
Por Felipe De Larraechea, Maratonista y Socio de Sporthub.
Pregúntele a cualquiera cuál es el deporte rey y la respuesta aparecerá con naturalidad. El fútbol se ha convertido en una pieza central de nuestra cultura: por causa o efecto, mueve pasiones e industrias, sueños y sponsors, política y música. Este año, además, el Mundial vuelve a activar la liturgia y la vigencia del denominado rey.
Como ocurre con todas las certezas demasiado asentadas, vale la pena detenerse un momento y preguntarse quién pone la corona y con qué criterios se asigna el reinado. Basta mirar con un poco de atención para advertir algo que comparten el fútbol, el tenis, el básquetbol y tantos otros deportes, más allá del balón o la cancha: todos descansan en el mismo gesto básico. Los deportistas corren. Cada pase, cada marca, cada desborde nace de piernas que empujan el cuerpo hacia adelante. Bajo la épica del gol, hay kilómetros recorridos. Mucho más de los que sospechamos.
Antes de que existiera el deporte como institución, el ser humano ya corría. Corrió para alcanzar, para huir, para llegar primero, para no quedarse atrás. Corrió para vivir. En ese gesto primario, casi animal y profundamente humano, hay una memoria que ningún espectáculo puede reemplazar.
Y seguimos corriendo. Solos o acompañados, en silencio o con público, y cada vez convocando a más personas, ya que estimaciones cruzadas entre datos de la OMS y otras organizaciones deportivas calculan en más de 620 millones de corredores activos en el mundo, que día a día ocupan el espacio público para consolidar sus fines deportivos.
Las maratones de las grandes ciudades del mundo son, por ejemplo, eventos singulares, donde el protagonismo se reparte: corren los runners, corre la ciudad, corre también el aliento de miles de personas que se vuelcan a las calles para acompañar y vitorear a desconocidos. Al finalizar, no celebran tanto la victoria de un corredor, como el esfuerzo y la experiencia compartida, en comunidad.
El running es algo radicalmente libre: si quieres, corres. No exige gran equipamiento, ni demasiado aprendizaje previo. La técnica y la especificidad vienen después. Al comienzo basta el cuerpo y el impulso. De noche o de día, en el campo o en la ciudad, en un parque o por las veredas, un pie delante de otro, de eso se trata.
En una cultura que celebra el podio y la medalla, esta práctica cotidiana puede parecer menor, incluso deslavazada. Pero quizás ahí radique otra forma de legitimidad. No la del que gana, sino la del que persiste. Tal vez, entonces, la pregunta por el deporte rey no admita una sola respuesta. Y tal vez, al pensar en cómo apoyar el deporte de base, convenga mirar menos al trono y más a ese gesto simple y antiguo que seguimos repitiendo: correr.
La entrada El (verdadero) deporte rey se publicó primero en El Periodista.
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