El Ciudadano
Por Verónica Aravena Vega

Hay una distinción que la clase política y los medios se niegan a hacer: la diferencia entre un gobierno cuya orientación ideológica es cuestionable y un gobierno que carece de capacidad institucional para ejercer el poder. No es lo mismo. Sobre lo primero hay poco que aclarar: sabemos para quién gobiernan, sabemos qué batalla cultural defienden, sabemos qué intereses protegen y cuáles sacrifican. Eso no es el tema de esta columna. El tema es lo segundo: la incompetencia técnica, ejecutiva e institucional de un bloque que lleva décadas en política y no sabe qué hacer con el poder cuando lo tiene. La Real Academia Española define incompetente como «que no tiene aptitud legal o suficiente para hacer algo». No corrupto. No malvado. Alguien que no sabe hacer el trabajo. Y lo que me interesa señalar es por qué esta incompetencia no es accidental sino estructural: la consecuencia lógica de un proyecto político que se construyó entero sobre la destrucción del adversario y nunca sobre qué hacer con el poder una vez conquistado.
Este gobierno construyó su identidad política entera sobre la negación del adversario. No sobre un programa. No sobre un modelo de Estado. Sino sobre un enemigo; La izquierda corrupta, el migrante indocumentado, el Estado parasitario, el gobierno anterior que dejó las arcas vacías. Sin ese enemigo no hay proyecto. El problema entonces, es político y estructural: cuando llegas al poder, el enemigo desaparece. Y lo que queda es el vacío de no haber construido nunca nada en su lugar.
Gramsci distinguió entre la guerra de maniobra y la guerra de posición. La primera es el asalto, la destrucción del adversario. La segunda es la construcción paciente de hegemonía: hacer que tu proyecto parezca necesario y legítimo para el conjunto de la sociedad, no solo para los tuyos. La ultraderecha chilena aprendió la primera y solo la primera. Y cuando llegas al poder con ese único repertorio, gobernar se vuelve imposible. Porque gobernar no es seguir destruyendo. Gobernar es producir. Y producir exige exactamente lo que este bloque nunca desarrolló.
La mala comunicación de este gobierno no es un conjunto de errores individuales. Es un rasgo estructural que atraviesa a todas las autoridades y que revela algo más profundo que la impericia técnica. Un aparato comunicacional diseñado para la campaña permanente no sabe explicar: sabe atacar. Y cuando tiene que explicar —una crisis de combustibles, un recorte presupuestario, una decisión polémica— colapsa. La vocera no domina los contenidos porque el Segundo Piso le escribe cada palabra y la expone sola frente a las cámaras. El ministro de Hacienda anuncia el bencinazo y abandona la rueda de prensa sin responder preguntas. La Secom publica que el Estado está en quiebra y los propios ministros lo desmienten en televisión. Las minutas internas se filtran al Congreso. Las publicaciones oficiales se borran. Y en cada episodio, nadie paga ningún costo.
Cuando un gobierno no puede coordinarse ni consigo mismo, cuando el asesor desmiente al ministro y el ministro desmiente a la vocera en tiempo real, la autoridad del Estado se erosiona no por presión externa sino por implosión interna.
Lo que está colapsando aquí no es solo la comunicación: es la accountability horizontal en el sentido que O’Donnell le dio al término, la capacidad de las instituciones de controlarse mutuamente y de rendir cuentas hacia adentro antes de hacerlo hacia afuera. Cuando un gobierno no puede coordinarse ni consigo mismo, cuando el asesor desmiente al ministro y el ministro desmiente a la vocera en tiempo real, la autoridad del Estado se erosiona no por presión externa sino por implosión interna. Y eso, a diferencia de un error técnico, no se corrige con un cambio de vocera.
La seguridad era el eje existencial de este proyecto. El argumento con el que convencieron a millones. Y lo primero que hicieron fue anunciar un recorte del 3% lineal también al Ministerio de Seguridad. Lo presentaron ante el Congreso, lo defendieron, vieron cómo sus propios diputados los criticaban en público, y una semana después dieron marcha atrás llamándolo victoria. La ministra declaró: esto siempre fue una propuesta. Setenta y dos mil millones de pesos que resultaron ser, según ella, solo una propuesta.
