El Ciudadano
Por Vera Baboun

El libro Imperios liberales: Estados Unidos y Francia, de Andrés Monares, publicado por Estudios Transversales en Humanidades para las Ingenierías y Ciencias (ETHICS) de la Universidad de Chile y presentado en dicha institución el 23 de abril de 2026, constituye una crítica directa a una de las premisas centrales de la modernidad occidental: la idea de que el imperialismo pertenece exclusivamente al pasado. La lectura introductoria del volumen destaca, con razón, tanto su atención a la realidad palestina como su capacidad para desmontar mitos fundacionales, especialmente la consigna “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Dicha fórmula puede entenderse como una operación discursiva de carácter colonial, orientada a invisibilizar la existencia histórica del pueblo palestino y a legitimar su desposesión. Desde esta perspectiva, una de las contribuciones centrales del libro consiste en demostrar que Palestina no debe analizarse como un conflicto simétrico, sino como la continuidad de un proceso de colonización, desplazamiento y apartheid sostenido por intereses geopolíticos y económicos claramente identificables.
La fuerza del texto también radica en que no reduce la tragedia palestina a una discusión abstracta ni a una querella terminológica. La lectura insiste, con razón, en que las palabras recogidas por Monares no son especulación vacía, sino el reflejo desgarrador de una experiencia histórica concreta: Gaza devastada, Cisjordania asfixiada, una ocupación sostenida por la impunidad y protegida por redes de poder internacionales. Ahí el libro golpea donde más duele: revela que la violencia imperial no se mantiene sólo por la superioridad militar, sino también por una estructura de legitimación política, diplomática e ideológica que vuelve tolerable lo intolerable. Dicho sin rodeos: la dominación no persiste porque el mundo ignore lo que ocurre, sino porque demasiados actores poderosos tienen interés en administrarlo, justificarlo o encubrirlo.
Vista desde la teoría poscolonial, esta lectura adquiere una profundidad todavía mayor. El poscolonialismo lleva décadas demostrando que el colonialismo no desaparece cuando se arrian las viejas banderas imperiales; sobrevive en las instituciones, en los lenguajes de poder, en las jerarquías raciales y en los dispositivos de representación. Edward Said lo formuló con claridad demoledora al definir el orientalismo como “un estilo occidental para dominar, reestructurar y tener autoridad sobre el Oriente”. Esa frase conserva toda su potencia porque explica que el dominio no se ejerce sólo con ejércitos, sino también con relatos que clasifican, inferiorizan y administran a los pueblos colonizados. En esa línea, Imperios Liberales muestra que la cuestión palestina no puede reducirse a diplomacia fallida o a seguridad regional: se trata de una continuidad colonial que necesita borrar la voz del colonizado, vaciar su historia y presentar su sometimiento como una exigencia del orden, de la civilización o de la defensa propia.
La teoría posmoderna refuerza aún más esta crítica al atacar las grandes narrativas con las que Occidente se absuelve a sí mismo. Jean-François Lyotard definió la condición posmoderna como “incredulidad ante las metanarrativas”; es decir, desconfianza frente a esos relatos totalizantes que pretenden explicar la historia en nombre del progreso, la razón y la universalidad. Esa sospecha resulta decisiva para leer a Monares, porque el liberalismo occidental se presenta precisamente como una metanarrativa moral: habla en nombre de los derechos humanos, de la democracia y del orden jurídico, mientras tolera, financia o ampara formas brutales de dominación. El libro deja al descubierto esa fractura. Lo que denuncia no es sólo la violencia material, sino también el aparato discursivo que la recubre con palabras nobles. Ahí reside su filo intelectual: desenmascarar el modo en que el imperio ha aprendido a hablar el idioma de la libertad mientras perpetúa la exclusión, la destrucción y el despojo.
Leído en conjunto, todo esto convierte a Imperios Liberales en mucho más que un ensayo de coyuntura. Es una intervención crítica contra la amnesia histórica y contra la hipocresía de un orden internacional que condena selectivamente la violencia según quién la ejerza y contra quién se ejerza. La lectura que acompaña el libro acierta al valorar su rigor y su sensibilidad, pero su verdadero alcance va todavía más lejos: Monares obliga a reconocer que el imperialismo no ha muerto, sólo se ha refinado; ya no siempre entra con uniforme, a veces entra con el lenguaje del derecho, de la estabilidad, de la paz y de los valores universales. Por eso este libro importa. Porque no sólo denuncia una injusticia: expone la arquitectura ideológica que la hace posible y, al hacerlo, arranca a la tragedia palestina del terreno de la falsa neutralidad para devolverla al lugar que le corresponde: el de una lucha histórica contra la continuidad del poder colonial.
Por Vera Baboun
Embajadora del Estado de Palestina en Chile.
Fuente fotografía
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