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El proyecto que se quedó solo

Cuando el gobierno presentó su reforma al Sistema de Admisión Escolar, ocurrió algo poco frecuente en el debate educativo chileno: recibió críticas desde veredas que rara vez coinciden, investigadores del Centro de Estudios Públicos, académicos de la Universidad de Chile, de la Universidad Católica y de la Universidad de los Andes comparten lo esencial del diagnóstico. La advertencia, además, era previa: la Mesa Técnica convocada en 2025 para evaluar el SAE concluyó, tras revisar diez años de evidencia, que no se justificaba un reemplazo estructural. El proyecto fue en sentido contrario.

El debate, mientras tanto, corre detrás de una caricatura: que el SAE es una “tómbola”. No lo es: el sistema parte de las preferencias que las familias declaran, y el azar opera solo cuando hay más postulantes que cupos, después de aplicar prioridades como hermanos o estudiantes vulnerables. En prekínder, ocho de cada diez niños quedan en su primera preferencia y prácticamente todos en alguna de sus opciones. Y con este sistema la segregación escolar ha descendido hasta alcanzar en 2024 sus niveles más bajos. Detrás de esos números hay una política pública que funciona.

El proyecto propone que los colegios sobredemandados seleccionen mediante “elección mutua”: entrevistas, asistencia a reuniones, adhesión al proyecto educativo, cercanía territorial. Conocemos esos criterios porque ya los usamos. Las entrevistas a apoderados fueron el principal mecanismo de selección por clase social antes del SAE, y por eso países como Inglaterra las prohibieron. Lo único nuevo es el nombre.

Aquí está el punto de fondo. El titular del derecho a la educación es el niño, no la familia ni el establecimiento. La “elección mutua” invierte esa lógica: la última palabra deja de estar en la preferencia de la familia y pasa a la voluntad del colegio. Y como la admisión a un colegio sobredemandado es un juego de suma cero, cada ventaja que gana un postulante seleccionable se la quita a otro, casi siempre el más vulnerable.

Lo revelador es que los objetivos que el gobierno declara pueden lograrse dentro de la arquitectura actual. ¿Mérito? La Mesa Técnica propuso que los liceos de alta exigencia seleccionen por rendimiento desde séptimo básico, con resguardos de equidad. ¿Hermanos en colegios distintos? Se resuelve ampliando los criterios de prioridad. Para todo eso sobra un subsistema paralelo de selección.

La frustración de muchas familias con el sistema es real y hay que tomarla en serio. Pero conviene mirar su causa: pocos colegios concentran la mayoría de las primeras preferencias, y ningún mecanismo de admisión puede hacer que entren más niños de los que caben. Esta reforma deja los cupos exactamente donde estaban; solo cambia quién queda fuera. Y facilitar la apertura de nuevos colegios agrava el cuadro: como la subvención sigue a la matrícula, cada colegio que se instala junto a otro de bajos resultados le quita alumnos y recursos, golpeando primero a los que más necesitan mejorar. La salida es apoyar a esos establecimientos para que suban su nivel, partiendo por la educación pública, donde estudian los niños que más dependen de que el Estado haga bien su tarea.

El SAE se puede y se debe perfeccionar, y hay propuestas técnicas serias sobre la mesa para hacerlo. Lo que no se puede hacer es volver, con otro nombre, a las prácticas que Chile decidió dejar atrás.

Por Ingrid Olea, directora ejecutiva de Educación 2020

Julio 3, 2026 • 1 hora atrás por: LaTercera.com 24 visitas 2257227

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