El Ciudadano
Mientras la inteligencia artificial se integra a una velocidad sin precedentes en la economía, la educación y la vida cotidiana, un grupo creciente de académicos, artistas, exingenieros, activistas y jóvenes decidió reunirse en Manhattan para plantear una pregunta incómoda: ¿y si el verdadero progreso consiste en desacelerar? Esa fue la premisa del Luddite Conference on Participatory Futures , celebrado el pasado 30 de junio en The New School como parte del festival Summer of Ludd , una semana de actividades repartidas por el East Village dedicada a cuestionar el poder de las grandes tecnológicas y explorar formas de recuperar espacios de convivencia alejados de las pantallas.
Lejos de la caricatura del «enemigo de la tecnología», el encuentro reivindicó el significado histórico del movimiento ludita. Los luditas ingleses de principios del siglo XIX no rechazaban las máquinas por sí mismas, sino un modelo económico que utilizaba la automatización para degradar las condiciones laborales y concentrar el poder en manos de los propietarios industriales. Esa lectura histórica sirvió como punto de partida para debatir los desafíos contemporáneos de la inteligencia artificial, la vigilancia digital y el dominio de las grandes plataformas tecnológicas.
Uno de los aspectos más llamativos del festival fue el protagonismo de la generación Z. Muchos asistentes crecieron rodeados de smartphones, redes sociales y algoritmos, pero ahora expresan un profundo cansancio hacia la hiperconectividad. Durante toda la semana se organizaron talleres sobre reparación de objetos, edición de fanzines, comunicaciones por radio de onda corta, encuentros para conocer gente sin aplicaciones de citas y representaciones teatrales sobre la historia del ludismo. Una de las normas más estrictas era precisamente evitar el uso del teléfono móvil durante las actividades . Incluso la difusión del programa se realizó mediante carteles impresos y folletos distribuidos en librerías y centros comunitarios.
El congreso abordó especialmente el papel de la inteligencia artificial. Entre los ponentes figuraron investigadores y activistas especializados en militarización de la IA, economía digital y gobernanza tecnológica, que analizaron cómo los sistemas generativos están transformando el empleo, la producción cultural y las infraestructuras públicas. Las discusiones no se centraron únicamente en los riesgos técnicos, sino también en cuestiones políticas: quién controla los datos, quién obtiene los beneficios económicos de la automatización y cómo evitar que la IA amplifique desigualdades ya existentes.
Más que una campaña contra los dispositivos electrónicos, el movimiento propone una crítica al modelo económico que sustenta internet contemporáneo. Los organizadores —que permanecieron en el anonimato y utilizaron un personaje de marioneta llamado «Gowanus» como portavoz— defendieron que la atención humana se ha convertido en un recurso explotado por plataformas cuyo negocio depende de maximizar el tiempo de permanencia y la extracción de datos personales . Según explicaron, su objetivo consiste en crear espacios donde las relaciones humanas no estén mediadas por algoritmos ni condicionadas por intereses comerciales.
Aunque algunos expertos consideran improbable que este tipo de iniciativas transformen de forma inmediata los hábitos digitales de la población, sí reconocen que reflejan un cambio cultural cada vez más visible. El auge de los teléfonos básicos, la creciente fatiga hacia las redes sociales, el interés por actividades analógicas y la desconfianza frente al despliegue acelerado de la inteligencia artificial forman parte de una misma corriente crítica que cuestiona la promesa de que toda innovación tecnológica implica necesariamente un progreso social.
En ese sentido, el Congreso Ludita de Nueva York representa algo más que una reunión de tecnófobos, como a menudo se presenta a este tipo de movimientos. Se trata de un laboratorio de ideas que intenta responder a una pregunta cada vez más relevante: cómo construir una sociedad en la que la tecnología siga siendo una herramienta al servicio de las personas, y no el marco que determine la forma en que trabajamos, nos relacionamos y pensamos . Quizá esa sea la principal paradoja del nuevo ludismo: sus participantes no aspiran a destruir las máquinas. Aspiran, más bien, a recuperar la capacidad de decidir cuándo utilizarlas y cuándo no.
La entrada El regreso de los luditas: El congreso que desafía a Silicon Valley desde el corazón de Nueva York se publicó primero en El Ciudadano.
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