenos contra los malos: era un hijo de su presente histórico. Tiempos de ley seca en los Estados Unidos, de legalidades difusas, de márgenes éticos corridos. Chester Gould, su creador y dibujante, dijo: “La batalla en pro de la ley y el orden parecía estar por encima de la plegaria. La policía y el resto de la comunidad encargada de velar por el cumplimiento de la ley sencillamente no hacían su trabajo. Había que hacer algo, alguien tenía que hacerlo. Al país no le hacía falta un detective que se pasara el rato en un sillón y teorizando, necesitaba alguien tan duro como los propios gángsters”. Simulaba la personificación de un valor en deterioro -según su propio padre artístico-: el respeto irrestricto de la ley. Para hacerla cumplir, emplea su ingenio, su sagacidad, la ciencia forense y tecnología avanzada. Hablaba por teléfono mediante su reloj de muñeca.
Martín Cooper tenía tres años cuando Dick Tracy apareció pintado en el diario. El detective dibujado penetró en las infancias y en los hogares estadounidenses. Había nacido, el 26 de diciembre de 1928, en Chicago, su misma ciudad. Era hijo de padres judíos ucranianos. No quería ser policía como el protagonista del cómic, pero nunca se olvidaría de él. De niño desarmaba cosas para arreglarlas: deseaba entender el funcionamiento de las cosas. “Desde mis primeros recuerdos, siempre supe que iba a ser ingeniero”, dijo. Lo fue. Se graduó en el Instituto de Tecnología de Illinois pero también fue hijo de su presente histórico: sirvió como oficial de submarinos en la Guerra de Corea.
Volvió, trabajó en Teletype Corporation y en 1954 fue contratado por Motorola. Las telecomunicaciones eran su fascinación. El mercado de los servicios telefónicos estaba dominado por Bell System, un gigante que ejercía el monopolio del sector desde su creación en 1877 a través de su casa matriz American Telephone & Telegraph (AT&T). La única manera de combatirlos era no pensar como ellos. Hacia la década del sesenta, la compañía había emprendido la carrera por la telefonía celular. Su visión de futuro estaba en la industria automotriz: querían meter teléfonos en los autos. La voluminosidad de los vehículos servía para esconder la enorme batería de los celulares. Pero la intención era también estratégica: involucrarse en el desarrollo de automóviles significaba ramificar el negocio. En el servicio de las comunicaciones apenas competían con firmas pequeñas, meros escollos.
Había algo que Cooper quería erradicar: los cables. Decía que los humanos llevaban un siglo atados a sus casas y a sus oficinas a través de hilos de cobre. No creía que sujetarlos ahora a los autos fuese una idea revolucionaria. Comprendió que la única forma de detenerlos era crear algo nuevo para abrir el mercado. Pensó en la movilidad real, en la libertad de desplazamiento, en la portabilidad. Recordó que cuando egresó de la universidad soñaba con trabajar en Bell System. Absorbió la musa que le inspiró el capitán James T. Kirk y ese comunicador móvil que utilizaba en Star Trek, la serie de culto de la década del sesenta. Recicló en su memoria las aventuras dibujadas de Dick Tracy y ese reloj telefónico.
La firma abocó sus recursos a crear un dispositivo que prescindiera de una casa, una oficina o un auto. Martín Cooper lideró un grupo de expertos en transistores, antenas, semiconductores. Se subieron a la carrera a principios de 1973. Tardaron noventa días en tener el producto terminado. Habían diseñado un prototipo plegable, uno deslizante, otro al que apodaron “plátano” y otro al que llamaron “el zapato”. La inspiración del modelo final provino de un sistema de radio bidireccional hecho a medida para el Departamento de Policía de Chicago. “Cuanto más complicado era el diseño, más cosas podían romperse. Hicimos una votación y todos en el equipo decidieron optar por la versión más simple. ¿Qué podría salir mal con el ladrillo?”, acepta el creador.
