El Ciudadano
María Eugenia Lorenzini vuelve al thriller psicológico con El crimen de Ema, una novela donde la culpa, el miedo y la violencia atraviesan cada página.
La historia comienza con una imagen brutal: una mujer frente al cuerpo de su marido, las manos cubiertas de sangre y una memoria fragmentada que no logra reconstruir lo ocurrido. Desde ahí, Lorenzini construye un relato intenso sobre la huida, la identidad y las heridas invisibles que deja la violencia.
Con una trayectoria consolidada dentro de la narrativa chilena contemporánea, la autora de Después de ayer, Sewell: luces, sombras y abandono y El silencio de Irene explora en esta nueva obra los límites emocionales de una protagonista que es, al mismo tiempo, víctima y victimaria.
En conversación sobre El crimen de Ema, publicado por Editorial Forja, Lorenzini reflexiona sobre el miedo, la fragilidad social, la violencia contra las mujeres y el lugar de la literatura en un país marcado por la desconfianza y la incertidumbre.
–Esta historia comienza con una mujer frente al cuerpo inerte de su marido. ¿Cómo apareció esa escena inicial?
Quería entrar en la vida de una mujer débil, vulnerable, marcada por la violencia física y psicológica, pero que, pese a esa fragilidad, fuera capaz de reaccionar de la manera más extrema. Me interesaba explorar qué ocurre cuando una persona sometida durante mucho tiempo a la vejación, al miedo y a la humillación, acumula tanto dolor que cruza un límite irreversible. No se trata de justificar un acto atroz, sino de intentar comprender qué heridas pueden conducir a alguien hasta ese punto.
Por otra parte pienso que también afloró en mi memoria una situación vivida en mi infancia. Tuve una nana que venía del campo. Era muy cariñosa, pero al atardecer, se sentaba junto a una ventana, miraba hacia afuera y en silencio lloraba y lloraba. No supe por qué hasta muchos años más tarde: había apuñalado a su marido en defensa propia y nunca pudo recuperarse de eso. Esa imagen quedó guardada en mí y algo de ese silencio, de ese dolor, terminó filtrándose en Ema.
-Hay algo muy opresivo en la atmósfera del libro: vigilancia, paranoia, sensación de amenaza constante. ¿Crees que esa ansiedad dialoga con el clima social contemporáneo?
Sí, creo que vivimos en una época atravesada por una sensación de fragilidad muy profunda. Hay una precariedad que se percibe tanto en el mundo como en nuestro propio país. Ya ni las calles del barrio ni las plazas ni nuestros propios hogares nos parecen un lugar seguro.
A eso se suman las guerras, los abusos, las violaciones a los derechos humanos y una circulación permanente de imágenes que nos enfrentan a lo peor de la condición humana.
El miedo siempre está presente y vivimos tomando precauciones para estar a salvo de alguna manera, pero al mismo tiempo sabemos que no todo depende de nosotros. Ese temor también está en la novela, aunque no de manera explícita. Aun así El crimen de Ema no es una novela completamente oscura. Se rescata la vida de provincia, con esa solidaridad entre las mujeres de pueblo que se da “a pesar” de todo. Además, está la ilusión y el amor como una luz de esperanza, y la compañía de “perro”, así sin nombre, que rescata a Ema de la soledad y la desesperación.
-Ema no aparece como una heroína clásica ni como un personaje “correcto”. ¿Te interesa escribir mujeres contradictorias, incluso difíciles de querer?
Creo que la literatura se hace mucho más atractiva si nos muestra personajes que no tenemos que catalogar como buenos o malos, como inocentes o culpables, como héroes o villanos. Me interesa trabajar con seres humanos atravesados por tensiones, heridas, zonas oscuras y también por momentos de luz. Como Ema, que es víctima y victimaria, personajes que son el resultado de su entorno familiar y social y no por eso menos queribles.
A veces un personaje puede inquietarnos y, al mismo tiempo, despertar nuestra compasión. Todos tenemos un lado oscuro y otro más claro que nos ilumina.
-Tus novelas suelen cruzar lo íntimo con contextos sociales más amplios. ¿Qué elementos del Chile actual crees que se filtran en El crimen de Ema, aunque no estén explicitados?
La literatura, de una u otra manera, es el reflejo de una época. Después de ayer la escribí en plena dictadura y a través de la historia de cuatro amigas que estudian en un colegio de monjas vemos el contexto político y social de ese momento.
En Sewell: luces sombras y abandono, una novela histórica, aparecen los principales movimientos sociales que convulsionaron esa ciudad, desde la persecución por la Ley Maldita hasta las desapariciones durante la dictadura. En El silencio de Irene están presentes el exilio, el retorno y las heridas que esos procesos dejaron en los vínculos amorosos.
