Laura López
Madrid, 5 may (EFE).- Maribel, Rim, Soledad, Kashief... son algunos de los voluntarios que dedican su tiempo a ayudar de forma altruista a los cientos de miles de personas que tratan de formalizar su solicitud para la regularización de migrantes con la que conseguir derechos básicos para continuar su vida en España.
Son personas aparentemente muy diferentes, pero les mueve la misma empatía. Como la que sienten Maribel y Soledad, vecinas jubiladas de Madrid que saben lo que es ser inmigrante sin papeles porque sus padres lo fueron en los años 60, igual que tantos otros españoles que huyeron de la falta de oportunidades durante la dictadura.
"Yo a los 13 años ya estaba traduciendo allí a las personas que llegaban sin papeles... porque la mayoría de los españoles llegaban, sobre todo a Francia, Suiza y Bélgica, sin papeles, y los regularizaban porque había trabajo", relata Soledad Obispo, de 74 años, en una entrevista con EFE.
"Mis padres fueron inmigrantes en Francia, creo que hay que tener un poco de memoria", resume Maribel Cardona, de 66 años, mientras no pierde de vista el flujo de personas que llegan al número 3 de la céntrica calle de Los Cañizares, muy cerca de la plaza de Antón Martín, en busca de información y los documentos que les faltan para su solicitud.
Cardona, que trabajó 52 años en atención al cliente, ahora se encarga de la primera atención a las decenas de personas que acuden cada día a la oficina que ha instalado allí la entidad Mundo en Movimiento, una de las acreditadas como colaboradoras en el proceso de regularización extraordinaria.
Ellas forman un oasis de solidaridad en medio de un clima en el que se han reavivado los discursos de odio y los bulos hacia la población migrante por parte de los detractores de la medida, para los que Maribel Cardona tiene un mensaje claro.
"Simplemente le diría a mucha gente que dice eso que estuvieran aquí un día, que escucharan a la gente, nada más. Creo que hay mucha falta de información", lamenta.
La yemení Rim Alsalami, de 48 años, es voluntaria desde hace años en la entidad Mundo en Movimiento y no dudó en sumarse a este proyecto para la regularización.
Ella misma tuvo que escuchar en primera persona cómo en una tienda a la que acudió para hacer unas fotocopias, las personas tachaban la medida de un "horror" que traería "muchos problemas" a España: "Yo, como extranjera, me siento mal. Me da pena que la gente piense así, pero la mayoría lo aceptan y ayudan", señala.
Maribel cuenta que en su primer día como voluntaria se quedó "impresionada" con una persona que llegó y, a pesar de llevar tiempo en España, era "invisible": "No tenía NIE ni padrón, le habían quitado la cuenta del banco, no podría acceder ni al carné de la biblioteca", relata.
Estas circunstancias, como la del sinhogarismo, tienen mayor incidencia en las personas en situación irregular y ahora, para poder salir de ese estatus, tienen que recabar un montón de documentos que prueben que efectivamente han vivido aquí el tiempo mínimo exigido, cinco meses.
"A mí me sorprende la imaginación y la capacidad de movilización que tienen para juntar tantos papeles como se requieren. No es nada fácil obtenerla porque hay muchísimos requisitos", apunta Soledad.
Ella se dedica, sobre todo, a hacer las entrevistas para expedir los certificados de vulnerabilidad, un documento que se incluyó como obligatorio en el último momento solo para algunos casos y ha dado lugar a grandes colas de esperas en ayuntamientos y ONG.
Entre los factores que se valoran está si la persona vive en situación de pobreza o exclusión económica o si tiene una vivienda precaria: "En general, viven en domicilios, en habitaciones de cuatro, cinco o seis por habitación, en literas... Yo estoy descubriendo a personas en unas condiciones infrahumanas realmente", lamenta Obispo.
A estas oficinas se acercan personas de todas partes del mundo -Japón, China, Nepal, Bangladés, Pakistán, Senegal, Perú...- por lo que la barrera lingüística es un hándicap que, sin embargo, no frena a estos voluntarios.
"A veces tenemos que juntarnos más de tres o cuatro personas para traducir de un idioma a otro, y a otro, y a otro...", comenta divertida Rim.
Uno de estos traductores es el nepalí Kashief Thapa, quien a sus 35 años está esperando su certificado de antecedentes penales para pedir la regularización y, mientras tanto, echa una mano a la entidad para ayudar a comunicarse a las personas que llegan de Bangladés, Nepal, India y Pakistán.
Él mismo ha vivido en situación irregular en España durante casi un año y ha enfrentado grandes problemas a la hora de, por ejemplo, alquilar una casa sin tener nóminas o contrato de trabajo que aportar: "Nos piden pagar seis meses por adelantado", cuenta.
Esta regularización será una gran oportunidad tanto para él como para su esposa en su plan de seguir estudiando español para poder continuar su formación en España y buscar trabajo en su campo, el de la ingeniería mecánica.
Más de 40 voluntarios arriman el hombro estos días a través de esta ONG después de completar una formación y bajo el compromiso de quedarse hasta que acabe el plazo de solicitudes, el próximo 30 de junio.
Hace unas semanas, cuando empezó el proceso, decenas de personas se acumulaban en grandes colas a lo largo de toda la calle para acceder a esta entidad como en muchos otros puntos de España, pero esta semana es la primera en la que, aunque el flujo de personas es constante, no se han formado grandes filas.
La coordinadora de Mundo en Movimiento, Berta de la Dehesa, explica que en un primer momento hubo mucha "ansiedad" por querer tener los documentos pronto y solo estaban disponibles pocas asociaciones pequeñas como la suya, mientras que ayuntamientos como el de Madrid no facilitaba los documentos.
"Nos veíamos colapsadas, pero no por el altísimo volumen de gente sino porque se ha hecho un poco embudo", explica la responsable de la entidad, quien celebra que ahora se hayan "enganchado" otras entidades pequeñas y, sobre todo, las más grandes, como Cáritas, CCOO o UGT, para poder atender mejor a todas las personas. EFE
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