El diseñador fue Rudy Krolopp. El constructor fue Ken Larson. El armador fue Don Linder. El costo fue equivalente a un millón de dólares actuales. “Tuvimos prácticamente que cerrar todas las actividades de ingeniería y poner a toda nuestra compañía a trabajar en el teléfono y la infraestructura para hacer que funcionara”, explicó. Tenía doce botones distribuidos en dos hileras -los diez números más dos restantes para “levantar” el tubo y para colgarlo-, dos luces y un interruptor de encendido. El máximo desafío consistió en achicar los componentes de un teléfono para que entrara en un instrumento portátil. Lo bautizaron DynaTAC 8000X, el acrónimo en inglés que significa “cobertura de área total adaptativa dinámica”. Tenía treinta centímetros de alto, pesaba más de un kilo y disponía de una batería para veinticinco minutos de autonomía. “Una parte muy sustancial del primer teléfono era la batería, que pesaba cuatro o cinco veces la de un celular actual”, graficó. “Esto no era un problema. El teléfono era tan pesado que no podías sostenerlo por más de veinticinco minutos”, confesó.
Cooper, jefe de la división de comunicaciones de la compañía, era un excéntrico y tenía en manos un invento que sacudiría el mercado. Era el martes 3 de abril de 1973. Debía montar un show para presentarlo. No quería hacerlo en una oficina, en una conferencia de prensa protocolar y anodina. Acordó una entrevista en un estudio de televisión neoyorquino con el programa CBS Morning News. Pero a último momento, desde el noticiero cancelaron la nota. La innovación ameritaba un circo mediático. Se contactaron con la Radio City Music Hall. La noticia recorrió las redacciones. Convocaron a los cronistas al corazón de Manhattan, sobre la sexta avenida, a una suite del segundo piso del Hotel Hilton. Cooper les pidió que lo siguieran: había que hacer la demostración en plena calle, donde sería la conquista de la telefonía.
Cargaba un símil ladrillo color crema en la mano y una única preocupación: “¿Funcionará esta cosa?”. “Le pedimos a los periodistas que vinieran a ver la llamada, para demostrarles que era realmente móvil. El teléfono era único. Funcionaría durante unos minutos y luego se rompería”, recordó Cooper en diálogo con El País de España. Al Chicago Tribune le confesó que disponían de un teléfono de resguardo, en caso de que el suyo fallara. Debía enseñarle a los periodistas -y al mundo- que había creado un instrumento telefónico inalámbrico. Solo necesitaba hacer una llamada. Sacó una libreta telefónica de su bolsillo. Marcó el número de Joel Engel, director del programa de celulares de AT&T, rival directo de Motorola.
Habían pasado 97 años desde que Alexander Graham Bell dijo “señor Watson, haga el favor de venir, lo necesito” en la primera llamada telefónica de la historia. Faltarían 19 años para que el 3 de diciembre de 1992, Neil Papworth -un joven ingeniero canadiense de 22 años- le escribiera a su amigo Richard Jarvis “feliz navidad” en el primer SMS de la historia. En ese día de 1973, Martin Cooper pronunció las primeras palabras de una conversación telefónica por celular. “Te estoy llamando de un teléfono celular, pero de un verdadero teléfono celular. Un teléfono de mano, portátil y personal”, le dijo, en tono presuntuoso.
Lo que siguió es parte del mito. Cooper dice que del otro lado de la línea sólo escuchó silencio y dientes rechinando. “Joel fue muy educado conmigo, pero hasta el día de hoy no está seguro de haber recibido esa llamada telefónica. Pero no rechaza la posibilidad de que sí lo haya conseguido. Y no lo culpo por eso”, agrega. Recuerda haber concentrado la atención de los transeúntes, cautivados con ese aparato al que le hablaba: “No sé si conoces a los neoyorquinos, pero no son amigables como la gente de Chicago. Eres invisible para ellos cuando caminas por la calle. Y aquí tenían a esta persona parada hablando por lo que parecía un teléfono extraño, y había gente deteniéndose y mirándonos”.
El Chicago Tribune, el mismo diario que había lanzado a la fama a Dick Tracy, publicó en la portada de la edición del miércoles 4 de abril un artículo en el que se ufana de haber hecho “la primera prueba periodística del primer teléfono portátil ligero diseñado para uso masivo”. “El redactor habló ayer por la tarde con la oficina de Chicago, y la transmisión fue perfecta”, subraya. La compañía se había comprometido a invertir cinco millones de dólares para edificar un sistema prototipo para la ciudad de Nueva York, describe la reseña periodística y destaca la funcionalidad del invento: “Cuando el sistema de unidades de transmisión por radio esté terminado en 1976, las personas abonadas al servicio portátil podrán hacer llamadas a cualquier teléfono, fijo o portátil, mientras viajan en taxi o autobús, caminan por la calle, están sentadas en un teatro u otro edificio, o mientras vayan de compras”.