Mientras tanto, la ministra lleva cuatro semanas en el cargo y el único resultado visible es el conflicto institucional que ella misma generó con la PDI en sus primeras 48 horas: un oficio reservado, la remoción de la tercera antigüedad de la institución, una grieta que tardará meses en cerrarse. Consuelo Peña llevaba 35 años en la PDI. Fue removida un viernes por la tarde mientras dirigía operativos antidrogas en Cerro Chuño, sin explicación institucional, sin proceso, sin mandato presidencial documentado. No porque fallara en su trabajo. Sino porque una ministra tenía cuentas personales pendientes con ella.
Guillermo O’Donnell acuñó el concepto de democracia delegativa para describir ejecutivos que actúan como si la victoria electoral les concediera el derecho a gobernar sin restricciones institucionales. Chile en 2026 encaja incómodamente bien en ese modelo. Cuando la inteligencia policial empieza a responder a lealtades personales en lugar de criterios institucionales, el mensaje que recibe el resto de la institución es inequívoco: la carrera funcionaria no depende de la competencia. Depende de la lealtad. En un país con el Tren de Aragua operando en el norte y el crimen organizado chino en las zonas francas, eso no es un problema político abstracto. Es una amenaza concreta a la seguridad pública que esta señora dice querer defender.
Este gobierno ganó movilizando el miedo. Pero detrás del miedo no había arquitectura: ni protocolos internacionales, ni logística de expulsión, ni acuerdos diplomáticos, ni coordinación interinstitucional. Nada.
La migración era una de las promesas más grandes. Zanjas, muros, expulsiones masivas. Cuatro semanas gobernando y en Colchane sigue pasando exactamente lo mismo que antes. ¿Por qué? Porque el migrante nunca fue para este bloque un problema a resolver: fue un enemigo a nombrar. Y hay una diferencia abismal entre las dos cosas que la ciencia política conoce bien y este gobierno ignoró olímpicamente: traducir la energía electoral en política pública sostenible exige construcción institucional, no solo victoria en las urnas. Este gobierno ganó movilizando el miedo. Pero detrás del miedo no había arquitectura: ni protocolos internacionales, ni logística de expulsión, ni acuerdos diplomáticos, ni coordinación interinstitucional. Nada. Porque nada de eso se necesitaba para ganar. Se necesitaba el miedo. Ahora el miedo no gestiona ninguna frontera. Y no hay plan B porque nunca hubo plan A.
Dentro del Plan de Reconstrucción para víctimas de los megaincendios metieron una rebaja del impuesto corporativo a las grandes empresas. No al margen. Dentro. David Harvey llamó a esto acumulación por desposesión: la transferencia sistemática de recursos públicos hacia el capital privado usando una crisis como justificación y como cobertura. No es una contradicción ni un error de diseño. Es el mecanismo funcionando en su forma más pura y más descarada. La catástrofe humanitaria como vehículo de redistribución hacia arriba. Al mismo tiempo anuncian recortes transversales que afectan educación, salud y seguridad. El resultado es una geometría de la austeridad perfectamente diseñada: quienes menos tienen absorben el ajuste, quienes más tienen reciben el beneficio. Y cuando se les pregunta por esa geometría, la respuesta es siempre la misma: la herencia fiscal lo obliga, la guerra de Irán lo impide, el Estado en quiebra no da para más. Fisher llamó a esto realismo capitalista: la operación ideológica que convierte las decisiones políticas en inevitabilidades naturales. No es gestión técnica. Es política de clase con lenguaje de emergencia. Y la incompetencia no está en la agenda: está en la imposibilidad de ejecutarla sin que quede en evidencia lo que realmente es.
