SEÑOR DIRECTOR:
La dupla Manouchehri-Cicardini ha perfeccionado un género: la política como contenido. Dos presentaciones ante Contraloría: una porque la Primera Dama sirvió comida sin guantes —cuatro organismos públicos informaron para concluir que no había nada—, otra por un almuerzo en La Moneda. Una exigencia de renuncia al ministro de Hacienda en plena sala, a semanas de asumido el gobierno. Y esta semana, la acusación —por video, naturalmente— de “colusión” contra la presidenta de su propio partido, por sentarse a una mesa de diálogo convocada por la presidenta del Senado.
Las palabras importan. Colusión es un ilícito: tiene nombre, sanción y condenados. Aplicarla a una negociación política no describe nada; solo busca el impacto del término. Quien sostiene que dialogar es coludirse declara que negociar es delinquir.
El problema es que para eso fueron elegidos. El Parlamento toma su nombre de una función: parlamentar. Deliberar, negociar, ceder algo para obtener algo. Nada de eso está en su libreto: el propio diputado dijo que lo deseable no es que la senadora se adapte al Senado, sino que el Senado se adapte a su forma de hacer política. Un Congreso que se adapta al espectáculo deja de parlamentar. Y un parlamentario que no parlamenta ejerce, en rigor, otro oficio.
Francisco Alcaíno Madrid
Abogado
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