Podemos colgar el cartel que reza eso de "0 días sin recordar que el cine, independientemente de su género o aspiraciones, es política". A pesar de que no exista una intención explícita de emitir un discurso por parte de un realizador, las simples eleccines de giros dramáticos, de reacciones de personajes frente a sus conflictos o de subtextos —que, en ocasiones, aparecen de forma natural durante el visionado sin ser premeditados—, constituyen declaraciones políticas por sí mismas.
Si estoy hablando sobre esto una vez más —y las que quedan— no es por 'Torrente presidente', sino por un estreno mucho menos mediático que el del taquillazo de Santiago Segura. Este es el de 'Elegir mi vida', el debut en el largometraje de Amélie Boninin en el que la cineasta gala adapta su propio cortometraje 'Partir un jour' y que dio el pistoletazo de salida a la última edición del Festival de Cannes como película inaugural.
En líneas generales, podríamos llegar fácilmente a la conclusión de que nos encontramos ante un crowd pleaser de manual. Una de esas obras diseñadas para dejar el corazón calentito al público con un cóctel de drama, comedia, romance y cierto poso familiar perfectamente medido que, en esta ocasión, llega aderezado con un sorprendentemente bien integrado componente musical a golpe de hitos pop francófonos.
Si tuviésemos que escoger un solo término para definir 'Elegir mi vida', ese sería "corrección" —algo que no se extiende únicamente a lo estrictamente cinematográfico, como explicaré más adelante—. Formalmente es impecable, aunque sin alardes; dramáticamente sabe tocar las teclas adecuadas para emocionar, pero sin caer en los siempre temidos excesos; y musicalmente acierta al contar con una sola voz profesional, proyectada por la cantante reconvertida a actriz Juliette Armanet, que brilla sobre sus compañeros de reparto sin demasiado esfuerzo.
Pero cuando esta trillada historia sobre sueños imposibles, retornos al nido y amores adolescentes revividos parece pasar sin pena ni gloria, comienza a filtrar entre su ajustado metraje lo que aparenta ser un discurso antiabortista no tan velado, la ilusión se rompe, la ficción pasa a un segundo término y las relecturas de escenas comienzan a estar a la orden del día. El resultado es una experiencia de lo más incómoda y confusa a partes iguales.
Si utilizo la palabra "aparenta" es porque Bonnin y el guionista Dimitri Lucas no se mojan en absoluto a la hora de manifestar una postura clara sobre el debate interno de la protagonista, evitando cerrar el tercer acto con una respuesta clara en un irritante ejercicio de bienquedismo —por no decir cobardía— fílmico. Después de todo, no cabe duda de que está bien intentar agradar al público, pero siempre teniendo en cuenta que nunca va a llover a gusto de todos.
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'Elegir mi vida' demuestra que todo el cine es política con una estimable feel good movie defenestrada por su irritante bienquedismo
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Víctor López G.
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