Belleza y levedad. Hay veces en que en los relatos el furor narrativo simplemente sobra. Me refiero a la sobrecarga de historias en la narración, entendida como esas laboriosas tramas que van y vienen, que admiten sorpresas, decepciones, vuelcos inesperados y desenlaces sobregirados y sinfónicos. Lejos de todo eso, hay libros o cuentos concebidos exclusivamente a partir de una simple idea, de una fugaz emoción, de un sentido recuerdo. Los cuentos de Chejov o de Carver pueden aportar grandes ejemplos al respecto. El toldo rojo de Bolonia (Abada Editores, 2010, 104 pp.) es también un libro que se sitúa en ese registro. Es muy breve, como varios de los que escribió John Berger, el escritor, crítico de arte y pintor británico que en sus últimos años, luego de quedar viudo, se radicó en Francia, hasta su muerte en 2017. Hombre de izquierda, novelista sensible, ensayista a veces de prosa muy densa, en este librito Berger es leve, inspirado, arbitrario, emotivo, agudo y tremendamente libre. Porque no está atado a la mecánica del conflicto ni del desenlace. Porque nunca está muy claro hacia dónde quiere llegar con lo que cuenta. Porque su relato no puede ser más leve. Porque todo parte de un recuerdo de la figura más bien perdedora de su tío Edgar, que nunca supo hacer plata, pero tuvo una gran conexión emocional con su sobrino y con el cual viajó alguna vez a Italia, adonde Berger regresa para recorrer una plaza, sentarse en las gradas de una iglesia, mirar a la gente, tomarse un café en la terraza de un local acogedor. Bolonia, sede de la primera universidad europea, es una ciudad de larga tradición sindical y construida básicamente con ladrillos, donde los balcones y vitrinas se protegen del sol con toldos de color rojo. Algunos más descoloridos, otros más nuevos. El libro transmite esa fascinación con que la sensibilidad sajona -de Goethe a Byron, de James a E.M. Froster, de Stendhal a James Joyce- ha mirado siempre a Italia. Es una preciosura como edición y, desde luego, como escrito.
El arte de la observación. Otro ejemplo de levedad narrativa. La última película de Jim Jarmush, Padre, madre, hermano, hermana. Reúne tres episodios. El primero, el más convencional, trata de la visita al padre que le hacen su hijo y una hija; es la historia muy poco interesante de cómo el viejo se aprovecha de ambos. No vale mucho más que un chiste malo. Pero los otros dos episodios restantes tienen fascinación, silencio y pocas explicaciones. El segundo episodio registra el té que una señora viuda les sirve una vez al año a sus hijas. Ella es fría y muy compuesta; una de sus hijas, feúcha y reprimida, también. Pero la otra es un verdadero tiro al aire. Y el encuentro está relatado maravillosamente. En el tercer episodio dos hermanos -ella muy conflictuada por no sabemos qué, él muy modernillo con sus trenzas y sus porros, los dos de color y muy guapos- se encuentran en París para entregar el departamento que arrendaban y donde vivieron sus padres hasta antes del accidente aéreo en que perdieron la vida. También es una proeza en términos de observación. Prácticamente no hay conflicto. Nadie sale humillado ni herido. Nadie dispara, nadie chantajea. Nadie al final termina muy distinto de lo que estaba al comienzo. Pero, curiosa y milagrosamente, algo ocurre entremedio que no podemos definir muy bien. Digamos que ocurre lo que pasa en las buenas películas: iluminan, por decirlo así, el mundo de otra manera. Será a veces un cineasta presumido y demasiado cool, como en Dead Man o en Coffe and cigarettes, pero -por favor- Jarmush, el autor de Stranger than Paradise, de Flores rotas, de Paterson, es capaz de observaciones que siguen sacando chispas. No solo chispas: llamaradas.
Ciudad mítica. Hubo una época, dice Juan Forn, novelista y cronista argentino, en una de las crónicas de su libro Yo recordaré por ustedes, (Seix Barral, 2023), que en Alejandría vivían más griegos que en Atenas y más judíos que en Jerusalén. Como ciudad, se sentía más hermana de Atenas, de Roma y de Constantinopla que de sus propios compatriotas. Eso explicaría las reservas que inspiraría la ciudad entre los propios egipcios. “Alejandría -dice Forn- es de esos lugares que siempre conocieron mejores tiempos. Tuvo su famoso Faro, pero se derrumbó. Tuvo su famosa Biblioteca, pero se quemó. Mal planificada, mal construida, con incorregibles problemas de drenaje, fue invadida y desechada por todos los conquistadores de turno; estuvo a punto de ser exciudad muchas veces, pero, aun así, siguió siendo hasta 1950 el puente entre Europa y Oriente, el nexo entre el presente y el pasado”. Escenario imposible de disociar de la figura excelsa y de la obra literaria de Konstantinos Kavafis, el poeta que se ganaba la vida trabajando media jornada como burócrata del departamento de riego, Alejandría fue el lugar donde Lawrence Durrell ambientó su célebre Cuarteto, un fresco colosal del amor y el desamor, expresado en cuatro novelas memorables, donde los personajes vivían como propios conflictos que en realidad podrían haber sido más culpa de la ciudad que de ellos.
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