Se constató una “clase política” deteriorada que debió recurrir a la dispersión electoral para “captar” votos. Se registraron 35 opciones presidenciales, cifra sin parangón en la historia del Perú y en América Latina. La inmensa mayoría de “candidatos” alcanzó entre el 1 y el 3% de los votos. Que los candidatos que pasen a segunda vuelta lo hagan orillando un 15%, muestra la precariedad de las figuras que han venido representando al país. Un elemento que fluye fue la distancia que separa a la capital del resto del país. Una es la opinión de Lima, y otra la del Perú real, el mundo provinciano y rural. Objetivamente se impuso el lenguaje tremendista y violento. Ganó espacio el discurso represivo y autoritario.
Gustavo Espinoza M. Periodista. Lima. 15/4/2026. Bien podría decirse que el prolongado proceso electoral peruano iniciado el 12 de abril y cuyos resultados aún no se conocen plenamente, tuvo la virtud de mostrar de manera gráfica el verdadero rostro del país. Fue, en efecto un espejo del Perú y lo mostró con una crudeza pocas veces registrada en el escenario nacional
¿Cuáles han sido los principales rasgos puestos en evidencia en esta circunstancia? Veamos:
En primer lugar, una “clase política” muy deteriorada que debió recurrir a la dispersión electoral para “captar” votos, dado que los actores principales del proceso carecen realmente de respaldo ciudadano. Se registraron, por eso, 35 opciones presidenciales, cifra sin parangón en la historia del Perú y sin comparación en América Latina.
La inmensa mayoría de estos “candidatos” alcanzaron entre el 1 y el 3% de los votos, lo que confirma la orfandad en la que surgieron y se promovieron a costa, apenas del dinero público y privado de entes interesados en alentar la dispersión.
El que los candidatos que pasen a una segunda vuelta electoral lo hagan orillando un promedio del 15% de votos, muestra la precariedad real de las figuras que han venido representando al país en las últimas décadas, y más precisamente desde los años 90 del siglo pasado. Nadie -ni persona ni partido- es capaz de aglutinar por sí solo la voluntad popular. Nadie puede cautivar multitudes ni ganar voluntades. Todos asoman como pequeñas expresiones de una crisis política que no tiene salida en los términos de la dominación capitalista.
El segundo elemento que debe subrayarse es un hecho muy importante: estos comicios han servido para limpiar el escenario nacional barriendo parte de la Mafia oscura que tiene acogotado al país. En efecto, César Acuña, José Luna, la camarilla dirigente del APRA, el núcleo de Acción Popular, “Somos Perú” y capillas menudas como las de los vicealmirantes Cueto y Montoya, o gentes como Cavero o Tudela han sido simplemente borrados por el electorado peruano en una acción profiláctica encomiable. Pero más aún, otros “alto mandos” como los generales José Williams Zapata, Roberto Chiabra, Wolfang Grosso y otros, no lograron entusiasmar a nadie con sus discursos cargados de odio y violencia.
El caso de “Perú Libre” merece otra reflexión. Se trata de un partido que se proclama revolucionario y, aún más, se dice “marxista-leninista-mariateguista” y que asume revindicar el socialismo. Objetivamente ha sufrido una muy dura derrota. Es verdad, como sostiene Vladimir Cerrón, que ha perdido en un partido en el que no le permitieron entrar en la cancha, pero es verdad también que sumó un accionar extraordinariamente errático desde el 2021 hasta la fecha. Su peor aporte fue pactar con la Mafia, y en particular con el fujimorismo, al que le dio el control absoluto de los órganos del Estado como el Tribunal Constitucional y la Junta Nacional de Justicia, la Fiscalía de la Nación y hasta le facilitó todas sus truhanerías a lo largo de los años, a cambio de prebendas de orden personal y familiar.
Por lo demás, escindió gravemente al movimiento popular considerando el “enemigo principal” del pueblo peruano a sectores progresista, a los que denominó “caviares” con la complacencia de la reacción. Esa política de confusión ayudó objetivamente a la clase dominante a quebrar cualquier resistencia a su político antinacional y anti obrera.
El tercer elemento que fluye del escenario que comentamos, fue la distancia que separa a la capital del resto del país. Una es la opinión de Lima, y otra la del Perú real, el mundo provinciano y rural, que no sólo asoma diferente, sino sobre todo contestatario y contrapuesto a la expresión formal del Perú Republicano. Aunque en Lima tampoco han sido altos los niveles de votación avanzados por unos u otros, si han tenido un signo distinto. En Lima se ha impuesto “la derecha”, y en la gran mayoría del interior del país, ha ganado “la izquierda”.
