Paloma Palomo
Mérida, 29 jul (EFE).- ‘La comedia de la olla’ marca el ecuador del Festival de Teatro de Mérida con una historia sobre la obsesión por el dinero en un hilarante espejo -que se ha hecho notar en un público entregado que no ha parado de reír- de las miserias humanas a través del enredo, la música y la comedia más directa y ligera.
Con la adaptación firmada por Juan Luis Iborra y Antonio Prieto, esta propuesta rescata el clásico de Plauto fusionado con el espíritu de Molière para transformarlo en un vibrante vodevil del siglo XXI, en un montaje encabezado por Carlos Sobera que ha puesto voz y cuerpo junto al resto del elenco a cuatro números musicales.
Un espectáculo festivo que ha gritado actualidad para cuestionar la sociedad contemporánea a través de un viaje disparatado entre el celo enfermizo de un viejo avaro y los desvelos de unos jóvenes enamorados, en una puesta en escena donde se rompe continuamente la cuarta pared para hacer que la grada se fusione con la historia.
Con una vistosa escenografía se ha roto esa distancia con el público -con sonrisas ante el reflejo de sus propias contradicciones- para demostrar que hacer reír es mejor cuando el público participa activamente en el espectáculo
Frente al miedo cerval a ser robado y la suspicacia de un entorno donde cuando los demás dicen “que vienen a dar, lo que vienen es a recibir”, el viejo Euclión vive atrapado en la penumbra de su tesoro escondido.
En el núcleo de la trama, un impecable Carlos Sobera ha cargado de comicidad y patetismo a un patriarca receloso que se enfurece al sospechar que la gente se ha enterado de su fortuna, mientras proclama con ironía la importancia del dinero, "aunque el disfrute hay que moderar no vaya a ser que la riqueza se vaya en un pis pas”.
El enredo se desborda cuando el viejo avaro, convencido de que a esa edad el romanticismo le "ha dejado de lado” , decide buscarse una joven esposa y desbaratar los amores secretamente albergados por sus propios hijos, Liviano y Cesonia, interpretados por Ángel Pardo y Silvia Vacas.
Un cruce de intenciones donde el gasto ajeno se juzga con dureza ante el consuelo interesado de quien cree que "cuanto más dinero se tenga, más feliz se es", lo que desata el caos absoluto en la unidad familiar.
Entre el ritmo ágil de las transiciones entre escenas y unas canciones que oxigenan la acción, los personajes danzan entre apariencias que engañan hasta al más astuto con movimientos encaminados a salvar el amor frente al caprichoso dinero.
El conflicto alcanza su punto álgido cuando la codiciada olla de monedas desaparece sin dejar rastro y desencadena una desesperada búsqueda que convierte el recinto en un hervidero de reproches y situaciones delirantes.
A través de la sátira y la complicidad directa con los asistentes, el montaje evidencia que la verdadera bancarrota no es la del bolsillo, sino la del alma de quien vive esclavizado por sus pertenencias.
El tramo final de ‘La comedia de la olla’ encauza el disparatado embrollo hacia una resolución donde la fortuna y el sentido común terminan por colocar a cada cual en el lugar que le corresponde.
En el desenlace, la comedia deja al descubierto su mensaje más certero: la invalidez de acumular riquezas si a cambio se sacrifican los afectos, la confianza y la convivencia con nuestros semejantes.
Finalmente, con la aceptación del escarmiento de su propia paranoia, Euclión y su entorno ofrecen una lección que traspasa la barrera del tiempo, para recordar que la dignidad humana radica en el valor de las personas y no en las monedas que custodian.
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