
Por Christian Slater E.
Lo que hoy ocurre en Irán suele leerse en clave política, económica o estratégica: protestas, inflación, represión. Sin embargo, antes de todo eso, hay una cuestión más profunda que rara vez se aborda: la dimensión ética del ejercicio del poder.
Desde la perspectiva del deber ser, el poder no encuentra su legitimidad en la fuerza ni en su capacidad de perpetuarse, sino en su orientación al bien común. Cuando esa orientación se pierde, el poder puede subsistir materialmente, pero fracasa moralmente.
La ética clásica es clara: gobernar no es dominar, sino servir. Y ese servicio se sostiene en virtudes que no son opcionales, sino constitutivas del buen gobierno. La prudencia, para discernir lo justo y lo conveniente; la justicia, para dar a cada cual lo que le corresponde; la fortaleza, para sostener decisiones difíciles sin recurrir al abuso; y la templanza, para evitar que el miedo o la soberbia se transformen en método.
Cuando un régimen comienza a depender de la represión sistemática para sostenerse, no estamos ante una muestra de fortaleza política, sino ante el reconocimiento implícito de un vacío ético. La coerción permanente revela que ya no existe adhesión, solo obediencia forzada. Y donde el respeto es reemplazado por el temor, el poder ha perdido su fundamento moral, aunque conserve sus instrumentos.
Sería injusto, además, juzgar con ligereza a quienes viven bajo ese sistema. El ciudadano común enfrenta un dilema trágico: resistir y arriesgarlo todo, o callar y sobrevivir. No toda obediencia es virtud, pero tampoco toda desobediencia es moralmente exigible cuando el costo es la destrucción de la propia vida y la de los seres queridos. La prudencia, también virtud cardinal, opera muchas veces en silencio.
Irán, entonces, no es solo un caso lejano ni exótico. Es una advertencia universal. Nos recuerda que los Estados no comienzan a descomponerse cuando escasean los recursos, sino cuando se debilita la formación moral de quienes ejercen el poder. El deterioro ético precede siempre al colapso político o social, aunque este último tarde años en manifestarse.
Desde el deber ser, la lección es clara: ningún orden puede sostenerse indefinidamente cuando el poder se emancipa de la ética. La represión podrá ganar tiempo, pero jamás podrá reemplazar a la virtud. Y un poder que renuncia a su deber moral, tarde o temprano, termina gobernando solo sobre ruinas, incluso si aún controla el territorio.
La entrada Irán o cuando el poder se separa del deber se publicó primero en El Periodista.
completa toda los campos para contáctarnos