Hace unos años, en estas mismas páginas, el hit ochentero “Ha salido un nuevo estilo de baile y yo no lo sabía” servía para advertir sobre la urgencia de no quedar fuera de la revolución de la IA. Pero todo baile necesita música, y en la IA esa música es el cómputo. Es éste el que permite que un modelo responda preguntas o resuelva problemas. Sin infraestructura computacional adecuada, la IA simplemente no existe.
Hacia fines del siglo XIX, Chile enfrentó una decisión que no era ni obvia ni urgente: construir una infraestructura eléctrica nacional. Electrificar el país requirió visión de largo plazo, inversión sostenida y coordinación entre el Estado y la sociedad civil. La electricidad era entonces una apuesta al futuro. Lo que siguió fue un proyecto de país sin el cual cualquier esfuerzo de desarrollo habría sido incompleto.
Chile enfrenta hoy una decisión comparable. La infraestructura de cómputo se convertirá en un servicio básico; cada hogar, cada institución y cada proceso productivo dependerá de la IA y, por tanto, de acceso a cómputo. Depender solo de infraestructura instalada en el extranjero constituye una vulnerabilidad estratégica.
Desde el Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA), este desafío explica iniciativas como el centro de cómputo para IA en Arica junto a la Universidad de Tarapacá (UTA), o el primer laboratorio público de supercómputo para IA (SCAI-Lab) junto al Laboratorio Nacional de Computación de Alto Rendimiento (NLHPC) y financiado por CORFO. También el fortalecimiento de capacidades de cómputo para investigación en IA con apoyo de ANID, y colaboraciones con líderes globales como AMD, NVIDIA y el Barcelona Supercomputing Center.
Estos esfuerzos responden a una visión estratégica para impulsar pilotos, luego escalables a nivel nacional. Un ejemplo es el centro de cómputo para IA en el norte de Chile junto a UTA, donde existe energía limpia, abundante y de bajo costo. Hoy la energía es el insumo fundamental del cómputo, por lo que ubicar infraestructura donde es más eficiente resulta clave. En lugar de trasladar esa energía es posible ejecutar modelos de IA en estos polos y transmitir sus resultados mediante redes de alta velocidad, como la fibra óptica que ya conecta los observatorios del norte. Energía y cómputo son dos dimensiones de una misma estrategia de desarrollo, donde Chile tiene ventajas estructurales que no debe desaprovechar.
El desafío del cómputo trasciende lo local. El progreso reciente de la IA ha estado determinado por la escala: en datos, cómputo y modelos. Ningún país de la región, por sí solo, puede alcanzar el nivel que exige la IA actual, pero Latinoamérica, como conjunto, sí puede lograrlo. Iniciativas como LatamGPT avanzan en esa dirección: un modelo colaborativo, construido con capacidades regionales y entrenado sobre un corpus que refleja nuestra propia identidad. Escalar hacia un entrenamiento distribuido, utilizando centros de cómputo de la región, podría materializar una aspiración histórica de integración latinoamericana, y dar forma a una manera distinta de hacer IA: abierta, colaborativa y con identidad propia.
Cuando Chile apostó por la electrificación, lo hizo con una mirada de futuro. Hoy cosechamos los beneficios de esa visión. La IA transformará nuestra sociedad y en 20 años, la discusión no será si Chile debió fomentar el desarrollo de infraestructura para IA, sino qué tan bien lo hizo y qué tan temprano comenzó. El baile ya empezó: necesitamos ponerle música.
Por Álvaro Soto, Profesor UC, Director CENIA.
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