
Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista.
Cada rito de paso, ya sea el cambio de estación, el cierre de un ciclo vital o el tránsito simbólico entre un año que muere y otro que nace, encierra una enseñanza antigua que la modernidad, absorbida por la velocidad, parece empeñada en olvidar: no hay porvenir posible sin una mirada consciente sobre el pasado. Avanzamos con la ilusión de que el futuro puede construirse como una tabula rasa, desligado de la experiencia histórica, cuando en realidad toda proyección se asienta sobre capas acumuladas de memoria.
Las culturas antiguas comprendieron que el tiempo no era una flecha rectilínea, sino un círculo. El mito cíclico de la vida, presente en múltiples tradiciones, no hablaba de una repetición mecánica, sino de aprendizaje y conciencia. Volver sobre lo vivido no era un acto de melancolía, sino una forma de auscultar el pasado para extraer sentido, advertencias y orientaciones. En ese gesto se jugaba la posibilidad de no tropezar una y otra vez con las mismas piedras.
Este umbral del año 2026 nos encuentra, además, en un escenario global particularmente elocuente. La crisis de la democracia liberal, el avance de autoritarismos, la erosión de los consensos básicos y la naturalización de guerras que parecen no tener fin son signos de una humanidad que ha olvidado leer sus propias lecciones. Conflictos armados que se repiten bajo nuevas banderas, discursos de exclusión que regresan con ropajes actualizados, y una política internacional cada vez más dominada por la fuerza y el cálculo inmediato antes que por la ética y el derecho, revelan una peligrosa amnesia colectiva.
No es casual, entonces, que enero (January) derive su nombre de Jano, el dios romano de los comienzos y las transiciones. Jano, con sus dos rostros, miraba simultáneamente al pasado y al futuro. Su figura encarna una sabiduría hoy urgente: solo quien comprende lo que fue puede decidir con responsabilidad lo que quiere ser. La mirada doble no paraliza; orienta.
Mirar críticamente el pasado político reciente implica reconocer cómo la fragilidad institucional, la desigualdad persistente, el descrédito de la política y la renuncia a la memoria han abonado el terreno para la violencia, tanto simbólica como real. Las democracias no colapsan de un día para otro; se erosionan lentamente, cuando se dejan de escuchar las advertencias de la historia y se normaliza lo excepcional.
El mito cíclico nos recuerda que todo comienzo exige asumir lo que termina. No hay renovación auténtica sin balance. Cada nuevo año se escribe sobre un palimpsesto de decisiones colectivas, guerras no resueltas, promesas incumplidas y aprendizajes parciales. Ignorar esas capas no las borra: solo las vuelve más peligrosas.
En tiempos de incertidumbre global, el cambio de año debiera invitarnos menos al optimismo superficial y más a una reflexión compartida. ¿Qué enseñanzas nos dejan las democracias debilitadas? ¿Qué nos dicen las guerras que persisten sobre nuestros fracasos como comunidad internacional? ¿Qué valores estamos dispuestos a defender, incluso cuando ello implique incomodidad o sacrificio?
Tal vez la lección más profunda de Jano sea la de la responsabilidad histórica. Avanzar, sí, pero con memoria. Porque solo una sociedad que se piensa a sí misma en continuidad —con conciencia de sus errores y de sus logros— puede aspirar a construir un futuro más justo, más pacífico y verdaderamente común. Que 2026 nos encuentre, entonces, mirando hacia adelante sin renunciar a la lucidez que solo el pasado puede ofrecernos.
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Rodrigo Reyes Sangermani
La entrada El nuevo año parte en enero se publicó primero en El Periodista.
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