Hoy no escribiré fábulas, hablaré de lo que me ha tocado ver y vivir, realidad pura y dura, respecto de cómo los impuestos influyen en las decisiones de inversión.
En las últimas semanas se han gastado mares de tinta virtual con argumentos políticos y estimaciones de cuánto va a caer la recaudación si se baja el impuesto a las empresas, si se vuelve a integrar al 100% en vez de 65% ese impuesto con el de los dueños finales. Economistas de un lado y otro hacen esgrima de datos macro sobre si va a aumentar la inversión y el PIB, y cuánto de eso compensará la potencial menor recaudación.
Soy abogado, no tengo idea de cómo calculan sus estimaciones, así que de eso no voy a opinar. Hablaré de lo que he visto en directorios y gerencias, cuando tienen que decidir sobre si hacer inversiones en Chile u otros países. Esto tanto cuando las reglas son claras y estables como cuando están por cambiar (como tenemos la costumbre a cada rato en Chile).
Partamos porque se debe distinguir entre inversionistas extranjeros e inversionistas chilenos. Y de estos, entre los grandes y los demás. Porque no a todos les importa lo mismo ni del mismo modo.
A estos inversionistas les preocupa tanto el impuesto a la renta de la empresa, como el que grava los dividendos y los intereses al exterior. No solo la tasa, sino también la base imponible, porque el impuesto real resulta de ambos.
El impuesto de la empresa importa, porque determina cuán rápido va a haber caja para pagar el financiamiento de la inversión. Las grandes inversiones normalmente se hacen apalancadas con créditos, bien a la empresa holding en Chile, bien a la empresa operativa, y/o a la matriz afuera. Si los impuestos a la empresa suben, habrá menos dinero disponible para pagar a los acreedores, se alargará el plazo, habrá mayor gasto de intereses, el accionista se demorará más en recibir dividendos. El proyecto valdrá menos.
El impuesto adicional a los intereses con tasa 4% y la necesidad que sea deducible como gasto, es crítico para los inversionistas extranjeros, porque influye en el valor presente de la inversión. El impuesto de 35% a los dividendos con 100% de crédito es importante en cuanto hace predecible la carga total final, la cual será la misma cualquiera sea el impuesto de la empresa si no supera 35%.
He estado en sesiones en Canadá, UK y otras partes, donde grandes empresas juntan a sus equipos y asesores, recorren cada elemento del modelo costos de proyectos de inversión (laborales, energía, capex, riesgo país, etc.) en Chile, incluyendo por supuesto cada tributo aplicable a los distintos flujos, donde en la suma final un par de décimas de mayor valor presente deciden si se recomienda invertir en Chile o en otro país (otro equipo hace el mismo ejercicio para ese país). He visto cómo ejecutivos y asesores luchan porque esas décimas ocurran en Chile, porque el directorio no duda: su labor es que las acciones suban y eso será consecuencia de las mejores inversiones. Si es en Chile, así sea. Pero si un mayor impuesto al final deja mejor al proyecto en Perú, Costa Rica o en Australia, allá irá la inversión.
Nunca he visto que al evaluar una inversión una empresa grande considere el impuesto global complementario. La situación tributaria personal de los dueños chilenos es irrelevante. Los gerentes y directorios cuando consideran impuestos en Chile lo hacen respecto de la empresa. Eso incluye básicamente el impuesto de primera categoría, tasa y base. Para comparar alternativas de inversión en el exterior, hacen algo parecido a lo que hacen los inversionistas extranjeros que ya expliqué: les importa el impuesto de la empresa en el otro país, que no sea muy alto para permitir pagar el financiamiento apalancado. En ese caso, además, importan los tratados y las reglas chilenas que permiten rebajar como crédito contra el impuesto en Chile los impuestos a la renta pagados afuera.
La razón es obvia. Para las personas naturales controladoras, lo que necesitan para vivir es solo una fracción muy menor de las plusvalías y flujos netos que generan sus empresas cada año. Viven de dietas de directorios, de rentas extranjeras y retiros desde empresas familiares varios pisos más arriba de las empresas donde se hacen las grandes inversiones, bien proyectos nuevos, expansiones o adquisiciones.
Conclusión 1: para los grandes proyectos de chilenos o extranjeros, esos que mueven la aguja de la inversión y el crecimiento, el impuesto de primera categoría es la clave. La movilidad de este capital es global, si el impuesto a la empresa chileno combinado con los demás factores que conforman la evaluación de un proyecto lo hace más caro que uno que le compite en otro país, a ese otro país irán las inversiones.
Por tanto, la rebaja de la tasa de 27% a 23% del impuesto va en la dirección correcta, los proyectos en Chile mejorarán su valor y serán más competitivos.
Este segmento no mueve la aguja individualmente, pero sí en su conjunto, y aquí para los dueños la situación tributaria personal importa.
Los dueños están directamente involucrados en las decisiones, las más de las veces hacen de gerentes y de accionistas al mismo tiempo. Este fue el grupo principalmente afectado el 2015 cuando se eliminó parte del crédito del impuesto de primera categoría contra el global complementario. Se les hizo más caro invertir en Chile, porque su tasa personal de impuestos subió si obtenían dividendos de sus empresas chilenas. Se les hizo más atractivo invertir fuera de Chile o desde fuera de Chile. Pasó a ser más atractiva la inversión personal en instrumentos financieros o inmuebles, porque los arrendamientos y los intereses o ganancias de capital de un inversionista pasivo, porque desde el 2015 tributan menos que las rentas de empresas que crean trabajo.
Conclusión 2: La reintegración total del impuesto de la empresa con el de los dueños es un incentivo directo para que inviertan nuevamente en empresas en Chile.
La reforma de 2015 fue un fracaso, no logró ni de cerca la recaudación que financiaría el mayor gasto público, pero, además, con una porfía incomprensible hizo que todo tipo de inversionistas tuviera incentivos para invertir menos en Chile.
Es hora de revertir el daño y volver a recaudar más de un país que se haga más rico y no menos de un país que no crece.
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