
“Estamos a bordo de una especie de pastel de boda flotante que se desplaza muy lentamente por el mar”. Así es como describió David Foster Wallace, el escritor de La broma infinita y Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (ensayo al que pertenece la cita), su experiencia de siete días a bordo de un crucero de lujo por el Caribe. Lo que se publicita como unos días de disfrute y relajación (una semana de Absolutamente Nada, escribiría Wallace) se convirtió para el estadounidense en una postal de terror.
Antes que Wallace, muchos otros han escrito sobre cómo se desarrolla la vida en un barco, desde Robert Louis Stevenson con su mítica La Isla del Tesoro hasta la genial Agatha Christie. Sin embargo, en rara ocasión se trata uno de los aspectos que más pueden marcar la travesía: el brote de una enfermedad.
La agenda mediática de estos días está atravesada por el brote de hantavirus producido en el crucero MV Hondius, que ha dejado ya tres muertos y varios contagiados, a la espera de más resultados de laboratorio. La embarcación, que partió el 20 de marzo desde Ushuaia (Argentina) con destino a Canarias, llegará al puerto de Granadilla de Abona (Tenerife) en la madrugada de este sábado al domingo.
Poco podrían imaginar pasajeros y tripulación de esta embarcación con bandera neerlandesa que su viaje por el Atlántico estaría marcado por una enfermedad infecciosa potencialmente letal. La variante americana del hantavirus, en especial la cepa de los Andes que se ha confirmado que es la responsable del brote, es más peligrosa que la endémica europea y asiática, porque ataca al corazón y los pulmones y su tasa de mortalidad oscila entre el 35% y el 50%.
Sin embargo, la crisis sanitaria ocurrida a bordo de este crucero de lujo no es un caso excepcional. La literatura científica recoge varios episodios en los que estas grandes embarcaciones diseñadas para el disfrute se han convertido en foco de enfermedades infecciosas. La pregunta que surge entonces salta casi de forma automática: ¿son los cruceros lugares propensos a la aparición de brotes?

En 2014, un equipo de investigadores italianos llevó a cabo una revisión científica en la que recopilaron hasta 127 casos de brotes de norovirus ocurridos en cruceros entre 1990 y 2013. La mayoría de las infecciones estaban relacionadas con alimentos o superficies contaminadas y la transmisión de persona a persona. Los norovirus son la principal causa de gastroenteritis viral aguda en humanos a nivel mundial.
Uno de los casos más sonados de brotes de enfermedades infecciosas en cruceros tuvo lugar en 2020 durante la pandemia del coronavirus. En febrero de ese mismo año, 696 pasajeros del Diamond Princess se contagiaron de COVID-19, lo que provocó la implantación de una cuarentena en el puerto de Yokohama (Japón) a las 3.711 personas que viajaban a bordo. La tasa de positividad del navío fue cercana al 18%.
En un artículo publicado recientemente en The Conversation, el investigador Vikram Niranjan de la Universidad de Limerick (Irlanda) apuntaba a los cruceros como un lugar propenso a la aparición de enfermedades infecciosas y señalaba al bufé libre como principal fuente de contagio. “Compartir utensilios y que muchas personas toquen las mismas superficies puede facilitar la propagación de virus estomacales”, declaraba a este medio. Según el experto, el propio diseño del barco facilita la propagación de patógenos como el norovirus, el coronavirus o la legionela, una bacteria cuya infección también se ha documentado en cruceros debido a sistemas de agua de jacuzzis y piscinas mal mantenidos. El bufé libre, los pasillos estrechos y los espacios cerrados componen un cóctel que facilita la propagación del virus.

La edad de los pasajeros también puede influir a la hora de contraer una infección, aclara el experto. De hecho, los cruceros son viajes especialmente populares en la población adulta. Según un informe de la Association of British Travel Agent (ABTA), el grupo de edad que más opta por este tipo de vacaciones es el tramo de los 60 a 69 años (19%).
Pese a que los cruceros cuentan con lo que podríamos llamar factores de riesgo para contagiarse de un virus, “esto no significa que sean agujeros negros sanitarios”, recalca, en una entrevista con Infobae, el doctor Pello Latasa, vicepresidente de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) y responsable de Vigilancia en Salud Pública del Departamento de Salud del Gobierno Vasco. “No hace falta señalar al bufé. Los cruceros son espacios cerrados donde la misma gente convive mucho tiempo de manera muy estrecha, como pasa en otros sitios cerrados, como un convento, un cuartel donde viven militares o un colegio internado”.
Para el doctor Latasa, el problema no se encontraría en el bufé concreto o en el agua del jacuzzi, sino en que “son simplemente espacios cerrados donde aumenta la probabilidad de contacto entre personas y las cosas que pueden hacer de intermediario” del patógeno.
Las autoridades sanitarias, conscientes de que estas condiciones de “hacinamiento” (si acaso es correcto emplear este término para hablar de estos pasteles de boda gigantes de los que hablaba David Foster Wallace) del barco aumentan el riesgo de infección, han creado herramientas y protocolos ex profeso para minimizar el peligro a bordo.
Proyectos de la Comisión Europea como el Healthy Gateways trabajan desde hace años para que cruceros, puertos y aeropuertos sean sitios seguros. “Este tipo de iniciativas no solamente incluye la transmisión de enfermedades, sino también la gestión de residuos, la desinfección, la desratización y la desinsectación”, entre otras. Este mismo protocolo respaldado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) es uno de los que se han puesto en marcha ante la crisis del hantavirus. “Sin el papel de la OMS y de la Comisión Europea es prácticamente imposible gestionar este tipo de situaciones”, concluye el doctor Latasa, que recuerda que “la salud pública y la epidemiología necesitan recursos y financiación estable”.
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