Por Begoña Fernández.
Madrid, 28 jun (EFE).- "El ascenso del ultraderechista Abelardo de la Espriella supone un retroceso en muchísimos frentes, y uno es la reparación pendiente de diez millones de víctimas de Estado en Colombia". Lo dice el ilustrador Alfredo Garzón, hermano del periodista Jaime Garzón, asesinado en 1999 por narcoparamilitares.
Garzón es autor de la novela gráfica 'Yo quiero no morir', junto la dramaturga Verónica Ochoa. Una reedición en España, a cargo de Astiberri, del cómic 'Garzón, el duelo imposible', publicado en Colombia en 2024, justo un año antes de que Colombia reconociese la implicación del Estado en el asesinato del periodista y humorista Jaime Garzón.
En una entrevista con EFE, Garzón explica que la novela surge de un largo inventario de preguntas postergadas tras el asesinato: "detrás de esas preguntas, un duelo latente y una urgencia de hacerme cargo".
Y junto a la dramaturga Ochoa, emprendieron un camino en el que descubrieron que "tras ese duelo hay un coro de ausencias, muchas otras vidas que también fueron interrumpidas violentamente".
El 13 de agosto de 1999, narcoparamilitares, en alianza con agentes del Estado colombiano, asesinaron a Jaime Garzón.
Jaime era humorista, periodista, abogado, pedagogo, locutor y activista. Luchaba por la paz y medió con las guerrillas hasta conseguir la liberación de más de cien secuestrados en Colombia, lo que lo convirtió en un icono de la defensa de los derechos humanos.
Garzón sostiene que el asesinato de su hermano sigue en la impunidad práctica: "no se conoce la verdad última" y considera que la declaración de crimen de Estado o de lesa humanidad es "un gesto simbólico".
"En ocasiones, estos gestos terminan dilatando la justicia real. En un país con niveles tan altos de impunidad, la opinión pública los asume como un resultado, pero la verdad es que el proceso contra los militares implicados está en el limbo", denuncia.
Garzón recuerda que en 2024 se pidió investigar a diez agentes de la policía secreta y a su director: "Hasta hoy nadie ha sido llamado a declarar".
El ilustrador regresó a Colombia en 2016, tras 30 años de exilio en EE.UU., con la idea de "materializar en una novela el caso de su hermano".
Garzón reconoce que "cuando eres superviviente de un crimen de Estado, esta circunstancia te pone en situación de buscar justicia".
Te das cuenta, añade, "que en una democracia genocida como ha sido la colombiana, el crimen de tu familiar está conectado con centenares de crímenes más, al final eres un archivo vivo".
La casualidad hizo que se topara con Verónica, una dramaturga que había abordado el tema en una obra de teatro que Alfredo fue a ver, y con la que tuvo conexión inmediata.
La carpeta verde, con el informe forense y las fotos del cadáver, que el ilustrador transporta sin ser capaz de abrir se transforma, a propuesta de Verónica, en un recurso narrativo.
"La carpeta era depositaria de mi miedo, y la convertimos en una constelación" explica Alfredo que reconoce que en ese juego cambió su forma de mirar: "Empezamos a poner las cosas en su lugar".
Verónica Ochoa coincide en que "para los colombianos el miedo está integrado en la experiencia vital".
"Aquí el miedo ha sido política de Estado durante muchos años, cada acción violenta ejercida contra la población apunta a eso, a inmovilizarnos".
"Históricamente ha sido así. Nos han querido someter mediante la estigmatización, la persecución y la eliminación".
La autora considera que uno de los grandes logros de la obra es entender que no se trata de luchas individuales, sino de un gesto de restauración colectiva.
Al final de la novela hay un capítulo con el título 'País de mierda'. Explica el ilustrador que el día que mataron a su hermano, en el noticiero de la noche, el periodista encargado de cerrar la emisión lo hizo así: "Hasta aquí los deportes".
Según relata, el periodista se rompió emocionalmente y golpeando la mesa profirió: "¡País de mierda!" y la frase quedó ligada para siempre al asesinato de Garzón.EFE
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