Para que nos hagamos una idea, un portaaviones nuclear puede generar electricidad suficiente para abastecer a una ciudad pequeña y albergar a miles de personas durante meses sin tocar tierra. En su interior hay desde panaderías hasta hospitales, pero también sistemas que funcionan sin descanso y que, si fallan, pueden alterar por completo la vida a bordo.
Por ejemplo, un pequeño fuego puede convertirse en una pesadilla.
El límite de un superportaaviones. El USS Gerald R. Ford, el portaaviones nuclear más avanzado y costoso de Estados Unidos, está diseñado para operar como una ciudad flotante capaz de sostener operaciones aéreas continuas durante meses.
Su despliegue prolongado, que ya roza cifras récord tras casi diez meses en el mar, refleja también la presión operativa creciente en la guerra con Irán. Ese ritmo extremo ha llevado al buque a encadenar misiones sin apenas margen de mantenimiento, acumulando desgaste tanto en sus sistemas como en su tripulación.
Lo que revela un incendio menor. El incidente que lo ha desencadenado todo comenzó en un lugar aparentemente secundario: la lavandería del barco. Según el New York Times, un fallo en un secador o la acumulación de residuos provocó un fuego que se extendió y obligó a una intervención que ya dura más de 30 horas.
En un entorno cerrado y altamente inflamable como un portaaviones, incluso estos incidentes cotidianos se convierten en amenazas críticas. El hecho de que se contuviera sin afectar a sistemas clave demuestra la preparación de la tripulación, pero también evidencia lo delicado del equilibrio operativo en estas moles flotantes.
Centenares en el suelo. Ocurre que la consecuencia más impactante no ha sido técnica, sino humana, porque más de 600 marines y miembros de la tripulación han perdido sus camas tras el incendio. Desde entonces, la mayoría están durmiendo en el suelo o sobre mesas improvisadas, todo ello en plena operación militar activa en la guerra con Irán.
Si se quiere, la imagen de las tropas durmiendo en el suelo rompe con la idea de invulnerabilidad tecnológica y muestra la realidad cotidiana del combate sostenido. Un fallo en un sistema auxiliar termina afectando directamente al descanso, la moral y la capacidad operativa de cientos de efectivos.
Fatiga, desgaste y el límite invisible. El episodio encaja en un contexto más amplio de fatiga acumulada tras meses de despliegue continuo. De hecho, contaba el Times que problemas previos en sistemas básicos como sanitarios o mantenimiento aplazado ya apuntaban a un desgaste progresivo.
Muchos expertos advierten que estos fallos suelen aparecer primero en servicios cotidianos, no tanto en sistemas de combate. Cuando estos incidentes empiezan a encadenarse, normalmente indican que tanto la tripulación como la estructura del buque están siendo llevadas al límite.
La fragilidad de los “gigantes del mar”. Lo cierto es que la historia de los portaaviones ha estado plagada de episodios que demuestran que incluso estas plataformas pueden verse comprometidas en situaciones críticas: en 1967, un cohete disparado accidentalmente provocó un incendio brutal en el USS Forrestal frente a Vietnam, causando 134 muertos y obligando a replantear los protocolos de seguridad. Dos años después, en 1969, el USS Enterprise sufrió otra explosión en cubierta por la detonación de munición expuesta al calor de los reactores, con 27 fallecidos y graves daños.
En el nuevo milenio, en 2008, el USS George Washington quedó fuera de servicio durante meses tras un incendio originado por un simple cigarrillo mal apagado que causó pérdidas millonarias, y más recientemente, en 2020, el USS Bonhomme Richard ardió durante días en San Diego hasta quedar inservible y ser retirado definitivamente, todo por un incendio que evidenció fallos en la supervisión y respuesta inicial. Casos ampliamente documentados que reflejan que más allá de su potencia militar, los portaaviones siguen siendo entornos extremadamente vulnerables donde pequeños errores o incidentes pueden escalar rápidamente en crisis de gran magnitud.
La paradoja de la guerra moderna. Sea como fuere, el caso del Ford revela una contradicción clave: el que una de las máquinas de guerra más avanzadas del planeta puede lanzar aviones sin descanso, pero también sigue dependiendo de miles de rutinas humanas y sistemas básicos que no pueden fallar.
Si se quiere también, la guerra moderna no solo exige potencia tecnológica, también resistencia sostenida. Y es precisamente en esos detalles cotidianos donde empiezan a aparecer las grietas de un esfuerzo prolongado.
Imagen | US Navy
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La noticia
El superportaaviones nuclear de EEUU tiene un problema gordo: sus marines están durmiendo en el suelo en medio de la guerra con Irán
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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