Llevaba tiempo dándole vueltas a dar el salto a la eSIM y, cuando por fin me decidí, el proceso resultó más sencillo de lo que esperaba. Nada de tarjetas físicas, ni de buscar el pincho para abrir la bandeja: solo un código QR y unos minutos siguiendo las instrucciones en pantalla.
Para activarla, solo tuve que escanear el QR que me facilitó mi operadora y seguir el asistente del propio móvil, sin rellenar formularios ni introducir datos a mano. En menos de cinco minutos el perfil ya estaba descargado e instalado, y la línea apareció lista para usarse.
Lo que sí tardó algo más fue tener cobertura real. Tras la instalación, el móvil necesitó unos diez minutos antes de mostrar señal y poder hacer llamadas o usar datos.
No fue un problema grave, pero sí algo que conviene saber de antemano (sobre todo si eres impaciente como yo): si piensas que vas a tener línea al instante, puede que te lleves un chasco breve.
Lo que peor llevo de toda la experiencia es algo que no esperaba: la eSIM queda asociada exclusivamente a ese teléfono. Si en algún momento cambio de móvil, tengo que repetir todo el proceso desde cero, y eso implica tener que acercarme a una tienda física de mi operadora como medida de seguridad para validar el cambio.
No me parece el procedimiento más práctico, sobre todo si la tienda más cercana te queda lejos, como es mi caso. Con la SIM física, cambiar de terminal era tan simple como sacar la tarjeta y meterla en otro. Con la eSIM, cada salto de móvil se convierte en un trámite, y eso choca con la idea de comodidad que en teoría debería traer esta tecnología.
Al final, mi balance es agridulce. Para el uso diario, la eSIM funciona de maravilla: sin tarjetas que se pierden, sin pines que se rompen, con una activación casi inmediata. El verdadero contratiempo aparece justo cuando cambias de teléfono, ese momento en el que toda la comodidad inicial se transforma en una gestión que, paradójicamente, recuerda bastante a los trámites de antes.
Imágenes | Manuel Naranjo
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He cambiado a una eSIM, una experiencia con sus luces y sus sombras
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Manuel Naranjo
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