El Ciudadano
Por Arturo I. Castro Martínez

En democracia, ningún símbolo es inofensivo. Todos transmiten algo, evocan y remecen la memoria colectiva de un país, más en un contexto donde aún existen heridas abiertas.
La aparición del diputado Javier Olivares utilizando una capa similar a la que utilizaba Augusto Pinochet, ha generado una inmediata reacción pública. En un país donde las consecuencias de la dictadura permanecen en la memoria colectiva, este tipo de símbolos no pueden entenderse como simples gestos estéticos o anecdóticos. Por el contrario, poseen una carga política e histórica que inevitablemente impacta a la sociedad chilena.
La polémica no surgió únicamente por la figura representada, sino también por lo que implica convertir uno de los períodos más dolorosos de la historia chilena en algo mediático. Cuando símbolos ligados al autoritarismo son usados como herramientas de provocación o espectáculo, el debate político pierde fuerza, aumentando el riesgo de que la confrontación termine desplazando al diálogo, sembrando nuevamente las raíces de la violencia.
A más de tres décadas del retorno a la democracia, Chile aún mantiene un conflicto con su pasado reciente. La dictadura es un tema abierto y doloroso, especialmente para quienes aún buscan justicia, verdad y reparación. El dolor histórico no desaparece con el tiempo, porque detrás de él existen experiencias humanas marcadas por el miedo y la violencia.
Parte de la política actual parece que se ha acostumbrado a utilizar símbolos extremos como mecanismos de visibilidad. La provocación termina reemplazando a la discusión de ideas, mientras las redes sociales y la lógica comunicacional premian aquello que genera mayor impacto inmediato. Recurrir a símbolos vinculados a la dictadura puede transformarse en una estrategia eficaz para captar atención, incluso a costa de trivializar hechos dolorosos para la historia del país.
Una sociedad que convierte sus heridas en recursos políticos o mediáticos corre el peligro de perder la memoria sobre aquello que realmente representan estos símbolos: historias marcadas por el dolor, el miedo y el sufrimiento de miles de personas.
Sin embargo, así como estos actos deben ser cuestionados con firmeza, también resulta necesario condenar cualquier tipo de violencia física como respuesta, incluso cuando hay razones legítimas para la indignación. La violencia no contribuye ni a la memoria histórica, ni al fortalecimiento del debate público; por el contrario, aumenta la polarización y afecta en la convivencia democrática.
Lo preocupante de todo esto, no es únicamente la controversia, sino que la facilidad con que el sufrimiento puede transformarse en un espectáculo político. Cuando la memoria colectiva es usada como herramienta de provocación, y en respuesta existen situaciones de violencia, el debate se ve perjudicado y la democracia se debilita.
Una sociedad que convierte sus heridas en recursos políticos o mediáticos corre el peligro de perder la memoria sobre aquello que realmente representan estos símbolos: historias marcadas por el dolor, el miedo y el sufrimiento de miles de personas. Cuando la tragedia se transforma en espectáculo y la memoria en herramienta de confrontación, no solo se degrada el debate público, sino también la dignidad de quienes cargan las cicatrices de un pasado marcado por la violencia y que está lejos de ser olvidado.
Tzvetan Todorov advertía en “Los abusos de la memoria», que la memoria puede convertirse en una herramienta peligrosa cuando es utilizada para alimentar divisiones, obtener ventajas políticas o reducir el sufrimiento humano a una consigna: la memoria se fragmenta, los recuerdos se diluyen y nace el olvido, la banalización de un pasado marcado por la violencia.
La democracia se debilita cuando se juega con su memoria y heridas que aún no cicatrizan, porque allí donde el dolor se transforma en espectáculo, el respeto por la dignidad humana corre el riesgo de desaparecer.
Por Arturo I. Castro Martínez
Profesor y Licenciado en Historia y Ciencias Sociales, especialista en Historia Contemporánea y Mundo Actual de la Universidad de Barcelona. Magíster en Dirección y Liderazgo para la Gestión Educacional. Es parte del Observatorio Nexo Ciudadano.
Mayo 11 de 2026.
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