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Infancia, poder y responsabilidad de una autoridad

El Ciudadano

Por Erika Tejerina D.

Lo ocurrido en Villarrica, cuando un niño no saludó al Presidente de la República y este terminó reclamándole a su madre, no puede ser leído como una simple anécdota de mala educación infantil ni como un episodio menor dentro del ruido político nacional. Desde una perspectiva profesional vinculada a la protección de la infancia, el hecho exige una lectura más seria, más incómoda y, sobre todo, más responsable.

El problema no fue que un niño no saludara. Un niño puede no saludar por timidez, incomodidad, temor, cansancio, vergüenza, resistencia o simplemente porque no quiso. La infancia también comunica con el cuerpo, con el silencio y con el límite. No toda negativa infantil es una falta de respeto; muchas veces es una expresión espontánea de subjetividad. Lo grave está en que un adulto, y no cualquier adulto, sino la máxima autoridad del país, haya reaccionado desde la molestia, desplazando esa incomodidad hacia la madre y exponiendo al niño a una escena que no le correspondía sostener.

La autoridad presidencial no es una posición cualquiera. Quien la ejerce no puede responder desde el orgullo herido ni desde la necesidad de ser validado por un menor de edad. La investidura obliga a más: más templanza, más prudencia, más autocontrol y más conciencia de la asimetría de poder. Frente a un niño, el poder debe disminuir su volumen, no aumentarlo. Debe proteger, no presionar. Debe contener, no instalar una escena pública de reproche.

Desde la psicología, una reacción adulta de este tipo puede ser comprendida como una respuesta desregulada ante una frustración mínima. No porque exista una emoción de molestia, sino porque esa emoción no es elaborada internamente y termina siendo descargada hacia otros: hacia la madre, hacia el entorno y, simbólicamente, hacia el propio niño. Esa es la diferencia entre sentir incomodidad y ejercer autoridad con criterio. Un adulto puede sentirse desairado; una autoridad no puede transformar ese desaire en una escena de poder.

La Ley de Garantías de la Niñez no existe para decorar discursos institucionales. Existe porque Chile decidió reconocer a niños, niñas y adolescentes como sujetos de derecho, no como objetos de obediencia adulta ni como extensiones ideológicas de sus padres. En ese marco, el interés superior del niño obliga a mirar la escena desde el lugar del menor, no desde la autoridad ofendida. La pregunta correcta no es por qué el niño no saludó. La pregunta correcta es por qué un Presidente no pudo tolerar ese gesto sin convertirlo en un reclamo.

Hay aquí un punto especialmente delicado: cuando se interpela a la madre por la conducta del niño, se instala una sospecha automática sobre ella. Se sugiere que, si el niño no saludó, alguien lo manipuló, lo instruyó o lo usó. Esa lectura niega la autonomía emocional del menor. Lo reduce a instrumento. Lo convierte en propiedad simbólica de los adultos. Y esa lógica es precisamente la que la protección integral de la infancia busca superar.

Lo que debilita a la autoridad no es el silencio de un menor. Lo que la debilita es no saber tolerarlo.

Un niño no está obligado a rendir pleitesía al poder. Tampoco está obligado a cuidar la imagen de una autoridad pública. No tiene por qué administrar el ego de un adulto, ni calcular el impacto comunicacional de su gesto, ni cargar con la consecuencia emocional de no responder como se esperaba. Esa tarea corresponde a los adultos, especialmente a quienes tienen poder.

Por eso este episodio es tan relevante: porque muestra, en pocos segundos, una falla ética mayor. No se trata de izquierda o derecha. Se trata de infancia, poder y responsabilidad adulta. Cualquier autoridad, de cualquier sector político, que reaccione de manera desproporcionada frente a un niño debe ser cuestionada. La protección de la niñez no puede depender de la simpatía política que tengamos por quien ocupa el cargo.

Como sociedad hemos normalizado demasiado que los niños deban adaptarse al mundo adulto: saludar aunque no quieran, sonreír aunque estén incómodos, callar aunque algo les pase, obedecer para no incomodar. Pero una cultura verdaderamente protectora no mide la educación de un niño por su capacidad de complacer al poder. La mide por la capacidad de los adultos de respetar sus límites sin humillarlos, presionarlos ni exponerlos.

La escena de Villarrica debió terminar de una forma simple: el niño no saluda, el Presidente sigue su camino. Nada más. Esa habría sido la respuesta adulta. Esa habría sido la respuesta institucional. Esa habría sido la señal ética de quien comprende que ninguna autoridad se debilita porque un niño no le extienda la mano.

Lo que debilita a la autoridad no es el silencio de un menor. Lo que la debilita es no saber tolerarlo.

La infancia no está al servicio del poder. El poder, si quiere llamarse democrático y responsable, debe estar siempre al servicio de la protección de la infancia.

Por Erika Tejerina D.

Psicóloga. Perito en educación, clínica, familia, infancia y adolescencia.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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Junio 27, 2026 • 1 hora atrás por: ElCiudadano.cl 36 visitas 2238564

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