El Ciudadano
Por Taroa Zúñiga y Vijay Prashad (*)
Fuente: Globetrotter
Poco después de las dos de la madrugada del 3 de enero de 2026, hora de Venezuela, y violando el Artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas, los Estados Unidos iniciaron un ataque contra varios puntos del país, incluida Caracas, la capital. Los habitantes se despertaron por fuertes estruendos, destellos de luz y la presencia de grandes helicópteros en el cielo. Pronto comenzaron a circular videos en redes sociales, aunque sin contexto claro. La confusión y los rumores inundaron las plataformas digitales.
Al cabo de una hora, el cielo quedó en silencio. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció que sus fuerzas habían llevado a cabo ataques contra Venezuela y que habían capturado al presidente Nicolás Maduro Moro y a su esposa, Cilia Flores. Poco después, la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, confirmó que se desconoce el paradero de Maduro y Flores. La fiscal general de Estados Unidos, Pamela Bondi, confirmó que Maduro y Flores se encontraban en territorio estadounidense y que habían sido acusados de “conspiración de narcoterrorismo”.
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El resultado de este ataque sigue siendo incierto. El Gobierno bolivariano permanece en control, aun cuando su presidente ha sido secuestrado y la población se encuentra conmocionada, aunque desafiante. No está claro si los Estados Unidos volverán a atacar ni si el gobierno estadounidense cuenta con un plan político definido para el escenario posterior a esta ofensiva.
El ataque del 3 de enero no es el primero contra Venezuela. De hecho, la campaña de presión comenzó en 2001, cuando el gobierno de Hugo Chávez promulgó la Ley de Hidrocarburos, de acuerdo con las disposiciones de soberanía establecidas en la Constitución Bolivariana de 1999. Esa campaña ha incluido, entre otros elementos (esta lista es ilustrativa, no exhaustiva):
El ataque del 3 de enero forma parte de esta guerra iniciada en 2001 y que continuará mucho después de que se enfríen los motores de los helicópteros Chinook.
Cuando el gobierno de los Estados Unidos decide actuar de manera unilateral —ya sea contra Irak en 2003 o contra Venezuela entre 2001 y 2026— ninguna fuerza ha logrado detenerlo. En 2003, millones de personas, incluso dentro de Estados Unidos, se manifestaron contra la guerra y la mayoría de los gobiernos del mundo advirtieron sobre sus consecuencias. Sin embargo, los gobiernos de George W. Bush y Tony Blair avanzaron igualmente con una guerra ilegal.
Esta vez, potencias regionales y globales advirtieron a los Estados Unidos que una guerra en Sudamérica y el Caribe sería profundamente desestabilizadora. Así lo señalaron líderes de países vecinos como Brasil y Colombia, así como potencias como China, cuyo enviado especial, Qiu Xiaoqi, se reunió con Maduro apenas horas antes del ataque estadounidense. Si el mundo no pudo detener a los Estados Unidos en 2003, tampoco ha logrado frenar su guerra obsesiva por el petróleo venezolano desde 2001 hasta hoy.
El ataque fue programado para que Trump pudiera presentarse ante el Congreso estadounidense el 4 de enero, durante su discurso anual, y proclamar una gran victoria. Pero no hay ninguna victoria aquí. Se trata de otro episodio de unilateralismo que no mejorará la situación mundial. La guerra ilegal de los Estados Unidos contra Irak terminó con su retirada tras la muerte de más de un millón de civiles; lo mismo ocurrió en Afganistán y Libia, países devastados por el águila estadounidense.
Es imposible imaginar un futuro distinto para Venezuela si los Estados Unidos continúan con los bombardeos y despliega tropas terrestres. Nada bueno surge de estas guerras de “cambio de régimen”, y tampoco surgirá aquí. No es casual que Brasil y Colombia observen este ataque con inquietud: saben que su único resultado será una desestabilización prolongada de la mitad norte de Sudamérica, sino de toda América Latina. Esto es exactamente lo que ocurrió en el norte de África; el bombardeo de Nigeria por parte de Trump es parte de los restos del ataque de la OTAN contra Libia en 2011.
Trump recibirá una ovación de pie en el Congreso, pero el precio ya ha sido pagado por cientos de civiles muertos en Venezuela y por millones que luchan por sobrevivir a la guerra híbrida de largo aliento impuesta por los Estados Unidos durante las últimas dos décadas.
Biografía de los autores:
Este artículo ha sido elaborado por Globetrotter. Taroa Zúñiga Silva es escritora y coordinadora de medios en español para Globetrotter. Es directora de la editorial La Trocha y miembro de la cooperativa Mecha, un proyecto del Ejército Comunicacional de Liberación. Es coeditora, junto con Giordana García Sojo, del libro Venezuela, vórtice de la guerra del siglo XXI (2020).
Vijay Prashad es un historiador, editor y periodista indio. Es miembro de la redacción y corresponsal en jefe de Globetrotter. Es editor en jefe de LeftWord Books y director del Instituto Tricontinental de Investigación Social. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos Las Naciones Oscuras y Las Naciones Pobres. Sus libros más recientes son Luchar nos hace humanos: aprendiendo de los movimientos por el socialismo, La retirada: Irak, Libia, Afganistán y la fragilidad del poder estadounidense y Sobre Cuba: 70 años de Revolución y Lucha (los dos últimos en coautoría con Noam Chomsky).
Fuente: Globetrotter
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