La polémica tras el fallo del caso Gatica no es un hecho aislado: vuelve a exponer la fractura persistente entre el FA–PC y el Socialismo Democrático.
El Frente Amplio nació, precisamente, como reacción a lo que consideró la debilidad moral y política de la Concertación. Su relato fundacional se apoyó en la idea de una izquierda que había administrado —cuando no naturalizado— el modelo neoliberal y renunciando a transformaciones estructurales en nombre de la gobernabilidad. Frente a ese diagnóstico, el FA se presentó como una “nueva izquierda”; y el Socialismo Democrático, debilitado, no logró defender con claridad su legado.
La tensión, entonces, no es nueva. Lo novedoso es que hoy, lejos de la convivencia forzada del gobierno y de la amalgama del poder, la distancia se exhibe sin filtros. Ya en la primera vuelta presidencial de 2025 esa incomodidad quedó a la vista: la alianza operó más como una suma aritmética que como un proyecto político compartido. En ese tramo, además, el Frente Amplio acumuló varios episodios de reafirmación identitaria, como si necesitara recordarse —y recordarle a los suyos— quiénes eran.
El fallo del caso Gatica terminó de poner las cartas sobre la mesa. Las reacciones del Frente Amplio y del Partido Comunista —con el propio Presidente incluido—, rápidas, estridentes y cargadas de juicio moral, contrastaron con el tono que esperaban sectores del mismo oficialismo. No se trató de una discusión técnica ni jurídica: fue una disputa de identidad.
Por eso no pasó inadvertida la dureza de las palabras de la exministra Carolina Tohá, cuando calificó esas reacciones como “inaceptables, irresponsables y desleales”, y como prueba de que “no aprendiste nada”. Cuando alguien que ha estado en el corazón del poder habla así, no solo discrepa: delimita.
Con independencia de cómo se resuelva este episodio, los hechos permiten esbozar al menos tres hipótesis:
Primero, si el conflicto sigue escalando y no emerge un mecanismo creíble de conducción común, la oposición podría tender a una fragmentación competitiva: recriminaciones públicas, votos desalineados y una disputa abierta por liderazgo que erosione cualquier relato compartido.
Segundo, si la moderación fue principalmente instrumental —un medio para gobernar más que un aprendizaje sólido—, el Frente Amplio y el Partido Comunista podrían replegarse hacia una reafirmación identitaria, endureciendo el tono y marcando distancia del Socialismo Democrático, incluso a costa de tensionar o romper la ya frágil estructura sobre la que han operado.
Tercero, si ambas dinámicas convergen, la nueva oposición podría estabilizarse en un modo de alto volumen: beligerancia permanente, confrontación constante y ocupación sistemática del espacio mediático y de la protesta como método político.
Todo esto debiera quedar sobre la mesa —para el Socialismo Democrático y también para el futuro gobierno— como una pregunta central del diseño: qué arquitectura política, qué reglas de coordinación y qué tipo de conducción se requieren para gobernar en esta nueva realidad. Porque lo ocurrido no es solo un conflicto interno. Es una advertencia sobre los límites de una coalición que, fuera del poder, vuelve a mirarse al espejo.
Por María José Naudon, abogada
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