Gobernar es castigar

Las razones para criticar la instalación del actual gobierno abundan. Los primeros cinco meses del mandato del Presidente José Antonio Kast han sido generosos en bochornos de distinto calado, desde un cambio de gabinete precoz a la sangría crónica de seremis, pasando por el reconocimiento tácito de que el gobierno jamás tuvo un plan de seguridad. Sin embargo, en medio de los errores autogestionados, de pasar de las vocerías performáticas que se balanceaban entre lo cómico y lo absurdo a las no-vocerías, de mantener un serio problema de comunicación interna dentro del gabinete y cultivar sus propias crisis a partir de los exámenes de drogas a funcionarios con protocolos confusos, hay algo que se le debe reconocer a la actual administración: la consistencia lograda en transmitir como principal mensaje de su gestión la idea de castigo colectivo como línea central. El de José Antonio Kast ha demostrado ser un gobierno que asumió con la idea de disciplinar a un país como quien somete a un animal chúcaro que ya no obedece órdenes, interpretando de ese modo el voto de disgusto y decepción recibido en la elección que lo llevó a La Moneda. Porque si hay algo que quedó claro muy tempranamente es que aquel 58% de apoyo logrado no era un respaldo vigoroso a sus ideas ni el efecto de un carisma arrollador. Los votos que lo eligieron eran, en gran medida, la expresión de cabreo extendido en contra del gobierno saliente, cuyo legado más concreto ha sido una oposición exánime, consistente en voces dispersas que no confluyen en una propuesta atendible y que ha decidido reconocer a cuentagotas sus errores. La consecuencia fue el triunfo arrollador de esta derecha diferente a la tradicional, una derecha que no se reconoce como ultra, aunque respire, hable y actúe como tal.

La rabia había cambiado de bando, y como candidato, José Antonio Kast supo aprovechar la ventana que se abría. El desafío para el Presidente Kast en adelante sería impulsar un proyecto consistente en encoger el Estado, en lo posible desguazarlo. En la cabeza del ciudadano común eso significaría castigo para funcionarios ineficientes, dirigentes corruptos y burocracia partidista que malgasta fondos públicos. En los hechos, será ineludiblemente menos recursos para atender demandas sociales. El Presidente Kast supo usar la pulsión colectiva de revancha -que acumula ya varias décadas- en contra de cierta élite política, para unos propósitos que van en contra de los propios intereses de los electores: el alza del combustible provocada por la negativa a usar el mecanismo de compensación fue la señal clara para los chilenos y chilenas que los reales castigados serían ellos mismos. En adelante, los recortes se extenderían por instituciones, ministerios y servicios, avanzaron con fuerza hacia el ámbito de la cultura, encontrando una resistencia mínima, y llegaron a la ciencia, con un azote de gracia para las humanidades y las ciencias sociales. Las universidades, una de las pocas organizaciones que han zafado del desprestigio generalizado de las instituciones durante las últimas décadas, han reaccionado explicando con argumentos y datos el daño que provocarán los recortes en investigación, pero se enfrentan a un gobierno al que la evidencia presentada por expertos no le interesa, la desdeña, como lo hace con la reflexión crítica incluso si viene de sus propios aliados. Según todas las encuestas, el pesimismo campea entre los chilenos como la emoción preponderante sobre el futuro. No es sorpresivo si durante tanto tiempo quienes hoy gobiernan sostuvieron que vivíamos en un país en ruinas, y una vez en el poder, en lugar de provocar una mejoría en las condiciones de vida, instalan una sensación de zozobra salpicada de discursos aleccionadores. La ansiedad por temas como la seguridad y la economía es extendida, no solo preocupa a las personas comunes y corrientes, sino también a la élite empresarial, según se desprende del incremento en la salida de capitales chilenos al extranjero, un fenómeno que la politóloga Rachel Theodore analizó en una entrevista a El País. Theodore explica que con “la megarreforma” -o ley de reconstrucción- para el desarrollo económico, el Presidente Kast “introdujo una incertidumbre adicional, porque al empresariado no le gustan los cambios de reglas, aunque lo favorezcan”.

Esta semana la transmisión del traslado masivo de reos a un nuevo complejo carcelario fue la manera elegida para demostrar que el gobierno estaba haciendo algo por la seguridad, esta vez montando una escenificación de castigo colectivo que alimentara los matinales de televisión: cerca de 200 internos peligrosos de todo el país fueron llevados a una nueva prisión, cuya construcción comenzó en 2017, es decir, la nueva cárcel es un proyecto que avanzó durante tres períodos presidenciales, un detalle que fue esquivado al momento de una transmisión. La puesta en escena fue acompañada de una banda sonora que incluyó canciones de NSYNC y Metallica. La elección del nombre del operativo, el de un perro mitológico de tres cabezas encargado de custodiar el inframundo; la edición de las imágenes; la musicalización escogida, y el logo diseñado para identificar el procedimiento, indican no solo una sensibilidad, sino una manera de atender a las legítimas demandas de la ciudadanía: identificar la fuente real de descontento, diagnosticar el caos, eludir la complejidad, ofrecer soluciones simples, exhibir operativos puntuales como logros perdurables, esperar la adhesión de la gente en la próxima encuesta. La centralidad que tiene el castigo como recurso y herramienta -a través de recortes de fondos, en discursos autoritarios o exhibido como espectáculo- para quienes hoy gobiernan Chile funciona como un peso muerto que aplasta el optimismo y la esperanza, y solo sirve de alimento para un descontento que se macera entre la frustración, el miedo y la rabia.

Agosto 15, 2026 • 3 horas atrás por: LaTercera.com 30 visitas 2384017

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