La demostración de Cooper, reconocido hoy como el padre de la telefonía celular, fue papel picado, confeti, un espectáculo mediático. Llegó antes, llegó primero, pero la versión comercial del prototipo DynaTAC 8000X salió al mercado diez años después, en 1983. “No había mensajería ni cámara. Treinta minutos de conversación, diez horas para cargar la batería, unas doce horas en espera y una antena de quince centímetros en la parte superior”, reseña. Pesaba 790 gramos y costaba casi cinco mil dólares -hoy equivaldrían a doce mil dólares-, un monto que lo excluía del público masivo.
Los primeros usuarios de esta tecnología costosa fueron las personas dedicadas a la venta de bienes raíces: “Los agentes inmobiliarios hacen dos cosas: mostrar casas o contestar el teléfono cuando alguien quiere comprar una casa. El teléfono móvil significaba que podían hacer ambas cosas al mismo tiempo”, resume Cooper. Pero nunca advirtió que sería protagonista de un evento histórico. El invento, patentado el 17 de octubre de 1973 bajo el número 3.906.166 para un “sistema de radioteléfono” que comprendía al teléfono como la red de la torre para conectarlo, fue uno de los tantos prototipos portátiles e inalámbricos que pensó Cooper. Su primer objetivo en la compañía era fabricar un teléfono de pulsera, el mismo de Dick Tracy. “Efectivamente, en un momento hice uno, pero era enorme”, retrata.
Martin Cooper tiene ya 96 años, usa un Apple Watch y compra siempre el último Iphone del mercado. Reconoce que le horroriza ver gente cruzando la calle con la mirada fija en el celular, admite estar decepcionado con la pérdida de privacidad derivada de los smartphones, jamás imaginó que un teléfono sería también cámara e enciclopedia, sostiene que “en la naturaleza de lo que deberían ser las comunicaciones portátil significa libertad” y no está sorprendido de que (casi) todos tengan su teléfono celular: “Solíamos contar la historia de que algún día, cuando nacieras te asignarían un número de teléfono. Si no contestabas, morirías”.
Dice, también, que los teléfonos inteligentes no son tan inteligentes como deberían. Les asigna un rol que ahora no tienen. Contribuir a “eliminar la pobreza”, cooperar de manera productiva y eficiente al conocimiento de los estudiantes: “Los profesores tendrán que enseñar cómo discriminar la información útil de la desinformación”. Y sostiene que deberían servir a la salud de las personas: “En el futuro, te estará monitorizando todo el tiempo. Y cuando empieces a ponerte enfermo, antes de que lo estés, el teléfono te transmitirá esa información a un ordenador y serás avisado para que vayas a ver a un médico o para que te curen, y la enfermedad no se producirá”.
Para Cooper, el celular no debería ser una extensión del cuerpo humano sino una parte de él. “Lo ideal sería que esté incorporado bajo tu piel, bajo tu oído -consideró en una entrevista publicada por la agencia EFE en 2023-. Con una computadora adentro. No necesitaría batería porque tu cuerpo sería ya una batería. Y cuando quisieras hablar con alguien y dijeras ‘ponme a Joe al teléfono’ la computadora lo hiciera en lugar de levantar un pedazo de plástico y colocarlo contra tu cabeza, aguantándolo en una posición incómoda”.
Su visión despertó polémica. Al cuestionamiento de la existencia de un teléfono dentro del organismo, respondió con una sonrisa y dos ejemplos: dijo que ya tiene dos agentes externos al cuerpo humano, una prótesis de rodilla y dientes postizos. “Los humanos tenemos mejores cerebros, pero somos defectuosos. No olfateamos tan bien como un perro. Así que, ¿por qué no deberíamos incorporar cosas a nuestros cuerpos?”, valoró.
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