El peligro de confundir síntoma y enfermedad

La palabra recesión tiene una fuerza política que pocas cifras económicas pueden igualar. Apenas aparece, ordena la conversación en torno a ella: cuánto cayó la actividad, cuánto durará la debilidad, qué se puede hacer para salir adelante… Pero en economía, como en medicina, un síntoma no basta para entender la enfermedad. Antes de discutir el tratamiento, hay que diagnosticar.

Es cierto que Chile podría entrar en recesión técnica: dos trimestres consecutivos de caída de la actividad. El primer trimestre mostró una contracción anual de 0,5% y los Imacec de abril y mayo también fueron negativos. A eso se suma un desempleo de 9,4% en mayo. Los datos preocupan, pero no bastan para definir la respuesta correcta de política económica.

Una segunda mirada cambia la lectura. La debilidad reciente ha estado concentrada en sectores vinculados a recursos naturales: minería, pesca y agricultura. En minería, el Banco Central ha señalado factores como la menor ley del mineral y mantenciones en algunas faenas. Así, el PIB no minero no mostró variación en el primer trimestre y los datos de abril y mayo muestran un crecimiento entre 0% y 1%. Es una economía débil, pero no al nivel al que la memoria nos lleva al escuchar la palabra “recesión” en Chile. En el caso de la pesca y agricultura, su debilidad responde a factores climáticos, y ellos también arrastraron a parte de la manufactura. Además, no podemos ignorar el alza de los combustibles, que opera como un shock de oferta: encarece costos y limita actividad.

El mercado laboral también exige cautela. La tasa de desempleo es alta, pero atribuirla solo a la debilidad de la economía puede ser un error. Según el mismo Banco Central, parte del deterioro parece responder a factores estructurales: cambios demográficos, automatización y mayores costos laborales. Respecto a este último punto, la Mesa de Reactivación Laboral convocada por el Ministerio del Trabajo ha apuntado al desacople entre recuperación económica y empleo tras la pandemia, en un contexto de alzas del salario mínimo, reducción de jornada y aumento gradual de las cotizaciones con cargo al empleador.

La distinción es decisiva. Un problema de demanda agregada se enfrenta estimulando el gasto, el crédito o el consumo. Uno de oferta exige otra agenda: inversión, eficiencia regulatoria, capacitación, flexibilidad laboral, adaptación tecnológica y menores trabas para producir y contratar. Confundir ambos planos puede terminar tratando la fiebre mientras se posterga el tratamiento de la enfermedad de fondo.

Nada de esto significa minimizar la desaceleración ni desconocer el deterioro laboral. Significa evitar que la etiqueta de “recesión técnica” capture la agenda pública y desplace lo importante. El riesgo no es solo discutir si Chile cumple o no con una definición estadística de recesión, sino que esa discusión nos distraiga de buscar soluciones a los problemas de largo plazo. El país necesita una lectura más fina que el titular: el mayor riesgo no es solo entrar o no en recesión técnica, sino confundir el síntoma con la enfermedad y postergar el tratamiento real.

*El autor de la columna es economista jefe de LarrainVial Research

Julio 6, 2026 • 2 horas atrás por: LaTercera.com 23 visitas 2265377

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