El Ciudadano
En las costas chilenas, bajo la superficie y lejos de la mirada cotidiana, existen verdaderos bosques submarinos que, aunque a menudo pasan desapercibidos, sostienen una parte fundamental de la vida marina.
Formados por macroalgas, estos ecosistemas brindan refugio, alimento y hábitat a diversas especies, además de desempeñar funciones clave para la estabilidad de las zonas costeras.
Entre ellas, se encuentran la Lessonia berteroana y la Lessonia spicata, dos especies de huiro negro endémicas de Chile que habitan la franja intermareal, es decir, el espacio donde el mar sube y baja con la marea.
Consideradas especies fundacionales, estas macroalgas actúan como verdaderos arquitectos ecológicos del litoral chileno, formando extensos bosques submarinos que crean hábitat, refugio y alimento para cientos de especies marinas, además de contribuir a la protección costera, a la captura de carbono y al bienestar de las comunidades que dependen del mar.
A diferencia de otras macroalgas que permanecen sumergidas, estas viven en una zona más superficial, expuestas al aumento de temperatura, a las marejadas y las olas de calor marinas. Esta condición las vuelve especialmente sensibles a los cambios ambientales y, al mismo tiempo, más accesibles para su extracción, factores que han causado la disminución de su población.
Frente a este escenario, un equipo científico analizó cómo el cambio climático podría modificar la distribución futura de estas dos especies en la costa chilena.
El estudio, titulado “Kelps on the move: Potential future distribution areas in the face of climate change, on the Pacific coast of South America” y publicado en la revista PLOS ONE, fue desarrollado por la Dra. Alejandra González, del Departamento de Ciencias Ecológicas de la Facultad de Ciencias de la U. de Chile, junto a la estudiante Natalia Sanhueza.
En colaboración, participaron los investigadores Milen Duarte, de la U. Austral de Chile, y Julio A. Vásquez y Fadia Tala, de la U. Católica del Norte.
Los resultados de la modelación proyectaron una reducción superior al 58% del hábitat potencial para ambas especies hacia 2050, con pérdidas particularmente importantes en sectores del norte y centro-norte de Chile.
Sin embargo, la especialista advierte que estas macroalgas se enfrentan además a una extracción masiva, consecuencias derivadas del cambio climático y uso intensivo del borde costero, un escenario frente al cual su equipo impulsa estrategias de repoblamiento y restauración con comunidades costeras.
Según explica la profesora Alejandra González, la modelación se centró en una sola variable: el aumento de la temperatura. Pero, la académica advierte que el problema real es más complejo y son múltiples las variables que amenazan a las poblaciones de huiro.
“Por un lado está la extracción masiva y por otro lado está lo que es el cambio climático y también el uso del borde costero”, afirma la investigadora, agregando entre los otros factores que pueden afectar los ecosistemas de los huiros la contaminación, la pesca ilegal y las intervenciones sobre el litoral, como marinas, edificios y otros proyectos que reducen el espacio disponible para estas poblaciones naturales.
Para la académica, el valor de estos bosques marinos no es solo biológico: “No solamente son importantes porque son especies endémicas de Chile, sino que además tienen un servicio ecosistémico”, explica. Es decir, como especies fundacionales, sostienen una gran diversidad de organismos marinos, contribuyen a la captura de carbono, amortiguan el impacto del oleaje y ayudan a reducir los procesos de erosión costera.
Más que un punto de llegada, el paper representa un diagnóstico inicial dentro de una línea de investigación más amplia sobre el futuro del huiro negro en Chile.
En paralelo a la modelación, el equipo de la académica ha desarrollado trabajos experimentales orientados a fortalecer estas poblaciones mediante quimeras de macroalgas, una estrategia que busca mejorar su resiliencia sin moverlas de su territorio original. “Lo que hacemos en el fondo es hacer una alga más fuerte, que resista mejor, sin moverlas de su espacio”, describe.
El procedimiento consiste en trabajar con material genético del mismo lugar, cultivarlo y reinstalarlo en la misma zona, aumentando la diversidad genética local y fortaleciendo la capacidad de respuesta de las poblaciones frente al estrés ambiental y al cambio climático. “Trabajamos con distintas caletas y las volvemos a colocar ahí mismo”, agrega.
Esta línea de repoblamiento con quimeras se ha desarrollado en colaboración con The Nature Conservancy (TNC), Packard Foundation y la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura (Subpesca), junto a sindicatos de trabajadores independientes de distintas caletas de pescadores, entre ellas Caleta Chigualoco, en Los Vilos; Caleta Talca, en Ovalle; Punta Frodden, en Caldera; y Totoralillo Norte, en La Higuera.
Ese trabajo se desarrolla junto a pescadores y comunidades costeras, un aspecto que la investigadora considera central.
La generación de soluciones de restauración junto a quienes viven y trabajan en el borde costero es vista por el equipo como un componente indispensable para la conservación de largo plazo de estos ecosistemas. En distintos territorios, explica, existe conocimiento local sobre el manejo del recurso, con prácticas como la rotación y el descanso de áreas para evitar su sobreexplotación.
Lamentablemente, la ilegalidad y la baja fiscalización siguen debilitando esos esfuerzos.
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