El cable no es el primer episodio que nos expone a sufrir los efectos de la tensión entre la primera potencia del mundo y el gigante asiático. Pero, por algunas circunstancias, esta vez el problema ha tenido mayor visibilidad: la actitud general, no solo respecto de Chile, de la administración Trump; los errores y contradicciones del gobierno actual; y, por último, el hecho de ocurrir en plena transición desde un período presidencial al siguiente.
El nuevo orden mundial que se está configurando, sumado a nuestra ubicación geográfica, debiera llevarnos a abordar de manera seria la posición de Chile en este escenario. En un mundo en el que la disputa por la preeminencia del poder global ocurre en la cuenca del Océano Pacífico, nuestros cuatro mil kilómetros de costa con su proyección geopolítica, más nuestros territorios insulares, nos convierten en un actor relevante en el continente americano. De hecho, mucho más de lo que el tamaño de nuestra economía y población podrían hacer suponer.
Los últimos días han sido un verdadero compendio de lo que no se debe hacer, pues la sucesión de decisiones equivocadas y contradictorias, junto a las versiones inconsistentes, nos llevaron -como muy bien apuntó el exparlamentario y exembajador Darío Paya- al más absurdo de los resultados: dañar nuestra relación con Estados Unidos y con China. Es decir, la torpeza nos está llevando a pagar todos los costos y no recibir ninguno de los beneficios posibles.
Por nuestra cultura, nuestra historia y nuestra situación geográfica, no existe alternativa viable que sea distinta a que Chile sea un aliado de Estados Unidos, consistente y confiable en el largo plazo, con independencia de los ciclos políticos de uno y otro país. Esa definición, no significa, ni puede significar en modo alguno, que seamos un país enfrentado con China, puesto que es nuestro primer socio comercial y un actor fundamental del sistema global en el que estamos insertos.
Sin embargo, existen determinados ámbitos cuya relevancia estratégica obligan a que sean abordados con criterios que exceden lo meramente comercial o las normas generales que regulan las concesiones administrativas. Esto tiene costos inevitables, pero cualquier decisión los tiene; incluso la indecisión, un rasgo tan arraigado en nuestro carácter, que el expresidente Barros Luco lo elevaba a principio general de la gestión de los problemas.
Donald Trump, es evidente, no facilita las cosas. Usando una vieja expresión coloquial del ámbito jurídico, suele “agregar ignominia a los efectos propios del delito”. Es decir, no le basta con hacer ver su posición y defender los legítimos intereses de su país, sino que generalmente lo hace con una rudeza que puede resultar humillante para sus contrapartes. Pero los gobiernos y los gobernantes pasan; ni su carácter, ni sus arrebatos ideológicos pueden determinar las decisiones en política exterior, porque los países, sus pueblos e intereses permanecen mucho más allá de ellos. Es así de simple y de complejo.
Por Gonzalo Cordero, abogado
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