Luis González fue destinado a uno de los portaaviones durante la Guerra de Malvinas. Desde allí vivió la angustia por el hundimiento del General Belgrano, el 2 de mayo de 1982, un lugar en el que podría haber estado. El miedo, la pérdida, el regreso a una sociedad que eligió la indiferencia y la contención compartida con sus compañeros veteranos
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