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El trabajo en tiempos de máquinas

El debate sobre el futuro del empleo frente a la inteligencia artificial (IA) básicamente se ordena en tres bandos. Los optimistas confían en que, como con la mecanización o la computación, la tecnología complementará el trabajo humano, elevará la productividad y creará ocupaciones que hoy no imaginamos. Los pesimistas invocan la “pausa de Engels” —esas décadas de la Revolución Industrial en que la productividad crecía y los salarios reales no— y advierten que la transición será larga y dolorosa. Por último, están los catastrofistas que temen al destino y no solo al camino. Para ellos, la IA reemplazará la cognición humana y la robótica dará ese mismo salto al mundo físico. Es decir, estas nuevas tecnologías vendrían a reemplazar y no a complementar el trabajo humano. Para los catastrofistas, el trabajador promedio será prescindible, similar a los caballos al aparecer los vehículos motorizados.

Si bien la evidencia disponible a la fecha no muestra aún efectos generalizados, sí hay algunas señales que debieran preocuparnos. Hay evidencia de deterioro del mercado laboral de los recién graduados en carreras más expuestas a la IA lo que podría constituir una señal temprana de lo que vendrá.

Si bien hasta ahora ninguna tecnología se ha difundido lo bastante rápido como para dejar a grandes masas sin trabajo por largo tiempo, ello no significa que no pueda ocurrir, especialmente si tomamos en cuenta que la velocidad de expansión de esta ola es inédita.

Cada diagnóstico tiene su agenda de política pública. Los optimistas empujan capacitación y menos fricciones regulatorias; por ejemplo, en Singapur se entregan créditos y una asignación mensual para que los mayores de 40 se reconviertan. Los pesimistas proponen gravar la automatización buscando redistribuir parte de las ganancias asociadas a la adopción de las nuevas tecnologías entre quienes sean desplazados; por ejemplo, en Corea del Sur se redujeron los créditos tributarios a la inversión en automatización. Los catastrofistas, por su parte, proponen rentas básicas universales financiadas con fondos públicos o con impuestos a las utilidades de la IA como la solución a los conflictos sociales que surgirán debido a la pérdida masiva de empleo.

No parece conveniente caer ni en el pánico ni en la complacencia. Sin duda debemos prepararnos para amortiguar la transición con una buena política de capacitación y aumentar la competitividad del trabajo humano con medidas como incrementar la flexibilidad laboral, promover la polifuncionalidad y la indemnización a todo evento. Pero también será necesario definir qué evidencia obligaría a cambiar el diagnóstico: productividad al alza con salarios reales estancados, pérdidas de empleo simultáneas en muchas industrias y no en oficios puntuales; también habrá que observar atentamente qué empleos purgará la próxima recesión, especialmente en Estados Unidos. Para esto se debiese crear un observatorio de exposición a la IA que oriente los pasos a seguir.

Si dicho observatorio constata una afectación generalizada del empleo, el principio orientador debiese ser proteger personas y no puestos de trabajo. Políticas que suavicen la caída de ingresos y acompañen con capacitación, pero que no impidan ni dificulten la reasignación de recursos. Flexibilidad a cambio de seguridad, no en vez de ella.

La ventana para discutir estas políticas con calma es ahora, precisamente porque el apocalipsis laboral no ha llegado. Ojalá no llegue. Pero conviene preparar la red antes del salto.

*La autora de columna es directora de evidencia de Pivotes

Agosto 26, 2026 • 3 horas atrás por: LaTercera.com 31 visitas 2417058

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