Cientos de miles de años de evolución han convertido a los humanos modernos en unas máquinas perfectas en algo: distraernos. No importa dónde, cuando ni cómo estés, si te acompañan o estás solo, si esperas en la cola de la carnicería o tienes un libro delante, lo más probable es que tu atención acabe dispersándose por cualquier chorrada. Quizás el vuelo de una mosca. Tal vez ese sonido que acabas de escuchar en el cuarto de al lado o una mancha en la pared.
Ocurre hoy y ocurría hace un siglo, cuando un inventor amante de la ciencia ficción diseñó la máquina definitiva para acabar con las distracciones. Su patente es de 1925, pero aborda un tema de candente actualidad: la procrastinación.
La guerra de las guerras. Desde que el hombre es hombre hace do cosas, ambas de maravilla: se distrae y procrastina. Hace ya casi 2.000 años Séneca nos advertía sobre los riesgos de desperdiciar nuestro tiempo y sabemos por ejemplo que las distracciones eran una de las grandes preocupaciones de los monjes de la Edad Media. Alguno incluso llegó a pensar que si nuestras mentes se dispersan es por el influjo de los diablos. En 2026 las cosas no son muy distintas.
Llega una búsqueda rápida en Google para encontrar una amplia (amplísima) lista de guías y vídeos con consejos sobre cómo centrarnos y dejar de posponer tareas. Y es comprensible. Al fin y al cabo los móviles, las redes sociales y demás invenciones de la tecnología moderna nos hacen la vida más más fácil, pero han ido limando nuestra capacidad para centrarnos. Incluso la ciencia ha constatado que estamos perdiendo capacidad para focalizarnos entre tantos estímulos.
¿Y cómo lo solucionamos? Los humanos no solo llevamos siglos y siglos distrayéndonos. También llevamos tiempo buscando formas de evitar ese molesto vagar de los pensamientos. De todas las soluciones que se han dado al problema tal vez la más asombrosa (y estrambótica) es la propuesta hace justo un siglo por Hugo Gernsbakc, un imaginativo inventor luxemburgués-estadounidense.
Su nombre quizás te suene porque, además de registrar patentes de inventos y trabajar en la industria de la electrónica, Gernsback destacó en otro campo: el editorial. A lo largo de su vida impulsó varias revistas centradas en la tecnología (Radio News), pero también brilló en la ciencia ficción. A él le debemos Amazon Stories, un hito del género. Su contribución en el campo fue tan importante que se le considera uno de los padres de la ciencia ficción (con permiso de Verne y H.G. Wells) y cada año se le homenajea a través de los Premios Hugo.
Sumando facetas. Hace un siglo Gernsback combinó esa doble faceta, su ingenio técnico e imaginación desbordante, para lanzar una propuesta a través de las páginas de Science and Invention, una revista especializada en tecnología. En su número de julio de 1925 el inventor, editor y novelista presentó una creación que bautizó como 'The Isolator'. El nombre resulta llamativo de por sí, pero palidece en comparación con las fotografías que ilustran el reportaje.
En ellas se muestra a Gernsback trabajando en su despacho con la cabeza metida en una gigantesca escafandra, un casco alargado con dos pequeñas aperturas para los ojos y un tubo que lo conecta a una bombona de oxígeno. Su propósito: sumir a quien la llevaba en un aislamiento absoluto, un estado ideal para centrarse.
Cuando no llega el silencio. Gernsback llegó a una conclusión muy simple: a veces no es suficiente encerrarse en una habitación sin ruidos para concentrarse. Incluso así nos arriesgamos a que nuestra mente se deje llevar por el vuelo de una mosca o empiece a divagar tras ver una mancha en la mesa. La forma de evitarlo, concluyó, era eliminar todas esas influencias "de un solo golpe". ¿Cómo? Con un casco preparado para suprimir los ruidos y estímulos visuales innecesarios.
Para lo primero, los ruidos, Gernsback decidió apostar por un casco robusto de varias capas. Su primer prototipo estaba fabricado con madera maciza con una capa interna y externa de corcho y un remadto en fieltro. Para lo segundo (vista) añadió tres pequeñas piezas de vidrio. El diseño se completaba con un dispositivo a la altura de la boca que permitía respirar al usuario sin que se colasen ruidos.
El resultado, relata el inventor, fue un yelmo con una eficiencia de "alrededor del 75%". Aislaba de ruidos externos, pero no del todo. Había margen de mejora.
¿Y cómo lo mejoró? Perfeccionando el diseño. Gernsback se replanteó el material y añadió una cámara de aire para que la eficiencia de 'The Isolator' subiese al 90 o 95%, "eliminando prácticamente todos los ruidos". Para que la visión tampoco fuera un problema las mirillas de vidrio del casco situadas ante los ojos se pintaron de negro, dejando solo una estrecha franja transparente.
"Al abrirse las dos líneas blancas en el cristal, el campo por el que puede desplazarse la vista es relativamente pequeño", señala el inventor. "Es casi imposible ver nada más que un folio frente al usuario. No hay distracción".
Concentrando… y respirando. Una cosa es que 'Isolator' hiciese honor a su nombre aislando al usuario en una burbuja de concentración responsable y otra, muy distinta, que fuera cómodo o incluso soportable. El autor explica que tras 15 minutos con él puesto el usuario "experimentaba cierta somnolencia", por lo que decidió mejorar el sistema de respiración, conectándolo a un pequeño depósito de oxígeno. De ese modo se mejoraba la respiración y "revitaliza al sujeto".
En su artículo Gernsback añadió planos detallados de 'The Isolator' e incluso el croquis de un despacho con una completa instalación a prueba de distracciones, lo que incluía una puerta 'antirruidos' y un sistema de ventilación adecuado. "Con esta disposición se puede contemplar una tarea importante en poco tiempo", presumía. "La construcción de 'The Isolator' será una gran inversión".
El poder del papel. Si algo ha aprendido la humanidad también (incluido Gernsback) es que el papel aguanta ideas que no se sostienen en la realidad. Su casco quizás fuese llamativo, puede incluso que funcionase, pero no cuajó.
No sabemos hasta qué punto esperaba realmente su inventor que funcionase a nivel comercial, pero parece que 'The Isolator' no despertó pasiones. Publishers Weekly asegura que solo se construyeron 11, con lo que la idea quedó como eso mismo: la idea de una imaginación apasionada por la tecnología y la ficción.
IFL Science desliza también que el artilugio teníalgunos puntos débiles. En concreto habla del flujo de aire. "Es un poco más complejo que instalar una boquilla de oxígeno. El exceso de oxígeno puede llegar a ser tóxico, pero sin un flujo suficiente de gas y una ventilación adecuada, la acumulación de CO2 es una complicación mucho más probable y grave", previene R. Funnell, editora. El reto pasaba por lo tanto por garantizar la entrada de oxígeno y eliminar el CO2.
Imágenes | University of Minnesota Twin Cities
-
La noticia
En 1925 la procrastinación ya era un problema y alguien encontró la solución definitiva: el casco de aislamiento
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Carlos Prego
.
completa toda los campos para contáctarnos