Karl Popper sostenía que la democracia no estaba concebida para responder a la pregunta de ¿quién debe gobernar?, sino ¿cómo se debe gobernar? Y la respuesta es que debe hacerse mediante el ejercicio de un poder limitado. La democracia liberal o constitucional se hace cargo de ese desafío mediante un conjunto de reglas que determinan esos límites e imponen controles y responsabilidades de distinta naturaleza e intensidad.
De todos los avances que Occidente le ha aportado a la humanidad, sin duda uno de los mayores es eso que llamamos el gobierno de la ley y su expresión institucional que es el Estado de Derecho. Pero Occidente está en crisis, ese es un hecho evidente, y uno de los síntomas de esa decadencia es que la democracia hace agua por distintos flancos, uno de los más importantes es que se ha deteriorado el valor de las reglas. Las redes sociales, por ejemplo, han hecho involucionar lo que entendíamos por debate a un estado de asambleísmo permanente, en que los impulsos emocionales han sustituido a la racionalidad y sin racionalidad no hay sistema de reglas posible.
La política se ha convertido en una extensión de la farándula y los matinales televisivos han desarrollado una relación simbiótica con esas redes a las que paradojalmente llamamos “sociales”. El impacto se mide por la indignación que se logra provocar y el éxito en “clics” o en eso que algunos, con el tono de superioridad que confiere un conocimiento avanzado, llaman “visionado”. Todos hemos abandonado el respeto a las reglas y hemos convertido ese abandono en parte de otras reglas, las que emanan de nuestra subjetividad, porque cada uno está convencido que sus fines justifican todo. Esto se expresa, entre otras maneras, a través del desprecio de la izquierda por la democracia “formal” y de su proyecto de democracia “sustantiva”, que escribieron en su propuesta de constitución.
Hay jueces que creen que su concepción de lo que debe ser un orden social justo está por sobre la ley; en el período de violencia que siguió a octubre del 2019, algunos de ellos se fotografiaban tapándose un ojo y ahí siguen, porque quienes deberían haber aplicado las reglas y haberlos hecho responsables del abandono de sus deberes de apoliticidad no lo hicieron. Los parlamentarios exceden a diario sus atribuciones, solo en estos días tramitan un feriado mediante proyectos de ley para cuya presentación carecen totalmente de atribuciones. Los policías, en esta anomia creciente, en el mejor de los casos se desmotivan y en el peor se corrompen.
En una sociedad cuasi anómica es difícil evitar el avance del crimen organizado y que la gente no pida que se le combata sin miramientos ni garantías. En este contexto, el gobierno presentó una reforma constitucional con normas a lo menos discutibles, pero el problema real va mucho más allá. O volvemos a creer en una democracia de reglas que se cumplen o los temores que se asomaron esta semana, y muchos más, serán una realidad inevitable. Es hora de hablar de democracia, pero en serio.
Por Gonzalo Cordero, abogado
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