Irán no arde. Irán es la pieza que falta

Para entender por qué Irán es ahora el foco, conviene recuperar una referencia incómoda que los grandes medios prefieren olvidar: la lista de países mencionada por el general Wesley Clark tras los atentados del 11 de septiembre. Un documento donde figuraban los Estados que, según la agenda estratégica estadounidense, debían ser neutralizados o desestabilizados en las décadas siguientes. Esa lista incluía Irak, Libia, Siria…e Irán. Los tres primeros ya han sido devastados o neutralizados.

L. Rambaldi. Bilbao. 14/1/2026. Desde finales de diciembre, Irán vuelve a ocupar titulares en los medios occidentales. Protestas, disturbios, represión, amenazas de intervención exterior. El relato dominante es conocido y previsible: una población que se levanta contra un régimen autoritario en nombre de los derechos humanos y la democracia. Una historia fácil de vender, repetida casi de forma automática por buena parte de la prensa occidental, y que resulta no sólo incompleta, sino profundamente interesada. Irán no está hoy en el centro del tablero por un repentino despertar democrático. Está ahí porque es una pieza estratégica clave en un conflicto geopolítico mucho más amplio, donde se cruzan energía, comercio global, hegemonía regional y la supervivencia política de varios actores que ya no pueden permitirse perder.

Conviene empezar por el origen real de las protestas. Lo que ocurre en Irán no nace de una demanda masiva de derechos civiles al estilo occidental, sino de una crisis económica severa: inflación descontrolada, pérdida de poder adquisitivo, devaluación de la moneda y deterioro acelerado de las condiciones de vida. Y esa crisis no puede entenderse sin el régimen de sanciones internacionales que pesa sobre el país desde hace años. Sanciones impulsadas principalmente por Estados Unidos y secundadas sin demasiadas preguntas por Europa. Sanciones que han asfixiado la economía iraní, restringiendo su acceso a mercados, inversiones, tecnología y sistemas financieros. Como ha ocurrido en otros países -Venezuela, Cuba, Irak- el impacto real de estas medidas no recae sobre las élites, sino sobre la población.

Hay, sin embargo, un dato sistemáticamente omitido: la mayoría de los iraníes no desea una intervención militar extranjera, ni de Estados Unidos ni de Israel. Pueden criticar al régimen, sufrirlo o rechazarlo, pero eso no implica abrazar una ocupación exterior ni un “modelo exportado” desde Washington. A partir de ahí, el patrón se repite. Una protesta legítima por motivos económicos es reencuadrada mediáticamente en Occidente, como una lucha por la democracia, mientras actores externos aprovechan el malestar social para redirigir el conflicto hacia un cambio de régimen funcional a sus intereses. No es una hipótesis novedosa ni una excepción histórica: es un método ampliamente documentado, con Estados Unidos como ejecutor recurrente y Europa como facilitador estratégico bajo el paraguas de la OTAN. Pero hay un actor que rara vez se menciona con claridad y que lleva décadas operando en segundo plano: Israel.

Para entender por qué Irán es ahora el foco, conviene recuperar una referencia incómoda que los grandes medios prefieren olvidar: la lista de países mencionada por el general Wesley Clark tras los atentados del 11 de septiembre. Un documento donde figuraban los Estados que, según la agenda estratégica estadounidense, debían ser neutralizados o desestabilizados en las décadas siguientes. Esa lista incluía Irak, Libia, Siria…e Irán. Los tres primeros ya han sido devastados o neutralizados. Siria resistió durante años hasta caer finalmente bajo el mando de quien fuera uno de los hombres más buscados del mundo, antiguo líder de Al Qaeda y hoy, por arte de magia diplomática, convertido en aliado presentable, fotografiado y legitimado por los mismos líderes que decían combatir el terrorismo.

Irán es el último obstáculo.