Sobre todo, el sur andino, la sierra central y la costa septentrional del país ha votado mayoritariamente por los partidos y movimientos de corte progresista y liberador, en tanto que en la antigua capital del virreinato ha primado la adhesión a las fuerzas empeñadas en perpetuar el “modelo” de dominación que hoy padecen los peruanos.
El cuarto elemento de esta crisis se perfila a partir del tipo de lenguaje usado por los candidatos. Objetivamente se impuso el lenguaje tremendista y violento. Ganó espacio el discurso represivo y autoritario. Y logró mayor receptividad quien propuso implantar la pena de muerte, construir nuevas cárceles, aplicar la cadena perpetua, crear campos de concentración en la selva y privar a los actuales reclusos de alimentos, vestidos y visitas.
Y claro, todo eso, en medio de la burla a los derechos humanos, a la justicia plena, a las garantías individuales y a las libertades ciudadanas. En otras palabras, ganaron la batalla los portavoces del terror, en tanto que quedaron completamente a la defensiva los que tuvieron -aunque no plantearon- una salida democrática y popular a la crisis. Fue casi una competencia de propuesta de ese corte, que llevó a alguno a demandar la creación de Tribunales Especiales, jueces sin rostro, condenas a muerte hasta sin “el debido proceso”. En el extremo. desde “la izquierda” se propuso crear un “Comando de aniquilamientos” para acabar con los delincuentes,
No se trataba de acabar con la miseria, ni el atraso, la ignorancia, la enfermedad o el analfabetismo; ni terminar con la mala educación, ni la precariedad en la salud, ni con la escasez de vivienda, o de empleo, con la informalidad o con la violación de los derechos laborales. No. Eso, estuvo ausente. El tema era acabar con los delincuentes.
La sociedad punitiva y carcelera tomó el mando de las propuestas en los debates, sin que hubiese fuerza alguna capaz de colocar las cosas en su verdadero lugar: el drama del Perú es la dependencia y el subdesarrollo, el sometimiento al gran capital, la fuga de sus recursos naturales y la precariedad de la educación y la salud, la falta de empleo y la exigua atención a la mano de obra y a la promoción de nuevas generaciones de peruanos que “patean latas” sin encontrarte ocupación alguna.
Y deplorable fue ausencia total de una definición en materia de política internacional. Pese a que la Constitución establece que la política exterior la dirige el Presidente de la República, los candidatos a este puesto eludieron definirse en la materia por no chocar con las posiciones de la clase dominante y el imperialismo. No obstante, la gravísima crisis regional que vive América Latina estuvo ausente. El miedo hizo que no se hablara de Cuba ni de Venezuela, que se callara en todos los idiomas respecto a las bravuconadas de Donald Trump en el escenario mundial. Fue solo el miedo “a perder votos” lo que silenció una definición que lucía indispensable.
Y el quintó rasgo que asomó trágicamente fue el de la división de las fuerzas progresistas o de “izquierda”, que levantaron hasta cuatro fórmulas presidenciales contando a Perú Libre, pero cuya votación de base se extendió hasta otros segmentos más bien “moderados” o de “centro” como Jorge Nieto o Ricardo Belmont, que asomaron puntualmente en un escenario confuso y desorientado.
Esa fuerza unida bien podría haber arribado en la primera ronda electoral a un 30% de los votos, ganando largamente a cualquier candidato de la derecha. Y consolidado en esa unidad podría fácilmente llegar a un 50% y ofrecer un cambio real al país. Esta vez no fueron diferencias políticas ni ideológicas las que separaron a unos de otros. Ni siquiera partidistas. Simplemente personales, vinculadas a objetivos individuales de quienes querían alcanzar un puesto en las listas presidenciales o parlamentarias para “avanzar” en objetivos propios. Aunque algunos lo hayan logrado en el plano individual, en muy poco tiempo los trabajadores podrán comprobar que también esta vez fueron engañados.
Todo indica, finalmente, que los resultados electorales arrojan una victoria precaria de Keiko Fujimori con algo más del 16% de los votos y un segundo lugar para Roberto Sánchez con un 12%. Podría ocurrir incluso que Nieto pase al tercer lugar y Porky quede cuarto. Eso abrirá la compuerta para una confrontación mayor. De ello, nos ocuparemos después.
La entrada Elecciones. El retrato del Perú se publicó primero en El Siglo.
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