Vivimos en una era en la que nuestra posesión más preciada es el tiempo y, en consecuencia, muchas personas prefieren jugar sobre seguro y ahorrarse sorpresas de ningún tipo cuando un realizador asentado en la industria estrena nueva película. No obstante, pocas cosas más satisfactorias existen que encontrarse con un cineasta cuya trayectoria no se rige por ningún patrón concreto y que opta por abrazar la libertad creativa en cada uno de sus proyectos.
El caso de David Robert Mitchell es, probablemente, uno de los mejores que podemos utilizar para ilustrar este tipo de perfil. En el año 2014 saltó a la palestra con 'It Follows' para convertirse en uno de los grandes nombres del cine de terror contemporáneo y, cuando medio mundo esperaba otro ejercicio en la misma dirección, cuatro años más tarde pilló con la guardia baja a propios y extraños con el delirante neo-noir con alma kafkiana 'Lo que esconde Silver Lake'.
Ahora, tras casi una década ausente, el de Michigan ha vuelto a nuestras salas de cine con otro bandazo inesperado estrenado bajo el título de 'El final de Oak Street'. Una aventura de supervivencia en clave de ciencia ficción con todo el espíritu de los blockbusters veraniegos de hace tres o cuatro décadas y cuya capacidad para entretener y su peculiar sentido del espectáculo quedan eclipsados por lo que, sin duda, es una anomalía en los tiempos que corren: su factor sorpresa.
No voy a negar que mi reacción durante los primeros compases del largometraje, bañados por la banda sonora de un Michael Giacchino en su salsa que guiña un ojo al John Williams más canónico, me hicieron entornar los ojos en signo de pereza. La gestación en la Bad Robot de J.J. Abrahams parecía haber derivado en otro clon desangelado de las producciones Amblin cargado de nostalgia, niños en bicicletas, vecindarios suburbanos y grandes éxitos de la época escuchados en radiocasettes y walkmans.
Por fortuna, esta sensación no tarda en desaparecer. Cada uno de los pasajes de 'El final de Oak Street' dejan patente que la devoción hacia sus referentes está ahí, pero Robert Mitchell se eleva sobre ellos con un marcado cariz autoral proyectado sobre una puesta en escena que no titubea a la hora de tomar ciertos riesgos con split diopters y juegos de cámara poco académicos, con una gestión del tono de lo más peculiar y, sobre todo, con su apuesta narrativa.
Y es que la película deslumbra al alzarse como una suerte de antítesis de las estructuras precocinadas para las plataformas de streaming, el consumo en segundo plano y las recomendaciones algorítmicas. El relato está estructurado en tres actos perfectamente definidos, no hay cold open para enganchar al espectador nada más arrancar, su primer acto se alarga lo necesario para presentar con calma a todos los personajes y sus conflictos y para alimentar el misterio progresivamente...
Bajo esta sucesión de aciertos dramáticos plena, el director y guionista moldea una aventura en clave familiar que engaña con una aparente —y, a priori, más que evidente— blancura que, sin comerlo ni beberlo, deriva hacia un lado más oscuro y, hasta cierto punto, salvaje que no se veía venir entre momentos de humor salidos de la nada que invitan a la carcajada cómplice, set pieces cargadas de acción intensa y escenas de puro shock que te obligan a hogar un grito frente a la estupefacción.
A todo esto habría que sumar un par de guindas en un pastel de lo más apetecible: las interpretaciones de Anne Hathaway y Ewan McGregor —entregadísimos a la causa y tan deslumbrantes como de costumbre— y un acabado audiovisual increíble y que extrae oro de los 80 millones de dólares mejor invertidos del año. Veremos si la taquilla está a la altura de este pequeño milagro que, seguramente, pasará más inadvertido de lo que merece, pero en la era de lo mediático, bien podríamos estar hablando de otra rareza incomprendida que pasa sin pena ni gloria. Espero equivocarme.
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La noticia
'El final de Oak Street' es un blockbuster veraniego para enmarcar. Una aventura brillante que deslumbra en la era de las narrativas precocinadas para el streaming
fue publicada originalmente en
Espinof
por
Víctor López G.
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