El Ciudadano
Del cuju y el juego de pelota mesoamericano hasta el fútbol actual, este deporte ha despertado pasiones que trascienden el terreno de juego.
Hace más de dos mil años, en la antigua China, el cuju era mucho más que un simple pasatiempo. Se practicaba como entrenamiento militar, ejercicio físico y entretenimiento cortesano. Con un balón de cuero, primero relleno de plumas o pelo y más tarde inflado con una vejiga de animal, los jugadores debían introducirlo en una portería elevada sin utilizar las manos, poniendo a prueba su destreza, estrategia y precisión. Reconocido por la FIFA como uno de los antecedentes del fútbol moderno, el cuju acompañó a la civilización china durante siglos y conquistó por igual a soldados, eruditos y emperadores.
Al otro lado del océano, en las tierras de Mesoamérica, olmecas, mayas y otros pueblos desarrollaron su propio juego de pelota. Para ellos, la cancha simbolizaba el universo; la pelota de caucho representaba los astros, y el partido evocaba el equilibrio entre las fuerzas de la vida y la muerte. Los jugadores impulsaban la pesada esfera principalmente con las caderas, aunque también utilizaban los codos y las rodillas, en un juego que combinaba habilidad física, simbolismo religioso y prestigio político. Más que una competencia deportiva, era una ceremonia profundamente ligada a su cosmovisión.
Aunque separados por miles de kilómetros y sin ningún contacto entre sí, ambos legados comparten una misma esencia: el deseo humano de competir, celebrar y expresar su identidad a través de un balón.
Esa pasión ancestral ha evolucionado hasta convertirse en el fútbol contemporáneo, el deporte que hoy une al mundo cada cuatro años. Ya no hay canchas ceremoniales ni porterías elevadas, pero los estadios se han convertido en los nuevos templos del deporte; las tribunas, en escenarios donde millones de personas cantan al unísono; y el balón, ahora fabricado con materiales de alta tecnología, sigue despertando la misma emoción que hace siglos.
El Mundial de 2026 vive su momento más apasionante. Las mejores selecciones del planeta se preparan para los duelos decisivos. Pero más allá de la táctica y la técnica, el fútbol es también un lenguaje universal: cada partido es un encuentro entre culturas, cada gol tiende un puente entre pueblos.
En las calles de Río de Janeiro, en los bares de Madrid, en las plazas de Ciudad de México o en los parques de Shanghái, millones de aficionados comparten la misma emoción, como si durante noventa minutos el mundo entero respirara al mismo ritmo.
Mientras tanto, Baize y sus amigos entonan sus canciones con entusiasmo, contagiando la pasión por el fútbol en cada rincón. No importa el idioma ni el lugar de origen: el ritmo de sus palmas y el eco de sus voces recuerdan que, desde el antiguo cuju hasta el videoarbitraje, lo que nunca ha cambiado es la capacidad del fútbol para reunir a las personas y hacerlas soñar juntas.
Porque, al fin y al cabo, el fútbol es el heredero de aquellos antiguos juegos con balón: cambian las reglas, cambian los escenarios y cambia la tecnología, pero permanece intacta la emoción que hace que, cada vez que el balón empieza a rodar, todo parezca posible.
¡Go, go, go! ¡Vamos ya!
CGTN Español
La entrada El Rollo Pintado de Baize: ¡Vamos ya! se publicó primero en El Ciudadano.
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