No hace tanto la norma principal para Hollywood de cara a hacer anuncios gordos que calmasen las ansiedades de sus accionistas ante tablas de Excel inestables era hacer remakes o reboots de cualquier franquicia consolidada. Ahora se han agotado muchas de esas franquicias y la vía para hacerlo es secuelas tardías de cualquier éxito del pasado que aún sigue siendo querido.
Es más sencillo hacerlo con clásicos que eran bastante ligeros en su origen, aunque la mayoría fracasa al intentar venerar un supuestamente importante legado con gravedad que choca con una repetición de los esquemas pasados. Por supuesto era fácil esperar lo mismo de algo como ‘El diablo viste de Prada 2’, intentando rescatar algo de la frivolidad pasada pero con cámaras digitales e iluminación plana que tanto inunda el cine mainstream actual.
Pero muchos se han topado con la sorpresa de que la secuela con Anne Hathaway, Meryl Streep y compañía decide ser menos glamurosa y kitsch para impregnarse de algo más melancólico. Pero la sorpresa es, en gran medida, positiva por cómo no lo hace para hablar a los fans ya entregados de lo glorioso que fue el pasado para estos personajes, sino de lo angustioso que pinta el futuro.
No es que ahora David Frankel haya decidido ponerse a hacer Bergman con la secuela de una comedia laboral dosmilera, pero sí que hay algo trastocado de manera interesante en el mundo que habitan ahora sus personajes. Uno donde las publicaciones y revistas reconvertidas al mundo online pelean por la supervivencia mientras los medios para hacer el trabajo son más precarios y la relevancia está más fracturada por las atención que absorben redes sociales.
Es incluso remarcable cómo la secuela está dispuesta a sacrificar la satisfacción directa para intentar encontrar algo que contar sobre el mundo real a través de un contexto de marcada opulencia, aunque presente signos de decadencia y ansiedad marcada por EBITDAs y reestructuraciones. La secuela entiende bien lo que ha cambiado el panorama desde la primera ‘El diablo viste de Prada’, todavía impregnada de un optimismo previo a las crisis económicas y a las existenciales vividas por los medios que buscan el siguiente formato al que pivotar para mantenerse a flote.
Sería un poco deshonesto o excesivamente cínico recuperar las mismas dinámicas de 2006 como si el escenario no estuviera tan alterado, recuperando el mismo conflicto sobre intentar ser excelente en el trabajo. ‘El diablo viste de Prada 2’ habla abiertamente de cómo ser bueno en el trabajo resulta ya insuficiente porque todo es inestable y marcado por unos multimillonarios que se obsesionan con la transformación constante que les maximice los beneficios.
Que decida trazar estas líneas hace que esta secuela tardía parezca hasta transgresora en comparación con la mayoría de estrenos demasiado seguros que dominan las carteleras. Termina atragantándose con esa determinación, porque al final está haciendo un entretenimiento ligero y divertido que tiene lugar en el mundo de la moda (algo que se le da bien, por otra parte), pero sigue siendo un escenario positivo que la película haya decidido aprovechar la ventaja que cuenta como una de las pocas nuevas franquicias que tienen conexión con la realidad.
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En un Hollywood lleno de secuelas y nostalgia fácil, 'El diablo viste de Prada 2' acaba pareciendo transgresora por tener algo que contar sobre el mundo real
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por
Pedro Gallego
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