A cuatro meses de iniciado el gobierno, Chile enfrenta una paradoja conocida. Mientras el Ejecutivo insiste en hablar el lenguaje de la urgencia, una parte creciente del país parece exigir algo más básico: ser escuchada y que las decisiones sean comprensibles, discutibles y legítimas para quienes asumirán sus costos.
En este punto, la obra de Jürgen Habermas ofrece una clave útil. Su democracia deliberativa no propone una política lenta ni paralizada por el consenso, sino una donde las decisiones se fortalecen al someterse al intercambio de razones y donde la autoridad se consolida al persuadir, y también, al rectificar e incorporar argumentos de fuera de su propio sector.
El contexto lo amerita. El PIB cayó 0,5% en el primer trimestre -su mayor retroceso desde 2009-; el Imacec bajó 0,9% interanual; el desempleo llegó a 9,4% entre marzo y mayo, siendo peor entre mujeres (10,5%) y jóvenes (24,6%), mientras el empleo informal crece (27%) y el Banco Central reduce la proyección de crecimiento entre 1% y 1,75%.
Frente a este escenario, reactivar la economía es indispensable. El problema aparece cuando una agenda presentada como técnicamente inevitable, deja poco espacio para conversar e incorporar observaciones de otros actores.
La discusión sobre el proyecto de Reconstrucción Nacional lo ilustra. Alcaldes y alcaldesas de distintos sectores políticos cuestionaron propuestas como la eliminación de las contribuciones para mayores de 65 años por su impacto en el Fondo Común Municipal, un pilar del financiamiento de la salud primaria, la seguridad comunal, la ayuda social y otros servicios esenciales. Es importante escuchar, porque en una democracia deliberativa quien formula objeciones fundadas y propone caminos, no obstaculiza la acción pública, más bien contribuye a mejorarla.
Sin embargo, con demasiada frecuencia la política ordena el debate entre leales y obstruccionistas. Esta lógica simplista debilita la legitimidad de las decisiones. Como advertía Habermas, en vez de silenciar discrepancias, las instituciones se fortalecen cuando son capaces de procesarlas y, si es necesario, modificar sus propias propuestas.
La mesa político-técnica convocada por la presidenta del Senado, con participación de distintas bancadas y del ministro de Hacienda, puede ser una señal distinta. Su éxito dependerá de la disposición real a que los buenos argumentos influyan en el resultado.
El deterioro de la confianza de hoy no responde solo a los malos indicadores económicos, sino también a la forma en que se ejerce el poder. Y en este punto la ciudadanía tiene una perspectiva distinta. En la última encuesta CEP de junio, un 66% de la población prefiere que los políticos privilegien los acuerdos, aunque tengan que ceder en sus posiciones.
Asumir la fragilidad del momento exige mayor diálogo y fortalecer la legitimidad de las reformas. Porque gobernar también es escuchar, sometiendo el mandato democrático a una sociedad plural, donde la autoridad se fortalece cuando demuestra capacidad de corregir y representar con amplitud.
Por Alejandra Sepúlveda, Gta. Proyecto Integridad Electoral y Género (RLAC) IDEA Internacional
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