En el Golfo Pérsico, donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, cada movimiento militar tiene una más que obvia importancia global. Un solo portaaviones de la clase Nimitz cuesta más de 4.000 millones de dólares y puede operar durante medio siglo, mientras que su ala aérea embarcada equivale en potencia a la fuerza aérea completa de muchos países. Moles como el USS Abraham Lincoln o el USS Gerald R. Ford concentran miles de tripulantes y centenares de aeronaves, si se quiere también, décadas de supremacía naval estadounidense. Sin embargo, en esa región acostumbrada a equilibrios frágiles, basta un cambio tecnológico o una nueva alianza para alterarlo todo.
Un pulso que deja de ser bilateral. El enfrentamiento entre Washington y Teherán ya no puede entenderse como un duelo directo con Rusia como único respaldo estratégico en la sombra. La concentración naval estadounidense frente a las costas iraníes, encabezada por los grupos de combate de los portaaviones USS Abraham Lincoln y USS Gerald R. Ford, parecía situar la presión en un marco clásico de disuasión marítima.
Sin embargo, el escenario ha mutado y de qué manera. El pulso de Washington a Irán ha entrado en otra dimensión. Ya no es solo Rusia sosteniendo al régimen iraní con drones o sistemas puntuales: China acaba de entrar de lleno apuntando directamente a los portaaviones estadounidenses, alterando el equilibrio psicológico y operativo de la crisis.
El misil que cambia la ecuación naval. Lo contaba en exclusiva Reuters. Irán está a punto de cerrar la compra del CM-302 chino, un misil de crucero antibuque supersónico con alcance cercano a los 290 kilómetros y diseñado para volar bajo y rápido, reduciendo el tiempo de reacción de las defensas navales.
Comercializado por la corporación estatal CASIC como “el mejor misil antibuque del mundo”, su mera integración en el arsenal iraní eleva la amenaza sobre las unidades de superficie estadounidenses desplegadas en el Golfo y el entorno regional. Ahora no se trata solo de una mejora técnica en un arsenal debilitado tras el conflicto con Israel, sino de un salto cualitativo: por primera vez en esta crisis, la capacidad de hundir o inutilizar un portaaviones estadounidense deja de ser una hipótesis remota y se convierte en una variable estratégica tangible.
China entra en el tablero del Golfo. Qué duda cabe, las negociaciones entre Pekín y Teherán no son improvisadas. Contaba el medio que llevan al menos dos años gestándose en reuniones internas, pero se aceleraron tras la guerra de doce días con Israel y han implicado numerosos viajes de altos cargos iraníes a China, incluido el viceministro de Defensa.
En paralelo, China ha respaldado políticamente a Irán frente a la reimposición de sanciones y ha intensificado su coordinación con Moscú y Teherán en ejercicios navales conjuntos. Tanto es así, que la posible transferencia del CM-302 desafía de facto el régimen de embargo y simboliza algo más profundo: la inédita voluntad de Pekín de proyectar poder en una región históricamente dominada por la Marina estadounidense. El mensaje implícito es bastante claro: si Washington presiona con sus portaaviones nucleares, China responde con misiles capaces de ponerlos en riesgo.
Rusia reconstruye la defensa iraní desde abajo. Lo contamos hace unos días. Mientras China apunta al mar, Rusia fortalece el cielo y el terreno. El acuerdo para suministrar helicópteros de ataque Mi-28NE y sistemas portátiles Verba forma parte de un paquete de rearme destinado a recomponer las capacidades iraníes tras la degradación sufrida frente a Israel.
Los Mi-28, optimizados para operaciones nocturnas y a baja altitud, dotan a Irán de una herramienta moderna para responder a incursiones terrestres, operaciones especiales o movimientos anfibios en el Golfo. Integrados con drones y misiles antitanque de precisión, amplían la densidad de amenaza en torno a infraestructuras estratégicas y posibles rutas de aproximación. No redefinen por sí solos el equilibrio regional, pero sí espesan la red defensiva que cualquier planificación del CENTCOM debe considerar.
De la disuasión clásica al riesgo multidimensional. En resumen, Estados Unidos despliega fuerzas con la intención de disuadir o preparar ataques prolongados si fracasan las negociaciones nucleares. Irán, por su parte, responde activando acuerdos militares con sus aliados y reconstruyendo capacidades perdidas. Lo que antes era una confrontación contenida entre Washington y Teherán, con Moscú como socio relevante pero indirecto, se transforma ahora en un triángulo estratégico donde China asume un papel activo y visible.
Si se quiere también, el Golfo deja de ser solo un escenario regional y pasa a ser un punto de fricción entre grandes potencias. La presencia de misiles supersónicos chinos que pueden amenazar directamente a los símbolos del poder naval estadounidense introduce una nueva geometría del riesgo: porque ya no se trata únicamente de resistir sanciones o de negociar límites nucleares, sino también de calcular hasta dónde puede escalar una crisis en la que el santo grial militar estadounidense, sus portaaviones, ya no parecen intocables.
Imagen | U.S. NAVY
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La noticia
El pulso de EEUU a Irán ha entrado en otra dimensión. Ya no es solo Rusia: China ha irrumpido apuntando directamente a sus portaaviones
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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