Aquí entra en juego Israel y su proyecto del llamado Gran Israel: una expansión territorial, política y energética que busca eliminar cualquier contrapeso regional real. Desde la perspectiva del actual gobierno israelí, Irán representa la última potencia capaz de disputar su hegemonía en Oriente Medio. Si Irán cae -o es domesticado- el equilibrio regional se rompe definitivamente a su favor. Pero el objetivo no es solo militar o ideológico. Es, sobre todo, económico y energético.

Israel se presenta como una plataforma energética alternativa para Europa: gas del Mediterráneo oriental, nuevos corredores energéticos, control de rutas comerciales y la promesa de integrar estos flujos en un rediseño geopolítico de la región. En ese esquema, un Irán fuerte, soberano y alineado con Rusia y China es un estorbo que debe desaparecer. La caída de Irán facilitaría el aislamiento definitivo de Rusia como proveedor energético, el bloqueo de la Ruta de la Seda china en Oriente Medio y la consolidación de Israel como socio energético “seguro” para una Europa sin margen de maniobra.

Esto ayuda a explicar la posición ambigua, tibia y calculadamente insuficiente de Europa frente al genocidio en Palestina. Más allá de declaraciones simbólicas y gestos mediáticos, las sanciones reales contra Israel no han llegado. Ni de forma contundente ni sostenida.

¿Por qué?

Porque Europa no tiene cartas fuertes. Carece de autonomía energética, depende de terceros para su seguridad militar y ha renunciado, en la práctica, a una política exterior soberana. En ese contexto, Israel no solo deja de ser un problema: se convierte en una posible “solución” para una Europa debilitada, envejecida y sin proyecto estratégico propio.

En este tablero, Israel actúa como titiritero de un orden que seguimos llamando “primer mundo” o Norte Global, pero que se sostiene más sobre la coerción que sobre la legitimidad, también de ahí se puede entender por qué el gran enemigo de ese orden es China o incluso los BRICS, que aplican una estrategia de respeto a la soberanía y negociación sin amenazas.

En este escenario, el discurso sobre los derechos humanos cumple una función muy concreta: justificar sanciones, presiones y una eventual intervención. No porque esos derechos no importen, sino porque se aplican de forma selectiva. Las violaciones cometidas por países aliados rara vez generan consecuencias reales. Las de los países estratégicamente incómodos, en cambio, se convierten en el pretexto perfecto para la intervención.

Irán lleva años encajando en ese guión. Desde campañas mediáticas performativas -como actrices cortándose el flequillo para denunciar el uso obligatorio del hiyab– hasta silencios clamorosos ante las desigualdades que sufren mujeres musulmanas en Europa por ejercer su religión, quedando en muchos casos excluidas del acceso al trabajo o a la educación. Así de obscena es la doble moral occidental, sostenida por una población profundamente propagandizada.

El problema es que este juego se desarrolla en un contexto de máxima fragilidad global. Basta una operación “quirúrgica”, un error de cálculo o una chispa mal gestionada para escalar hacia un conflicto regional -o incluso global- con consecuencias imprevisibles. Los mercados, curiosamente, aún no descuentan ese escenario. Pero la historia demuestra que las guerras no siempre avisan antes de estallar.

Irán no es hoy el epicentro de una lucha por la democracia. Es el nudo donde confluyen energía, hegemonía, rutas comerciales y supervivencia política. Reducir lo que ocurre a una narrativa moral simplificada no es solo ingenuo: es peligroso. Quizá la pregunta clave no sea qué pasará con Irán, sino hasta dónde están dispuestos a llegar quienes necesitan que Irán caiga para sostener un orden global que ya muestra signos evidentes de agotamiento.

 

La entrada Irán no arde. Irán es la pieza que falta se publicó primero en El Siglo.

Enero 14, 2026 • 3 horas atrás por: ElSiglo.cl 30 visitas

🔥 Ver noticia completa en ElSiglo.cl 🔥

Comentarios

Comentar

Noticias destacadas


Banner imascotas.cl

Contáctanos

completa toda los campos para contáctarnos

Todos los datos son necesarios