En muchos líderes, la virtud y el vicio habitan el mismo espacio, forman parte de un mismo rasgo dominante que toma una forma o la otra según cómo se presente. Por ejemplo, aquellos inclinados a los acuerdos, pueden representar la virtud de la unidad o el vicio de la tibieza en distintas circunstancias. En estas pocas semanas de gobierno, el Presidente Kast ha dado muestras de que ese rasgo puede ser su sentido de misión, uno de tipo patriótico cuyo norte es recuperar el sentido de responsabilidad en el país. La mayor parte de sus decisiones parecen prestar poca atención al cálculo político o estimaciones de popularidad. Es perfectamente consciente de esas consecuencias, pero las subordina a lo que en su mente debe resonar como deber.
Así puede entenderse su decisión de permitir la histórica alza en el precio de los combustibles, pero también su idea de fortalecer los mecanismos de cobro del CAE o el despido de una directora de servicio en pleno tratamiento de cáncer. En la lógica del Presidente parece pesar tanto el factor económico o de gestión, como el principio implícito en cada uno de estos casos: no sería responsable gozar de subsidios que no se pueden financiar, que alguien incumpla sus obligaciones financieras o que una funcionaria conserve su cargo por una condición distinta al mérito. Este principio, que atraviesa varias de sus mas notorias decisiones, lo retrata como alguien poco dispuesto a relativizar su posición frente a lo que le parece correcto.
Si el Presidente se va a mantener en este camino (ha dicho que no va a “retroceder”), tendrá que sacar lecciones tempranas que transformen este rasgo en una virtud, partiendo por evitar el vicio que trae aparejado, que es la rigidez. En este sentido, por ejemplo, debiera pensar dos veces antes de impulsar una iniciativa como “Chao Préstamo”, que enredaría su relación con una centroderecha que, hasta ahora, ha puesto un precio bajo a su lealtad. Sería un error que confundiera el deber con un intento porfiado de implementar todo su programa. Esto conduce al aislamiento, una apuesta temeraria que normalmente termina en algo parecido a una condena política. Pero, sobre todo, no debe transformarse en un portador de malas noticias. La terapia de shock de Milei, alguien a quien Kast observa, fue sin dudas arriesgada, pero el Presidente argentino apostó a que la ciudadanía confiaría al ver algo concreto, como han sido las importantes caídas en la inflación.
Una cosa es estar dispuesto al costo de las medidas impopulares, otra es convencerse de que ese rol es su destino. Todo anuncio de medidas que alteren la vida de las personas, o que amenacen con mostrarlo insensible a sus padecimientos, debiera considerar mucha comunicación de contexto (ex ante) y una importante dosis de esperanza realista (ex post), que mejore la probabilidad de que la sociedad sintonice con su sentido de la responsabilidad, rasgo que asoma como la base de su misión.
Por Rafael Sousa, socio en ICC Crisis, profesor de la Facultad de Comunicación y Letras UDP
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