Sin embargo ya en Escucha, corazón se comienza a apreciar con más fuerza la situación de la mujer en los años sesenta, en una ciudad conservadora y sancionadora, a pesar de algunos movimientos que comenzaban a tomar más fuerza. En El crimen de Ema la problemática de la mujer actual está retratada con mucha fuerza. Aunque las mujeres hemos evolucionado, hay algo que no ha cambiado: la violencia tanto física como psicológica. Basta con mirar la cantidad de femicidios y agresiones que ocurren a diario en nuestro país. La novela no pretende ser una denuncia directa, pero inevitablemente dialoga con esa realidad.
-¿Qué lugar ocupa el miedo en tu escritura? No solo el miedo físico, sino el miedo cotidiano: al fracaso, a la pérdida, a quedarse solo.
El miedo está muy presente, porque también está presente en la vida. Tememos perder a quienes amamos, perder la salud, el lugar al que pertenecemos, la memoria, la dignidad. Tememos la soledad, el abandono, el olvido. Son miedos cotidianos, a veces silenciosos, que van modelando nuestras decisiones.
En mis personajes, el miedo no aparece solo como amenaza externa, sino también como una fuerza íntima. A veces se esconde detrás de una palabra no dicha, de una renuncia, de una huida o de una decisión desesperada. En Ema, el miedo está ligado a la culpa y a la imposibilidad de reconocerse plenamente. Pero incluso en medio de esa situación tenemos la posibilidad de seguir buscando una salida.
-En tus novelas suele haber personajes enfrentados a situaciones límite. ¿Qué te interesa de ese tipo de escenarios?
La vida cotidiana, sin altibajos, no es tan atractiva literariamente, como lo es conocer o imaginar la posible reacción de otros ante situaciones como la persecución, el exilio, la enfermedad, la violencia o el abandono. Los escenarios límites pueden sacar lo mejor o los peor de los seres humanos y en la medida en que podemos imaginar sus reacciones y vivirlas junto a los personajes, podremos reflexionar sobre ellas y estar tal vez más preparados para enfrentarlos.
La literatura nos permite vivir esas experiencias a través de otros y preguntarnos qué haríamos nosotros en circunstancias semejantes. En ese sentido, los límites no solo tensionan a los personajes; también interpelan al lector.
-Tus libros han tenido circulación escolar y también lecturas muy distintas entre generaciones. ¿Cómo dialogas con lectores jóvenes en una época marcada por redes sociales e inmediatez?
Es realmente un desafío. La atención está capturada por las redes sociales y las pantallas, pero creo que la literatura sigue teniendo una fuerza insustituible si logra tocar una fibra verdadera. Quizás por eso me gusta manejar el suspenso en la literatura, me permite interesar al lector desde la primera a la última página. Sin embargo, no basta solo entretener. También es importante que un libro dialogue con las inquietudes de su tiempo.
-¿Cómo ves hoy el lugar de la literatura chilena dentro de la discusión cultural y política del país?
Lo que está sucediendo es preocupante, por decir lo menos. Se la está tratando como algo secundario, prescindible. No se le está dando el lugar que le corresponde cuando lo que más necesitamos son espacios para la reflexión y el pensamiento crítico que ella aporta. La literatura nos acerca y nos hace comprender desde otra dimensión la situación social de un país y no parece haber ninguna intención de protegerla.
Me preocupa que no exista una política cultural suficientemente decidida para fortalecer la creación literaria. Por el contrario, se percibe una reducción de fondos que ya eran escasos, y también intentos de debilitar derechos fundamentales para los escritores, como el derecho de autor. Cuando una sociedad empobrece su cultura, no solo pierden los escritores o las editoriales; pierde el país completo.
-¿Qué te gustaría que esta novela provocara en un país donde la violencia y la desconfianza se han vuelto parte del paisaje cotidiano?
Me gustaría que al cerrar las páginas del libro, la vida de Ema sirviera para pensar en la de tantas otras Emas. En mujeres que han vivido en silencio, que han sido juzgadas demasiado rápido o que han cargado heridas que nadie quiso mirar. También me gustaría que la novela invitara a reflexionar sobre cómo educamos, cómo juzgamos y cómo miramos a los demás.
Si queremos una sociedad menos violenta, tenemos que formar personas más libres de prejuicios, más capaces de reconocer el dolor ajeno y de advertir la violencia antes de que sea demasiado tarde.

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La entrada Entrevista a María Eugenia Lorenzini por su nueva novela «El crimen de Ema»: «Cuando una sociedad empobrece su cultura, no solo pierden los escritores o las editoriales, pierde el país completo» se publicó primero en El Ciudadano.
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