Giro Comunicacional: la estética de la autoridad

En política, las percepciones suelen anteceder a los hechos. Los gobiernos no solo son evaluados por los resultados que obtienen, sino también por su capacidad para transmitir dirección, liderazgo y control. Durante estos primeros meses, el gobierno enfrentó un deterioro sostenido de su aprobación, atrapado entre una economía que no lograba entregar alivio a las familias y una creciente frustración por una conducción errática en materia de seguridad, que terminó erosionando una de sus principales promesas de campaña.

La gestión de esta crisis no solo parecía insuficiente en términos operativos. También fracasaba en el terreno de la comunicación. La ciudadanía percibía un Ejecutivo dubitativo, reactivo y sin capacidad de imponer una agenda propia frente al crimen organizado. En ese contexto, el cambio de gabinete en la cartera de Seguridad no fue solo el sinceramiento de que las cosas no funcionaban bien. Representó un golpe de timón que permitió al gobierno recuperar parte de la iniciativa política perdida y, durante el último fin de semana, copar la agenda mediática.

La llegada del ministro Martín Arrau marcó un punto de inflexión. Más allá de las medidas concretas que ha impulsado, comprendió algo esencial: la seguridad es una demanda tanto material como psicológica. Los ciudadanos esperan resultados, pero también señales. Buscan eficacia, pero igualmente necesitan percibir que existe una autoridad dispuesta a ejercer el control.

Su estrategia se ha construido sobre una serie de símbolos cuidadosamente desplegados. La comunicación política moderna opera precisamente así: mediante imágenes, gestos y decisiones capaces de condensar mensajes complejos en señales fácilmente reconocibles por la opinión pública.

El primer gesto fue político. Solicitar la salida de los subsecretarios apenas dos semanas después de asumir, funcionó como una demostración de autoridad y como una señal inequívoca de que comenzaba una nueva etapa. El mensaje fue claro: no habría espacio para la inercia ni para la complacencia.

A partir de ahí comenzó a construirse lo que podría denominarse una auténtica estética de la autoridad. Los anuncios de uniformes diferenciados para reos de alta peligrosidad, las restricciones más severas en recintos penitenciarios y la expansión de infraestructura carcelaria son símbolos visuales que comunican disciplina, control y capacidad de respuesta frente al delito.

En una sociedad donde la sensación de impunidad se ha transformado en una de las principales preocupaciones ciudadanas, estas imágenes cumplen una función política evidente: reinstalar la idea de que el Estado conserva el monopolio de la fuerza y la capacidad de hacer cumplir las reglas.

Algo similar ocurre con los operativos de copamiento territorial desplegados en estaciones de Metro y barrios críticos. Más allá de los resultados estadísticos que puedan exhibir, su principal efecto inmediato es comunicacional. La presencia visible de Carabineros y de la PDI transforma la percepción cotidiana del espacio público. El orden deja de ser una promesa abstracta para convertirse en una experiencia tangible.

A diferencia de otros liderazgos en materia de seguridad en América Latina, el estilo de Arrau no se apoya en la estridencia. No necesita discursos incendiarios ni confrontaciones permanentes para proyectar firmeza. Su comunicación combina presencia en terreno, diálogo con distintos actores, cercanía con la prensa y una agenda legislativa estructurada. La carpeta de 26 proyectos de seguridad presentada al Congreso refuerza precisamente esa imagen de preparación, método y capacidad de gestión.

La paradoja de esta estrategia es que consigue transmitir dureza sin recurrir al espectáculo. Mientras otros liderazgos construyen autoridad elevando el tono de la confrontación, Arrau parece haber optado por una fórmula distinta: moderación en las formas e implacabilidad en las decisiones.

Los resultados comienzan a reflejarse en la percepción pública. Aunque sería exagerado atribuir exclusivamente al ministro el repunte de la aprobación presidencial, resulta evidente que el gobierno ha logrado modificar la conversación pública. La agenda ya no gira únicamente en torno a sus debilidades; vuelve a centrarse en su capacidad de actuar frente a una de las principales preocupaciones ciudadanas. De paso, comienza a disminuir la percepción de que nada funciona.

El desafío de mediano plazo será comprobar si esta renovada narrativa logra sostenerse sobre resultados concretos y permanentes. Por ahora, sin embargo, el giro comunicacional ha demostrado una verdad tan antigua como vigente: la autoridad no se hereda ni se explica; se ejerce y se representa.

Por Claudia Miralles, gerente de Imaginaccion Comunicación Estratégica.

Junio 9, 2026 • 4 horas atrás por: LaTercera.com 24 visitas 2187279

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