París, 26 may (EFE).- Como el año pasado, el París Saint-Germain ha atravesado un tortuoso camino para alcanzar la final de la Liga de Campeones, un calvario que su entrenador, el español Luis Enrique Martínez, asegura que les ayuda a catalizar su carácter luchador, clave para su éxito.
Luis Enrique repitió este año que el sorteo no había sido benevolente con su formación, pero eso no le hizo variar la planificación, con el objetivo de ir de menos a más y estar en plena forma en el tramo final, cuando se ganan los campeonatos.
La primera parte de la temporada las numerosas lesiones en su efectivo le privaron de una continuidad que, a la postre, se ha revelado casi como positiva.
Las constantes ausencias de figuras importantes en su efectivo como Ousmane Dembélé, Achraf Hakimi o Fabián Ruiz han obligado a jugadores como Warren Zaïre-Emery, Desiré Doué o Lucas Belardo disponer de más minutos. Y, de rebote, dar descanso a jugadores importantes.
Un elemento clave en un equipo que, tras levantar el pasado curso su primera Liga de Campeones no tuvo vacaciones, ya que disputó el Mundial de Clubes, lo que afectó a la pretemporada y a la preparación física del efectivo.
La dinámica de la anterior campaña pareció prolongarse en el inicio de la presente y el PSG encadenó tres triunfos en Europa, uno de ellos de mucho valor ante el Barcelona.
Las alarmas se encendieron cuando el equipo perdió en su estadio contra el Bayern de Múnich con un doblete de Luis Díaz y se agudizaron cuando no fueron capaces de pasar del empate en Bilbao pese a sus numerosas ocasiones, cayeron en Lisboa contra el Sporting también siendo superiores.
El gol de Willock en el Parque de los Príncipes para el Newcastle en la última jornada de la liguilla les relegó a la repesca, como en la pasada campaña y fue ahí donde Luis Enrique llamó a sus tropas a rebato.
Como el año anterior frente al Rennes, fue en ese momento cuando comenzó a aparecer la mejor versión del equipo y en las crónicas aparecieron las primeras alabanzas a un PSG que hasta ese momento había despertado dudas.
"Si se duda de nosotros, apaga y vámonos", había dicho Luis Enrique en una de sus tumultuosas ruedas de prensa en las que acudió a un chascarrillo español para expresar sus pensamientos.
Los octavos de final contra el Chelsea fueron el mejor ejemplo de que el equipo había entrado en la línea positiva y los ingleses se llevaron dos goleadas en las que, además del bueno juego del PSG quedó patente que habían incorporado otro elemento: la buena puntería.
El Liverpool que se encontraron en cuartos nada tenía que ver con el que afrontaron un año antes en semifinales. Los de Arne Slot, en plena tormenta, contaban con dar la campanada ante los campeones para enderezar su rumbo, pero se vieron atenazados ante un rival que ya recordaba al brillante equipo que fue.
Las semifinales frente al Bayern de Múnich eran para muchos una final avanzada, ante los dos equipos que mejores argumentos venían proponiendo en la temporada.
El partido de ida en el Parque de los Príncipes se saldó como uno de los duelos más brillantes que se recuerdan en la competición, por el ritmo que impusieron ambos equipos, la intensidad en cada jugada, la cantidad de ocasiones, las alternativas en el marcador y el resultado, un 5-4 que dejaba las cosas pendientes del Allianz.
El Bayern se adelantó con un penalti transformado por Harry Kane, pero el PSG llegó a ponerse 5-2 arriba, antes de la reacción de los germanos.
La pequeña ventaja en la vuelta se reveló decisiva. El PSG, más tranquilo en Múnich, el estadio donde había levantado su primera Liga de Campeones, estuvo más asentado en el césped ante un Bayern al que le pudieron las urgencias de tener que remontar y que desde el minuto 3 fue a remolque en el marcador gracias a un tanto de Dembélé.
La clasificación para la final ante un rival de esa talla no hizo más que agrandar la confianza del equipo, que llega al partido decisivo del año en Budapest en su mejor momento. Como el año pasado.
Luis Miguel Pascual
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