Hay algo que este gobierno ejecuta con una eficacia que contrasta brutalmente con todo lo demás: su agenda de destrucción simbólica. Retiran el proyecto de nueva Ley de Pesca —con 11 de 12 títulos aprobados en el Congreso— y dejan intocable la Ley Longueira, aquella que terminó con parlamentarios en prisión. Revierten la expropiación de Colonia Dignidad, el centro de tortura y exterminio de la dictadura donde el Estado alemán y el chileno habían acordado construir un sitio de memoria, alegando eficiencia presupuestaria mientras bajan impuestos a las grandes empresas. Suspenden el financiamiento del último tramo de la ciclovía de la Alameda —3,8 kilómetros, con presupuesto ya aprobado de 8.200 millones— porque no es prioridad. Descabezan el Plan Nacional de Búsqueda de detenidos desaparecidos despidiendo a sus tres jefaturas estratégicas, a semanas de conocerse antecedentes sobre una posible fosa clandestina en Macul. Cada una de estas decisiones se toma rápido, sin ruido, con precisión quirúrgica.
Esto no es incompetencia. Es estrategia. Y es reveladora precisamente porque contrasta con el caos del resto. Cuando este bloque quiere hacer algo, sabe cómo hacerlo. El problema es que lo que quiere hacer es desmantelar: la memoria, los derechos, los espacios públicos, las instituciones que no controla. Construir, en cambio, no saben. No han aprendido. No lo necesitaron nunca. Y esa asimetría —eficaces para destruir, incompetentes para construir— es la definición más precisa de lo que son.
Cuando este bloque quiere hacer algo, sabe cómo hacerlo. El problema es que lo que quiere hacer es desmantelar: la memoria, los derechos, los espacios públicos, las instituciones que no controla. Construir, en cambio, no saben. No han aprendido. No lo necesitaron nunca.
Nada de lo que estamos viendo es nuevo ni exclusivamente chileno, y conviene no hacerse el sorprendido. Este es el manual. Orbán lo aplicó en Hungría con paciencia y con método: llegó cargado de enemigos, construyó una democracia iliberal y fue erosionando las instituciones desde adentro hasta que las instituciones dejaron de ser un obstáculo. Trump hizo lo mismo con más ruido y menos método, pero con idéntica incapacidad de verse desde afuera. Milei llegó con el Estado como enemigo y descubrió, como todos los anteriores, que para desmantelarlo primero tienes que poder gestionarlo. Todos llegaron con el mismo manual. Todos descubrieron lo mismo cuando el enemigo desapareció: que debajo no había nada. Que el proyecto era la destrucción, no la construcción. Que gobernar exige exactamente lo que ninguno de ellos había aprendido a hacer.
La erosión democrática raramente es un golpe. Es una acumulación de pequeñas impunidades que van redibujando los límites de lo posible hasta que un día te despiertas y los límites ya no están. Un oficio reservado firmado a las 48 horas. Un asesor que borra publicaciones oficiales sin consecuencias. Una ministra que gestiona la inteligencia policial como herramienta personal. Una rebaja de impuestos escondida en un plan de reconstrucción. Cada una parece menor. Juntas dibujan algo que ya conocemos. No deberíamos sorprendernos. Llevan años diciéndonos exactamente quiénes son.
Hay quienes dicen que hay que dar tiempo. Que es el rodaje. Que todo gobierno tiene una curva de aprendizaje. El rodaje explica los errores técnicos. No explica la estructura. No explica que el mismo bloque que lleva décadas en política llegue al poder sin saber cómo comunicar una crisis, sin tener una política migratoria real, sin haber calculado que recortar seguridad mientras predica seguridad produce exactamente el escándalo que produjo. Eso no es falta de rodaje. Es falta de proyecto.
La pregunta que nunca se hicieron es simple: ¿qué hacemos cuando el enemigo ya no está? ¿Qué construimos cuando ya no hay nada que destruir? No tienen respuesta. Y esa ausencia de respuesta es la definición más precisa de su incompetencia. No la corrupción, no la ideología, no la maldad. La incapacidad constitutiva de concebir el poder como otra cosa que no sea la derrota del adversario.
Cuatro semanas. El reloj ha empezado.
Por Verónica Aravena Vega
Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política, Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y Género. Máster en Recursos Humanos. Máster en Psicología Social/Organizacional. En Instagram
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