Valladolid, 25 jul (EFE).- El "pícaro" Albert Boadella despedirá, junto a Els Joglars, el festival Olmedo Clásico, con su versión de 'El retablo de las maravillas' de Cervantes, en la que, además de ofrecer el entremés del 'Príncipe de los ingenios', se burla de los "impostores" que han invadido la sociedad en ámbitos como la política, la gastronomía o el arte.
En una entrevista con EFE, el actor, director, escenógrafo y dramaturgo catalán ha explicado que "hay muchos que venden la nada con mucha facilidad y que, además, adquieren más poder a través de los medios de comunicación, lo que se trata de explicar, desde el humor y la ironía, en esta obra".
A pesar de que en 2007 se fue de Cataluña -por su crítica a los nacionalistas y su ansia separatista, que plasmó en varios trabajos contra Jordi Pujol, como 'Ubú president'- Boadella mantiene su vínculo con la compañía que creó en 1962 y que fue perseguida por considerarse "antifranquista y enemiga del ejército".
De hecho, él fue encarcelado, aunque logró fugarse disfrazado de médico, para irse a Francia, algo que cree que podría haber evitado "de haber sido más astuto y haber sido menos directo en la crítica", pero eso también la ha servido para reforzar su rebeldía y dar valor a una compañía que ha cumplido 65 años.
A pesar de estas situaciones, Boadella ha sido y es feliz en el teatro, donde se ha convertido en un referente para muchos, aunque no cree que lo sea para las generaciones actuales "porque tienen un impulso de destrucción constante del pasado" y, además, le ven como "un facha y un conservador".
De hecho, dicho enfrentamiento generacional lo ha llevado a las tablas, con la adaptación de uno de sus libros, 'Joven, no me cabree', que estrenará en marzo, en el Teatro del Canal, en el que denuncia la victimización de la sociedad actual, "que es la del bienestar y los mimos", y a la que le ha faltado "formaciones más duras".
Por tanto, sigue sin renunciar a expresar su opinión respecto a temas tan delicados, por cuanto despiertan una reacción exacerbada en la gente, como la política, la educación, la religión o la cultura, la cual considera que depende del Estado, lo que ha derivado en una autocensura de los autores y directores teatrales.
"Cuando los consultores de arte entran en un terreno que les puede hacer enfrentarse a poderes públicos o a alguna parte de la sociedad, tiran por la tangente, porque el Estado entra en la programación y, para tener subvenciones y ser tenidos en cuenta, se paga un tributo de vasallaje", ha comentado.
Esto choca de frente con su forma de entender las artes escénicas, con una independencia absoluta que le permita expresar lo que quiere, y no lo que le imponen otros, y una mirada fuera de "ese sectarismo progre que se había instituido en España, que trasladaba la fe religiosa a cosas laicas, según la conveniencia".
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